El jardín secreto.

Hay algo profundamente infantil y atávico en los que caminamos hacia el anarquismo, o al decir de Miller sobre Thoreau, “la forma de gobierno más cercana a lo ideal”: vivir la propia vida y vivirla bien, sin embromar a los otros, sin ceder a la tentación de canibalizarnos. Llegado el caso, sé que soy capaz de recurrir a un canibalismo literal. No así al simbólico. Estoy íntimamente conectada a mi yo salvaje y esto contribuyó al mismo tiempo a mi profundo malestar con (en) la cultura, y a un cierto sentido de resistencia que excede la capacidad de sobrevivir. Tengo por qué vivir. Vivo por mí y en mi defensa he construído un lugar inexpugnable de palabras y sonidos, pero también de silencios. Un lugar de juego y experiencia en el que pongo el cuerpo y la cabeza de forma bastante suicida. Ese jardín secreto es inarrasable. Vivo por él y moriría con él. Puedo acotarlo a su mínima expresión con tal de que sobreviva. Dadas las condiciones, un brote verde se vuelve nuevamente un bosque. Si las condiciones no están, entonces sí: es el fin de todo. Una persona hueca, vaciada de sus pulsiones, no tiene razón de ser. Increíblemente existen los que viven en la cáscara, despojados del jardín o bien ignorando los brotes verdes. Cómo se mantienen en pie es un gran misterio para mí. Creo intuír que viven para otros (hijos o cualquier tipo de personas a su cargo). Es una vida prestada, provisoria y ajena. Un territorio que no les corresponde y en el que nunca están cómodos o felices. Revestirlo de confort es apenas un paliativo de la pérdida, una prótesis para el miembro amputado, un corazón artificial. Eso es el instinto de supervivencia más puro.

En mi escape hacia el futuro visualizo siempre un jardín primitivo. No sé de qué sería capaz con tal de sostenerlo. Es la razón por la que me pruebo física, emocional y psíquicamente todos los días de mi vida. Busco un equilibrio entre preservación y resistencia que sea, asimismo, maleable al cambio. Reniego de mi condición humana y a la vez busco entender todas las variables de una cultura que me molesta. El ruido es enloquecedor por momentos. Soy vértigo y me muevo bien en el caos, al precio de no saber cuántos años de vida está quitándome esta experiencia. Resulta que no es que no puedo vivir de otro modo. No quiero. Meto ajustes todo el tiempo, imposibilitada de permanecer quieta. Bellaqueo a la mínima presión, aunque luego consiga sobreponerme.

Los otros pueden ser, alternativamente, cárcel y refugio en la tormenta. A veces es una misma persona mutando de roles. Vivo con el único ser humano al que jamás percibí como cárcel. Otro anarquista. Nuestros jardines coexisten sin tocarse y ocasionalmente los habitamos juntos. Cada uno cuida sus brotes verdes y sus ruinas lo mejor que puede, sabiendo que todo puede variar, que los huracanes existen, que las condiciones tienden a modificarse. Vivir el presente suele interpretarse como ausencia de futuro. Yo entiendo que sin Hoy no hay futuro posible. Trato al mundo como una extensión del jardín e intento cuidar su equilibrio. Esto incluye a las personas, también a aquellas que me hacen mal de alguna forma. A las que no entiendo. A los que no me entienden.

Quiero ser la pisada que no hace daño. Soy irrefrenablemente curiosa. Necesito entender. Todo esto convive en mi cabeza a diario. Algo que me dejó la breve niñez efectiva que tuve fue esa capacidad de entender lo afortunados que somos de vivir para ver otro día y valorar los dones que pudimos cultivar. Sé que hay otros que piensan o sienten como nosotros, y que soy más afortunada que muchos de ellos por tener la capacidad de ponerlo en palabras. De esta manera sano y sigo. Hay otras maneras, por supuesto. Esta es la mía, la inevitable. En la entrada del jardín no hay más que un marco hueco y palabras, un largo sendero y la voluntad de caminar. Es todo lo que hace falta.

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