Meándose en la puerta de la casa de Kafka

Cuando se vive en Alemania, visitar Praga es tan fácil como acercarse a Marruecos o Portugal desde España. Queda cerca, y a diferencia de los países nórdicos vecinos, es barato. Llevaba dos años resistiéndome porque me daba en la nariz que podía ser un parque temático turístico… y no me equivocaba. Bonito, sí, pero algunas zonas estaban más concurridas que el centro de Madrid en vísperas de Navidad. ¿Que querías ver cómo daba la hora el reloj astronómico? Pues te ibas media hora antes a “coger sitio” o lo intuías. ¿Que tocaba cruzar el puente de Carlos? Peor que el metro con servicios mínimos por huelga… y así con todo. Y por supuesto, también tocaba esquivar despedidas de soltero/a, “pub crawls” con guías que se anuncian con “la mejor noche que nunca vas a recordar” y por supuesto, restaurantes que anuncian su menú en inglés. Una maratón.

Así que cuando decides que te toca ver el museo de Kafka piensas “bueno, pues ahora a ver las cosas desde la barrera, que debe estar aquéllo como para ver la Gioconda”. Y según te acercas, por supuesto, empiezas a ver más gente otra vez, gente apiñada alrededor de “algo”, que por fin alcanzas a ver… una fuente de dos hombres meando sobre el mapa de la república checa. Y detrás, el museo… prácticamente vacío, con 5 personas por sala a lo sumo. Un museo maravilloso, dicho sea de paso, un remanso de paz mientras en las puertas todo el mundo se agolpa a ver la estatua de los meones.

Este año me voy de vacaciones a algún lugar lejano y frío, donde no me encuentre captadores de tours de “pub crawl” ni despedidas de soltero/a.


Originally published at www.carolinavelasco.net on January 4, 2016.