El amor de un bipolar

Desde hace tiempo, adopté una idea del amor, sea del tipo que sea. El amor –para mí– es una apuesta, quizá la más sublime, contra el tiempo y sus tragedias y su caos. El amor es aquello que nos queda, ya no para vencer a la muerte que es de sí imposible, sino para festejar la vida, para mirarla y para enfrentar sus desventuras en compañía. El amor es eso, com-partir. El amor no es soledad. El amor es la con-quista de la incertidumbre. Todo con el otro, junto al otro, mirando al otro. Cuando nos arrojaron al mundo, nos separaron de él, de su totalidad. El amor nos devuelve a esa totalidad, la totalidad formada con el otro, con los otros. Contra todas las desdichas, tenemos el amor. Amor es pasión. Pasión es, en su sentido último, sufrimiento. Amor es, entonces, compartir el sufrimiento del otro. Amor es com-pasión. El Amor es una respuesta: somos seres mortales y la única manera de extender el tiempo es amando. Amor es intensidad, es decir, es distender el tiempo. El amor no nos salva de la desgracia, pero nos ayuda a mirarle a los ojos y trascenderla. Eso es lo que yo tengo para ti: amor por sí mismo, sin pretextos ni intereses. Eso es lo que yo quisiera de ti. Si te miro y no me miras o viceversa nada es posible. Eso es lo que me duele. No soporto la idea de saberte indiferente o insensible o lejana. Lastima. Si tú me dejas acompañarte así, aquí me tienes. Si tú quieres un amor luminoso, que nos reviva cuando sea preciso, desinteresado, un amor fundado en el alma y cuerpo del otro y no en la idea de lo que debería o no ser, aquí estoy. Lo único que no quiero es que esto que somos tú y yo cuando nos abrazamos se convierta en una desdicha y sufras tú y sufra yo y me excluyas por miedo y me aleje por temor. Todo lo que de ti quiero es que palpites, estalles y te disperses conmigo hasta inventarnos otro mundo.