Otro epílogo innecesario

Hay libros que son recopilados por un personaje que tiene, como manera de comprenderse a sí mismo, la etiqueta de escritor.

Editar un libro implica una selección de lo que figura en él y, simultáneamente, la transformación de un sí mismo en un para los otros. Recopilar significa excluir. Incluir significa dejar fuera porque los entramados exigen algún criterio. Diríase que la edición es una especie de paseo por las etapas de la creación literaria. El primer paso hacia la escritura es la lectura, por lo que tenemos las “Iniciaciones”, donde el instinto de composición impera, pero dar un solo paso es vacilación, no caminata, por lo que el segundo paso es la depuración del texto primero. El instinto de escritura tiene que hacerse algo más preciso, una (re)composición de aquellos textos iniciales, donde la calidad y el trabajo del texto comienzan a importar.

Caminar es cíclico, escribir es cíclico, por lo que el tercer paso es el primero otra vez: volver a leer. La re(re)composición queda ahora a cargo del lector. Abrir un libro siempre significa entrar en una lógica distinta a la de la continuidad de la vida. Es una ruptura espacio-temporal, un hoyo negro, un tropezón en la caminata. Se puede entender la lectura al configurar a un lector que no sea uno mismo, en un futuro, en una fantasía. Sólo en esa configuración quedarán las características verdaderamente universales, si es que las hay, sobre el acto de lectura.

El escritor ha de estar condenado a arrepentirse de su texto. Escribir es re-escribir. El editor es lo que queda cuando el escritor se ha arrepentido demasiado

…Y todo el resto es literatura.
— Paul Verlaine.

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