Y asi comienza mi historia.
Confesiones de una expatriada en Francia.
22 años, ni grande ni pequeña, ni muy linda ni poco agraciada. Una mujer que puede pasar completamente desapercibida. Nací en el país de la gente más amable que he conocido: Colombia. Es que uno sólo aprende a valorar las cosas una vez ya no las tiene. Hace un año que he dejado mi país, y he vivido la experiencia más feliz y triste a la misma vez. He aprendido y crecido en tantos aspectos de mi vida, sobre todo a los trancazos. Y es que como diría un amigo: “Vivir en otro país, no es para todos”, salir de la burbuja de confort en la que uno siempre ha estado, es difícil, pero lo es más aún adaptarse a una nueva cultura. Y sobre todo acostumbrarse a su forma de amar y ser.
Francia, el país del amor, de los quesos, de los postres y del pan (Sobretodo lo último, eso si lo he aprendido a disfrutar… Subiendo 10 kilos en menos de un año ¿Quién podría pensar lo contrario?). Ya llevo más de un año y no he encontrado los primeros franceses que no me parezcan aburridos o simples, después de haberme forzado a pasar tiempo con ellos por aquello de lo importante de adaptarse a la cultura. Por otro lado, puedo asegurar de que son muy amables o al menos intentan serlo, a su manera. Es que la vaina es esa, todo es a su manera. Y uno, como colombiana, y de pronto latina, está muy mal acostumbrada… O a lo mejor sólo era yo, la de la buena suerte con los hombres colombianos… O es que vivir lejos, ¿nos puede hacer llegar a tergiversar de forma melancólica nuestras experiencias pasadas, haciéndonos pensar que las cosas eran mejor en esa vida que hemos dejado para crear otra?
