A un día del día de la madre, hablemos de los hombres, en definitiva Juan me hizo madre, no es poca cosa. Hace un rato volví del supermercado, ahora me serví una copa de vino y saque la mesita redonda de la cocina y la silla al balcón, como unas Lays con Finlandia mientras Juan mira Transformers, ya van dos horas de película y le queda una hora más. El clima esta perfecto en el balcón, la escucho llorar a Mila pero Juan se encarga, porque está adentro y yo afuera.

El supermercado, siendo viernes a veinte minutos de las nueve de la noche estaba bastante lleno. Mis compras de viernes a la noche son generalmente superficiales; quesos, papas fritas, vino para mí, cerveza para Juan, hoy hasta compré salsa barbacoa. No agarré carrito, iba con el vino, la salsa y demás haciendo malabares por los pasillos cuando escuché a una nena de unos cinco años cantando algo inentendible, levante la vista y vi al padre intentando leer un papel, cuadrado y chiquito, lleno de palabras. Su carrito estaba lleno, llenísimo, me acorde de Juan, de las veces que él hizo algo similar (sin la hija de cinco años), veces en que yo no podía (ya sea por la cesárea u otra cosa) y otras veces que pautábamos que yo me quedaba con Mila y él iba al supermercado. Miré al padre perdido, estaba en la góndola de limpieza. Seguí con mi compra y me fui a la caja, por más de que tenga cinco cosas nunca voy a la caja rápida, siento que estoy siendo estafada cuando veo a las cajas “normales” avanzar tan rápido, cuestión, es un tema psicológico, no me gusta la caja rápida ni su concepto. Adelante mío tengo a un padre (lo asumo por los pañales en el carrito), miró como descarga las cosas y veo que saca, una caja de tampones, Kotex, y rápidamente los esconde entre dos cosas sobre la cinta de la caja. Me acordé de cuando Juan tuvo que ir a comprarme toallitas porque yo estaba internada y recién operada en la clínica, me trajo las más caras (y las que más odio, pero nunca se lo conté).

Atrás mío en la caja se puso el padre de la lista de supermercado, le miré el carrito y vi que no solo compro pañales XXG, sino también M, lo quede significaba que tenía una hija casi del tiempo de Mila.

Los hombres en general callan. Todos los hombres que pasaron por mi vida, por más habladores que fueran, callaron. Y si hay algo que aprendí es que, a más emociones, más callan. Pertenecen a una especie que suele jactarse de ser básica, pero no lo es. “Es hombre, es básico” “Entendelo, es hombre”, etc. No coincido.

Me suelo encontrar con muchos escritos sobre nosotras, las madres (sí, hace un poco más de cinco meses pertenezco a ese grupo, y todavía no lo puedo creer), coincido con casi todas esas palabras, me siento identificada, me emociono, me angustio por lo que me espera y demás. Pero nunca vi un texto sobre los padres, ellos “miran videos de accidentes y tetas”.

Es admirable el poder que tienen los hombres, ¿Poder de que? No lo sé, es un misterio para mí. Y voy a hablar de los padres, pero aplica a otros casos también. El hombre, en Argentina, tiene solo dos días de licencia cuando tiene un hijo, imaginen eso, volver a lo de siempre, pero sabiendo q hace solo dos días trajiste al mundo a una persona, una persona como uno. Pero lo hacen, y seguramente ni piensan en ello mientras trabajan, simplemente lo hacen. Todo especulativo de mi parte, claro. Y cuando dudan, juntan fuerzas y se hacen los fuertes y nosotras no nos damos cuenta, no por crueles, sino porque se mezcla con sus momentos de “básico”. Y meses después llega ese momento en que cuentan algo, una pieza mínima de su ser, y te preguntas porque no lo dijo antes y certificas eso que sospechabas pero no podías confirmar, “Él siente lo mismo que yo, está pasando por lo mismo que yo”, así como nosotras tenemos nuestro parto y demás cosas, ellos tienen mucho, mucho con lo cual lidiar, pero a veces la personalidad del hombre, frente a la mujer, no le hace justicia a su ser, y no nos damos cuenta.

Las dudas existenciales, ese cliché, existe. Existe de a ratos, cuando estás cuidando a tu hijo por muchas horas, cuando frenas, cuando no frenas, cuando los dejas para ir a trabajar y existe también en ellos, cuando trabajan, cuando están haciendo algo en su trabajo que a veces, como nos pasa a todos, no les gusta, cuando se preguntan para qué. Cuando se cuestionan si vale la pena, si no les gustaría volver a tomar cerveza sentados en la vereda hasta las cinco de la mañana (sin pensar que alguien los espera y los necesita), si hicieron bien. En el momento en el que vuelven a casa y encuentran a una mini persona llorando, a alguien que demanda mil veces más que lo que demandan en el trabajo, y no dan más, no dan más del viaje en en tren, de las presiones del trabajo, del estar pendientes por si pasa algo, de preguntarse si esto es lo que quieren (porque, no mintamos, todos nos preguntamos eso), esas mismas cosas que nosotras sentimos.

Hoy en día, aún sigue existiendo, inconscientemente o consciente, la idea del hombre proveedor, del hombre protector, y a su vez a veces nos perdemos en ese concepto, nos mareamos con la idea de hoy versus la realidad del ayer, queremos creer una cosa y nos dejamos influenciar por otra, y ellos también. Mi mamá fue la que “se puso los pantalones” en casa, siempre, y sin embargo, la sociedad, los contratos laborales y muchos otros factores siguen confundiéndonos. Y ellos se exigen a si mismos, y se asustan, no dicen nada y se quedan dormidos y todo empieza devuelta, para ellos y para nosotras.

Pero después llega el momento en que estamos los tres, y Mila se ríe de nada, y nos contagia la risa y le sigue el momento en que Mila se duerme y estamos los dos, y no hay nada mejor que eso. No hay nada mejor que nosotros dos y nosotros tres. La dupla perfecta es esa, lo repito, nosotros dos y nosotros tres, por ahora tres.

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