1. A donde van los héroes.

A nuestros caídos.

Era una tarde preciosa. El cielo se había vestido con los colores del verano tropical y el espectáculo que regalaba aquella tarde de junio era algo único: morados, rosas, amarillos y azules intensos se mezclaban con las pinceladas naranjas que regalaba el sol, tiñendo todo el firmamento y deteniéndose con especial cuidado en el algodón de las nubes que se alargaban cruzando el cielo.

“Me quedó lindo, ¿no?”, dijo una voz a un joven que miraba aquella danza de colores desde una ventana muy alta.

-“¿Disculpe?”, le contestó dándose vuelta para ver quién le hablaba pero al hacerlo no encontró a nadie sino a la misma biblioteca caoba repleta de libros que ya había visto horas antes. Además de la pared que ocupaba la enorme biblioteca, el cuarto en el que estaba tenía otras tres muy altas, una sin nada que la adornara, otra con una puerta también de caoba y aquella del ventanal gigante frente al que estaba de pie. Giró sobre sí mismo inspeccionando el cuarto con la mirada. Nada, se lo tuvo que haber imaginado. Suspiró hondo. Sin saber muy bien por qué, se emocionó un poco al escuchar que alguien se dirigía a él. Puede ser porque tenía lo que le parecían años sin ver a nadie y aquella voz desconocida le sonó familiar, como la de un amigo del alma o un tío de esos que termina siendo otro padre, otra madre. “En fin. Ya vendrá alguien”, pensó mientras se sumergía nuevamente en aquel cuadro que era el cielo.

No habían pasado ni cinco minutos desde que se entregó a la contemplación de la ventana cuando volvió a escuchar otra voz que lo llamaba, esta vez por su nombre y apellido. Por miedo a que se le escapara nuevamente o quizás porque le llamaron por su nombre completo, en esta ocasión se dio vuelta bruscamente hacia la única puerta que tenía el cuarto y de dónde creyó escuchar la voz.

“Hola, hijo”, le dijo un viejo bajito y gordo de grandes ojos marrones amables. Al joven le dio tal paz verlo que se dirigió a abrazarlo de una forma tan natural que parecía que lo conociese de toda la vida.

-“Hola, viejo”, le saludó en pleno abrazo. El viejito que vestía con una camisa blanca de mangas cortas y un pantalón azul le devolvió el abrazo con igual naturalidad. Al separarse le pidió que lo siguiera y el joven lo obedeció pero, por alguna razón que tampoco entendió, se devolvió dos segundos a la ventana para despedirse del atardecer.

-“¿Vio qué bonito atardece hoy, señor?”, le dijo al viejito que lo esperaba en la puerta.

-“Sí, hijo”, le contestó aquel con una sonrisa de esas que ponen los abuelos cuando ven a los nietos caminar por primera vez. “Sabíamos que te ibas a dar cuenta. Ahora ven, que se hace tarde”, le dijo haciéndole señas con la mano para que lo siguiera. El joven, como si se tratara de un familiar que nunca conoció pero del que le hablaron toda la vida, se despidió de las nubes moradas y lo siguió sin hacer preguntas.

Al salir del cuarto el par se encontró caminando por un pasillo muy largo que terminaba en una puerta que se veía chiquitica desde el extremo en el que estaban. Por un buen rato caminaron en silencio. Al joven no le importó porque estaba feliz andando al lado de aquel viejo amable que de vez en cuando se volteaba a verlo con una mirada orgullosa y tranquila que le alegraba el corazón al joven. No fue sino hasta casi la mitad del largo camino que el viejo le dijo algo.

-“¿Qué es lo último que recuerdas?”, le preguntó sin quitar la vista de la puertecita que ya empezaba a verse más grande.

El muchacho se quedó en silencio tratando de recordar qué era lo que recordaba hasta que sin mucho éxito ni tampoco preocupación que lo abrumara le respondió: “Estar de pie frente a la ventana viendo las nubes”. El viejo lo vio con su sonrisa eterna. “Lindo recuerdo”, le dijo y siguieron caminando el resto del camino en silencio hasta que cuando estaban casi enfrente de la puerta se detuvo en seco y se dio vuelta para hacia el muchacho. Lo vio con cariño y empezó:

-“Todo lo que te voy a decir ya lo sabes aunque no sepas que lo sabes. A veces el destino tiene una forma curiosa de hacerse cumplir; a veces pasan cosas que no podemos justificar, ni explicar ni siquiera entender por mucha cabeza que le echemos porque a veces la vida pasa porque quiere sin que nadie la pueda controlar; es más te digo un secreto, el control es una ilusión que reconforta pero no por ello deja de ser nada más que eso, una ilusión”. El joven lo escuchaba atento. El viejo siguió “Tú llegaste hoy hasta acá y te recibimos con los más altos honores, como se recibe a los héroes porque tú, querido muchacho, eres de los mejores de ellos. Tu valentía, coraje, pasión y espíritu son de los más bonitos que hayamos visto o, ¿creías que era casualidad que Él te recibiera con un atardecer tan hermoso? Ese fue especialmente diseñado para ustedes, para todos ustedes que como tú creen en que el bien es más fuerte que el mal, que la luz puede más que la oscuridad y que lucharon con todo lo que tenían para probarlo”, le dijo el anciano que no ocultaba las gruesas lágrimas que le corrían por las mejillas.

El joven no tenía ni una duda. Entendió todo lo que el viejo le decía e inmediatamente lo aceptó como uno acepta algo sobre lo que no puede hacer nada pero que sabe va a estar bien, como un día de lluvia sin paraguas pero con muchos árboles alrededor del camino. De repente recordó una frase que había dicho el señor y que le iluminó el espíritu.

-“¿Están todos ahí?”, le preguntó el joven con los ojos llorosos de alegría.

-“Sí, están todos y no solo ellos. Están también los que quisiste y ya no volviste a ver y un día llegarán todos los que quieres y que ahora no están. Ya no te vas a volver a preocupar por nada y la felicidad será parte de ti por toda la eternidad. ¿Te gustó el atardecer? Detrás de esa puerta vas a ayudar a hacerlos tú”, le dijo y vio como los ojos del muchacho se iluminaban con más fuerza. “Vas a poder cuidar a todos los que quieres y vas a estar con ellos por muchos más años de los que tiene el tiempo. Eres paz y felicidad eterna, hijo”, le dijo finalmente abrazándolo como abrazan las personas que lo aman a uno incondicionalmente. El muchacho estaba tranquilo como en su vida lo había estado, tanto que algunos incluso dirían que fue en ese momento exacto en el que conoció el verdadero significado de la paz. “Ojalá todos se sintieran así”, dijo en voz bajita sin darse cuenta.

El viejo abrió la puerta. Una luz intensa bañó al pasillo y su brillo era tal, que al mirarla el muchacho se encegueció brevemente antes de que sus ojos se acostumbraran a ella. Qué pura se veía. “Adelante”, le indicó el señor sonriente. El muchacho lo miró agradecido e iba a pasar cuando su guía lo detuvo tocándole el hombro. “Hijo, déjame el escudo”. El joven que sentía una confianza más grande que el mar hacia el viejo le dio el escudo blanco atravesado con una cruz roja que hasta ahora sin darse cuenta había cargado celosamente cerquita del pecho. “No te preocupes”, le anticipó aquel. “Va al mismo sitio que los otros y como a todos lo vamos a tratar con el mayor de los cuidados”.

Con esta última frase el joven se desprendió no solamente del escudo sino de todo aquello que alguna vez lo preocupó, le robó el sueño o le enredó la cabeza. “Estoy bien”, fue lo último que pensó antes de dar el primer paso hacia la luz que estaba al otro lado de la puerta pero cuando iba a dar el otro se detuvo y despacito se volvió hacia el viejo. Lo miró a los ojos y aunque estaba seguro de la respuesta que le iba a dar, de igual manera le preguntó:

-“¿Valió la pena?”.

-“Valió la pena”, le respondió sin dudarlo y le regaló la sonrisa más sincera que le habían dado en su vida. “Ya lo vas a ver tú mismo”, dijo despidiéndose sin moverse del sitio, esperando a que el muchacho entrara.

El joven, sonriendo también, pensó por última vez en las costas libres de un país bonito. “Te voy a pintar unos atardeceres brutales para que coloreen la arena de tus playas”, dijo antes de desdibujarse en el brillo intenso que lo abrazaba al otro lado de la puerta.


De la serie de cuentos cortos “Justicia imaginaria para crímenes reales”

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Andrea Atilano’s story.