Mi poema favorito.

El 13 de octubre del 2016 la Academia Sueca otorgó su premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Dinamita pura, las redes sociales explotaron en rechazo a quien para muchos no es un poeta. ¿Pero quién es un poeta?

Este planeta ha sido testigo de la evolución biológica que hoy hace posible que un grupo de células formen lo que llamamos seres humanos. El proceso evolutivo, entre muchas otras cosas, nos dio la necesidad de contar historias. Así como pintamos las cavernas, cantamos y bailamos, también escribimos. Lo necesitamos.

Si pensamos acerca de nuestro estado evolutivo actual, pronto nos damos cuenta que hoy ya no se habla tanto de evolución biológica sino tecnológica. Ya en los sesentas Marshall McLuhan se refería a los medios de comunicación como una extensión del ser humano: el libro es una extensión de la vista y la radio de nuestra escucha. Nos amplificamos gracias a la tecnología.

Las evoluciones tecnológicas son exponenciales. El dispositivo con el que usted está leyendo esto tiene más capacidad que las computadoras usadas por la NASA en 1969, año en que el ser humano llegó a la Luna con el Apollo 11.

Cada vez más pequeños y baratos, los desarrollos tecnológicos se superan a sí mismos. Las máquinas programadas aprenden gracias a la información que pueden encontrar en Internet. La Inteligencia Artificial hoy es una realidad y predicciones apuntan al 2045 como el año en que las computadoras tendrán la capacidad de programarse a sí mismas para ser más inteligentes que los seres humanos. Es el concepto de la singularidad tecnológica.

Mientras esos días llegan, podemos distraernos con algunas cosas como los poemas. Varios de los que suelo leer fueron escritos por Jorge Luis Borges, y me gusta pensar que Borges no es un autor, sino un universo. Porque su grandeza radica en la enorme cantidad de referencias literarias que usó para hablar de la vida. Pero ahora pienso que juntar esas palabras como a Borges le tomó décadas, para un robot hoy podría ser una cuestión de segundos.

Sí, un robot que pueda seguir la instrucción de conectarse a Internet, escanear las obras literarias cumbres de la humanidad, y a partir de ahí continuar con su algoritmo para crear un poema.

Desde hace años las computadoras imitan la capacidad humana para hacer complicadas operaciones matemáticas en segundos y no nos genera ningún conflicto utilizarlas para eso. Entonces ¿deberíamos sentirnos amenazados cuando una máquina escriba el poema más hermoso del mundo?

¿Qué se dirá en las redes sociales cuando la academia tenga que dar el Nobel de Literatura a un robot? No estoy seguro de si eso sucederá algún día, pero sí de que no fue una computadora la que en junio de 1965 se sintió perdida y tuvo la necesidad de escribir esas ocho estrofas que marcaron la historia. Mi poema favorito es Like a rolling stone.