El discurso y la campaña política: una sucesión de “tempos”

Así como el discurso tiene su música, y hacia el final levanta el tono para despertar la emoción y sacudir el aplauso, así también la campaña política tiene su tempo.

El discurso político tiene la característica (o debería tenerla) de llevar un ritmo in crescendo: si bien el mensaje principal, el mensaje fuerte que el político quiere comunicar, debe decirse tanto al inicio como promediando el discurso, es al final cuando los tonos se modifican, el ritmo se descompasa y las palabras se suceden más rápido, más fuertes, más seguras.

La idea principal se sostiene al inicio para captar la atención: cuando lo hemos logrado, pasamos a darle contenido y vida a esa idea, usando instrumentos como el storytelling, las anécdotas, los datos de color.

Hacia el final, el mensaje ya tiene todos los elementos necesarios como para repetirse, pero esta vez buscamos una comprensión total y acabada del mismo por parte de nuestros oyentes: esta vez, lo que queremos que quede en la cabeza de la gente, se menciona como un epílogo final y necesario: todo lo que expusimos y contamos, todo lo que narramos y mencionamos, nos lleva a que nuestra idea comprenda, encuadre y sostenga todo el argumento; más aún, que lo resuelva.

Es ahí donde el tono, y aún los matices que usamos para darle envergadura a las palabras, toma ritmo y pasión. Las palabras se elevan y apelan a la empatía y la emoción del oyente. Es el final, es el momento de dar todo y dejar esa impresión que transgrede los límites del raciocinio y va directo a la zona que domina los sentimientos del elector.

Los mismos tempos se viven en una campaña política, al menos en una que se desarrolla en contextos normales — léase democracias reales- y en situaciones no extraordinarias.

Desde adentro, en el trabajo diario, todas las áreas que comunican trabajan en el desarrollo de un mensaje (o dos, como mucho) que explotan con toda la fuerza sobre el final (últimas semanas). La campaña tiene que saber acompañar los momentos por los que pasa el elector, y respetarlos: primero captando su atención, luego manteniéndola con un relato genuino que sostenga la necesidad del mensaje y, por último, remontando este mensaje con todas las herramientas trabajando al máximo.

Es allí cuando suceden acontecimientos comunicacionales que llevan el mensaje más allá de toda frontera: es el momento de ser pasionales, de arengar su necesidad, de llegar de las formas más creativas posibles al corazón del votante.

Después vendrá la verdad: el único dato cierto de toda campaña, más allá de focus e investigaciones cuantitativas: la dicha por el voto que el elector deposite en la urna, siguiendo su razonamiento, su instinto y, por qué no, su corazón. Hasta ahí habremos llegado. Y acorde final.

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