La amante

Tenía como 21 años la primera vez que un hombre me propuso ser su amante.

Nos conocimos en una marcha por la paz que él, famoso periodista colombiano, lideraba. Luego de que ésta terminara en la Plaza de Bolivar me invitó a almorzar en La Bagatelle de la 72 con séptima.

Recuerdo ir nerviosa en el taxi ya que no podía creer que iba a hablar con alguien tan admirable como él. Entonces estudiaba Derecho pero ya soñaba con escribir y ser periodista. Tener la oportunidad de tocar una puerta que me permitiera aprender y ser parte “del gremio” era entonces un sueño inalcanzable.

El almuerzo estuvo ameno, él invitó (a mi me pareció extraño). Me habló de cientos de proyectos y me ilusionó con la idea de ejercer un periodismo independiente a su lado. Durante el postre me invitó a ir al Amazonas. Tenía un proyecto documental para el que necesitaría apoyo. Seríamos un equipo pequeño. Por supuesto me emocioné y dije que si. Se alegró.

  • Quiero, eso si, que sepas que no voy a dejar a mi esposa.
  • ¿Perdona?
  • Si, vamos a ir juntos, me gustas mucho, tienes una energía alucinante, pero tenemos que ser precavidos porque no quiero que se entere mi esposa o que te hagas ilusiones, me dijo.

Es increíble que hoy, muchos años después, no recuerde si éstas fueron sus palabras textuales, mucho menos mi respuesta, pero si veo de manera nítida el momento en que me paré de la mesa, salí a la séptima y me fui caminando hacía la casa de mi amiga Nani. Las piernas me temblaban y sólo pensaba “me acaba de proponer ser su amante, esto sí pasa y me acaba de proponer ser su amante.”

A este personaje, hoy en día un conocido político, solo lo volví a ver desde la distancia. Nunca le volví a dirigir la palabra y siempre que estuvimos en un mismo lugar evité la manera de hacer cualquier tipo de contacto. Lo detesto, como detesto a todos los hombres que han destruido mi inocencia.

Esta historia la recordé esta mañana cuando pidiendo un café, dos asiduos clientes del Starbucks cercano a mi oficina molestaban a Marisol, la barista, que les coqueteaba. “Están casados, pendeja”, pensé, y luego sentí la furia que me da cuando las mujeres no nos respetamos, ni a nosotras, ni a las otras de nuestro género.

La sensación que me generó esta puesta en escena y el recuerdo de esa persona que era cuando me hicieron la primera, de varias, propuestas indecorosas, me lleva a entender como con la edad el amantazgo es algo que empieza a tomar normalidad (cuando tal vez no debería serlo).

Hace unos años en una elegante boda en Cartagena me presentaron a una gran señora que tendría entonces unos sesenta y tanto de años. Se jactaba de haber sido toda la vida la amante de un hombre prestante. “No tuve que lidiar con criarle los hijos, ni cambiar pañales. Con su mujer ha vivido todo lo que es aburrido mientras que el tiempo que pasamos juntos es sólo diversión.”

Recuerdo impresionarme del efecto que generaba en la mesa sus palabras ya que para varios de los presentes si había mucho glamour en ser La otra. Y es que al parecer mantener este tipo de relaciones es algo que genera status en el imaginario de ciertas personas. Es que “ser amantes es algo tan Francés”, me dijo una vez una conocida, aferrada ella al cliché del amor tormentoso en blanco y negro, con cigarrillo en mano y soundtrack de Francis Lai.

Es tan común que de que hay reglas, hay reglas. “Casados con casados y solteros con solteros”, me decía un mexicano cuando debatíamos si es cierto que en este país se permite más la infidelidad. “Uno no se mete con mujeres solteras porque se enamoran. Solo se es infiel con mujeres casadas. Con ellas se aplica la regla de tres: uno se ve tres veces antes de acostarse y luego solo se tiene sexo por tres meses para así evitar que pasen cosas mayores”.

Sus palabras, que fueron entonces un chiste, hoy capto que tienen mucho de verdad. En lo personal, las propuestas indecorosas de esos hombres casados estuvieron en mi vida hasta que llegué a un momento donde proyecto algo que deseo con mucha fuerza en mi interior: tener una pareja estable y crear una familia. Ahora, a mis orgullosos y serios 39, ya no soy una mujer para “solo divertirnos”. En el momento de entrar a cualquier relación soy clara de que estoy abierta al compromiso y a enamorarme y eso lo hacen las mujeres parejas, no las amantes.

Aprovecho para aclarar que no es mi intención juzgar a quienes no creen en la monogamia. Tengo varias parejas de amigos que mantienen relaciones abiertas y si bien no es lo mío, lo logro entender y respetar más que el engaño de la infidelidad. Ellos escogieron estar juntos y buscan maneras para que les funcione, siguen siendo y respetando la pareja en la toma de sus decisiones.

Mi crítica va más hacia la normalidad y hasta glorificación, que se hace de la infidelidad. Me es fácil hablarlo, lo entiendo, nunca me he casado ni he luchado porque funcione una relación luego de años de estar juntos. Ahora bien, conociéndome, creo que siempre preferiré la confrontación y el diálogo, el trabajo difícil y constante, la disciplina y la creatividad que veo se debe tener para sacar adelante una pareja.

Y el amor, por supuesto, siempre optaré por el amor. El cual, ante mis ojos, no se concilia y hasta repele al engaño.