La última vez que vi a mamá fue el 26 de julio de este año, unos días después de mi cumpleaños. Ese día llamé a papá a eso de las 8pm, como todos los días, y le pregunté si le parecía que deje a Mila con Juan y vaya a visitar a mamá, me dijo, dudando, que mejor no, que me quede tranquila. Durante todo el embarazo papá me cuidó de la enfermedad de mamá, me cuidó de ver a mamá así de enferma, y con Mila ya en el mundo, más todavía.

El lunes había ido el médico a verla y nos había avisado que tenía insuficiencia cardíaca y agua en los pulmones, un cuadro no muy bueno, nada bueno. El 26 de julio fue martes.

A eso de las 22 sonó el teléfono, era papá preguntando si no quería que mi hermano me pase a buscar y me lleve a verla a mamá. Sí.

Cuando llegué a casa (todavía tengo dos casas, hace poco me mudé por primera vez en mi vida de lo de mis papas, de lo de mi papá ahora) subí las escaleras, mamá estaba acostada en su cama, lugar que frecuentaba exponencialmente a medida que la enfermedad avanzaba.

Se sonrió cuando me vio y me senté al lado de ella, para ese entonces ya no podía hablar pero entendía bastante, dada su situación. Me largué a llorar y le dije, sonriendo, que no me iba a salir ser tan buena mamá como ella. Creo que su poca lucidez igualmente la dejo percibir mi tristeza, y la de ella, porque su cara estaba triste.

A mí manera, la canción, siempre fue, lo que se podría decir, el himno de mi mamá (imagino que el de muchísimas personas más), en varias ocasiones me dijo, antes de saber de su enfermedad, que quería que esa canción sonará en su funeral. Siempre pensé que esa canción realmente resumía su manera de vivir, una manera que por momentos yo no supe entender.

Elsa Noemí Ayub nació el 9 de agosto de 1948, la hora no la sé. Hija única de Felipe Ayub, sirio libanés y Aida Parlante, mi segunda mamá. Elsa nació en una familia humilde, vivían en un conventillo en la calle San Juan intersección Entre Ríos con las diez hermanas de mi abuela. Mamá dormía en el living y siempre me contaba cómo tenía que pasar por el patio para llegar al baño.

Elsa fue a un colegio del estado, estudió declamación a partir de los tres años, todavía tengo el libro con sus poemas. En algún momento decidió que ese colegio no era lo suficientemente bueno y, por iniciativa propia se cambió a otro, uno de clase alta, uno como el que me mandó a mi. Siempre me contó cómo no encajaba, pero con gracia.

Terminó el colegio a los 16, mis abuelos querían que estudie corte y confección, ella, en vez, entró en la facultad de medicina. Era una época muy M’hija el dotor. Durante la carrera atendía por las noches el kiosko de mi abuelo. Tenía casi todos amigos varones, nunca fue de tener muchas amigas, más bien pocas y cercanas. A los 22 años se recibió de médica, en ese momento no había residencia como ahora, era todo más a la antigua, ella fue discípula de un nutricionista muy conocido de los años 60–70, como él no daba a basto, ella empezó a atender sus pacientes. Poco tiempo después, abrió su propio consultorio.

Alquiló una casa con pileta en Martínez, sobre la calle Alvear y llevó a vivir a mis abuelos con ella. Iban casi todos los meses al mar. Se compró el auto argentino de moda, un Torino color Champagne, un auto que iba a más de 200km/h en los 70'. Siempre odió la idea de ir de compras, elegir ropa, me contaba cómo iba con su secretaria y amiga en el auto, miraba las vidrieras, encontraba el modelo que le gustaba, le daba la plata a la amiga y le pedía que se lo compre en talle tanto. De chica había sido gordita, eso la llevo a buscar una figura envidiable para este momento de su vida y logró: pelo negro lacio hasta la cintura, rasgos árabe y muchas curvas.

Compró un terreno en Martínez e hizo una una casa con pileta. Tuvo muchos novios y finalmente se consiguió un marido alto, rubio de ojos claros, adoptó a un ovejero alemán, tuvo dos hijos, primero el varón a los 38, después la nena (yo) a los 40. Hasta los 45 salía a bailar con mi papá y usó minifalda hasta los 50. Siempre pareció diez años menos. De chica la veía bailar lentos con papá en el living de casa, mientras Alfa, el ovejero alemán, descansaba enfrente de la chimenea; yo me emocionaba, me hacía feliz.

Busqué en el celular una versión de A mi manera, tenía que ser en castellano, si bien aprendió a hablar inglés, se negaba. Encontré la de Estela Raval, cuando se la nombre se sonrió, reconoció. Escuchamos juntas la canción, lloré un poco más. Cuando terminó la canción le mostré una foto de Mila, bien colorida y con contraste (para captar la atención de su mirada por momentos pérdida), le dije que mire a su nieta y se sonrió, me acarició la cara, le acaricié la frente, le dije que todo lo que venía era para mejor, que ella iba a estar mejor.

Me levante de la silla y le pregunté si quería que me quede, si quería que pase la noche ahí, en mi cuarto de siempre, al principio negó y después asintió, papá me recomendó volver a Mi casa, a Mila, a Juan.

Dos días después me enteré de que esa había sido la última vez que vi a mamá.