¡Que Viva Caicedo!

Caicedo llegó a mi vida solito, por casualidad, sin que yo lo buscara, sabiendo que iba a caer redondito en su trampa, que iba a dejar de ser un estúpido bendito gracias a él. Yo tenía 18 años, mi papá acababa de fallecer y mi prima nos invitó, a mi hermana y a mí, al apartamento de su novio en el Rodadero en Santa Marta. Hasta ese viaje yo jamás había leído en su totalidad una novela, pocas páginas y ya. En el colegio leí La Metamorfosis de Kafka y la escogí por su corta extensión. No entendí nada. Es más, creo que todavía no entiendo nada. No me gusta Kafka. También recuerdo que en quinto de primaria nos asignaron Cien Años de Soledad. Era un profesor cura. Como dice mi mamá: no se le piden peras al olmo. Ése era mi vergonzoso trasegar por las tierras fértiles de la lectura.

Después del quinto día de estadía comprendí que en Santa Marta, ciudad con 490 años de historia, sólo hay tres planes posibles para carácteres apáticos como el mío: tomar cerveza, nadar en el mar y comer. Así que decidí que lo mejor sería encerrarme en el apartamento, después de nadar, a pensar sobre mi aburrimiento.

Tenía al gran Diomedes cantándome al oído en vivo desde una discoteca cercana al edifico y las escenas de la película The Exorcism of Emily Rose dando vueltas en mi cabeza, alimentando mi insomnio que ya daba muestras de ser crónico, cuando dirigí mis ojos hacia la biblioteca. Encontré una novela a tres tomos sobre la vida de Alejandro Magno y ¡Que Viva la Musica! A partir de esa noche no ha pasado un día sin la compañía incesante de un libro en mi vida.

Yo no he leído frases híladas en español que juntas suenen tan lindas como las de él. A mí no me avergüenza decir que lo admiro. Su talento supo sortear con majestad las desventajas de nacer en un país como Colombia, donde, a pesar de ser tierra de grandes novelistas, la literatura para sus habitantes vale chimba. Para mí está a la par del mejor Vargas Llosa, el monstruo más monstruo, el de La Ciudad y Los Perros; aventaja por muy poco al Cortázar de Bestiario y Rayuela; es claramente superior al García Márquez esplendoroso de El Amor en los Tiempos del Cólera; disputa el trono de Zeus, en el Olimpo de las letras, con el viejito Borges y su cuento Funes El Memorioso; se la pelea y duro con Sabato, el escriba del leviatán más fastuoso en Historias de Tumbas.

Tenga en cuenta que Caicedo lo que escribió lo escribió cuando era un niño. Y tenga en cuenta que el narrador en primera persona de QVLM es mujer. Para hacerlo y que sea creíble y que quede bien se necesita ser un putas, y él lo era. Jamás he visto tanto ritmo salir de un papel impreso. La música de Caicedo recorre su prosa. Salta entre los espacios en blanco que van dejando sus oraciones. La frescura de sus relatos, la maravilla de sus fantasías, su imaginación prodigiosa.

Se me pone la piel de gallina cuando repaso sus libros porque en ellos los recuerdos de mi vida están anclados. Cometí el error de prestar los que compré ahorrando con la plata que mi mamá me daba para ir a la universidad, los más queridos, y hasta hoy no los he vuelto a ver. Cuando escucho Agúzate de Richie Ray & Bobby Cruz la cabeza inmediatamente me da tumbos y viaja tranquila hacia la escena del concierto en Cali que él describe en la novela. La de los ácidos. Y cuando me dan ganas de morirme recuerdo el cártel que los anunciaba: Porque no se trata de Sufrir me Tocó a mí en esta Vida sino de Agúzate que te están Velando. Y cuando apago la luz en mi habitación para bailar al ritmo de la Sonora Ponceña siempre lo recuerdo a él.

Cuando salía de clase en la universidad a emborracharme con mis amigos de Facultad usualmente llegaba el momento en el que con Andrés Lozada discutíamos su importancia en nuestras vidas. Después de tres botellas de vodka de 8 mil pesos el tema era de vida o muerte. Cada uno argumentaba a su manera el porqué Caicedo es el mejor escritor que ha parido esta tierra violenta, bellaca y hermosa. Cali ya ganó vida eterna gracias a sus libros. Caicedo puso a su ciudad a la altura de la París de Céline y de Los Angeles de Bukowski. El mundo nunca se va a olvidar del Río Panse, del Cine Club, de los Angelitos Empantanados, o del San Juan Berchmans.

Caicedo es un homenaje a la vida. Es una invitación a luchar a pesar de las adversidades. Es el ejemplo más puro de que todo con trabajo es posible. Estuvo al píe del cañón incluso cuando su enfermedad supo ganarle. Escribiendo hasta el final, sin esperanza, rendido a los pies de una depresión que sólo los que han estado en su reino profundo y mezquino conocen. Lo que más me impresiona es que incluso sabiéndose su propio enemigo logró escribir con la libertad de un poeta del inframundo. Leí en una revista que él solía llevar la máquina de escribir a las farras a las que lo invitaban, y que se sentaba a redactar lo que los otros decían. Como el loco más hermoso, inmortalizando a sus amigos, sus amores, sus pensamientos, sus anécdotas; pegándole cachetadas al olvido, al tiempo. Un guerrero. ¡Que Viva Caicedo!

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