Debilidad

Hace veinte días que el cuerpo no me responde. Hace una semana se demora la recuperación porque somos dos enfermos que se recontagian. La casa se convirtió en un hospital. Hay botellas de alcohol en gel en todos los ambientes, cajas de pañuelos y rollos de papel sobre las mesas de luz y escritorios, bolsas de descarte para el tisú lleno de mocos. Ventilamos tres veces al día escrupulosamente, lavamos la ropa a diario, rociamos todo con desinfectante. La congestión dificulta la lectura, el corazón se agita fácil, incluso caminando entre cuatro paredes.

Así las cosas, hay mucho tiempo libre y nada de energía, a excepción de la cabeza. Por supuesto. Esa no para nunca, vuelven el insomnio y se traba la bolita mental en pensamientos únicos, todos negros. Es en lo único que pienso en estos días. Lo feo por venir, lo inevitable, lo horroroso. Rechazo a todo el mundo, me repliego en la comodidad de mi refugio. De súbito la casa se vuelve una amenaza porque está todo ahí: lo que hay que hacer, las postergaciones, el anhelo trabado que no llega a fluir con la consistencia que desearía. Mirándome fijo con la cara alelada de los santos familiares. Acá, acá estamos, esto era lo que estabas haciendo cuando decidiste que era más importante vivir afuera.

Malditos, benditos, no puedo, no quiero. Tengo esta debilidad que siempre anda por ahí y de la que no me acuerdo hasta que reaparece borboteando sangre, en la corporeidad de un requiebro que todavía duele. Basta de incordios y déjenme dormir. Recuperada del tormento de Macha dejaré el cubil, pelearé, seré un perro furioso que no muestra los dientes, un peregrino marcado que camina sin tiempo buscando la cura.