Marchar para romper el silencio

(Publicado en Infoner, 11/03/2017)

“A una mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa”. Igual que la poesía de Bécquer, que en la infancia endulzó mis oídos con su elegante rima, esta aseveración me irritaba particularmente en la adolescencia.

Había rigideces y omisiones flagrantes en esa caballerosidad que no me interpelaban. Como yo, a tantas. Lo comprendí cuando estuve en la Universidad, porque tuve la posibilidad y el privilegio de educarme. Y la capacidad de analizar el contraste con niveles de prejuicio muy bajos. Existían mujeres que cuestionaban los preceptos de una sociedad que discursivamente nos persuadía de que éramos la reserva social, moral y estética y en los hechos nos alienaba, humillaba y burlaba. Una vez que la dejaban expuesta, como el emperador desnudo en la multitud, esa misma sociedad las trataba como a mujeres especiales. Pero por lo indignas de ser tales. Les colgaron el sambenito de machonas, soberbias, difíciles y pendencieras (todas cualidades consideradas masculinas, pero que en un hombre estaban bastante bien igual, o eso parecía).
Es que hasta hace apenas treinta años éramos pocas las que reaccionábamos a un supuesto piropo que en realidad era grosería con palabras soeces o una trompada en vez de agachar la cabeza y seguir de largo. Éramos nadie las que no fingíamos indiferencia cuando la mano de un desconocido nos buscaba, si ese amigo o familiar nos obligaba a tocar, a mirar, a escuchar cosas que no queríamos. Las indóciles, las rebeldes. Las que no se dejaban. Y recibíamos a cambio la reprobación de nuestras amigas, de nuestras propias madres. “No te resistas, que es peor”. “No te defiendas que te pueden matar”. “No digas nada”. “A todas nos pasa, así son las cosas”. “Así nunca vas a conseguir quién te quiera”.

En mi precocidad adolescente podía articular todos estos mensajes con la enorme pena y la profunda impresión por los casos de Jimena Hernández, Nair Mostafá, Alicia Muñiz, María Soledad Morales. Casos que no alcanzaron a conmover lo suficiente en su momento a una sociedad más acuciada por la penuria económica que por la cada vez mayor desigualdad social, que preanunciaba un esquema criminal perverso. En estos sistemas articulados por un pensamiento verticalista con anclaje moral, hay víctimas de primera, víctimas de segunda y víctimas en sordina. En este último grupo ubico a los que buscan su propia muerte, pero también a la mujer violentada o asesinada por alguna variable asociada a su condición de mujer.

Así son las cosas: A la mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa, pero al mismo tiempo está hecha para que se la degrade públicamente de forma natural, sin que nadie (ni ella) haga nada por impedirlo. Es débil, por lo tanto no se defenderá. Se la puede obligar a tener relaciones sin preservativo, a engendrar incluso si no quiere, a proseguir con un embarazo que no desea o que incluso puede costarle la vida. Si se vistió de forma provocativa es de pleno derecho que reciba su merecido en forma de insulto o violación. Si viaja sola, se expone a que cualquiera tenga la perversa idea de que puede disponer de ella como si fuera un objeto. En muchos de los casos, las condenas serán breves o el crimen quedará impune. En el peor de los casos, nadie se enterará de nada. Para que así sigan siendo las cosas.

Lo que acabo de enumerar son una serie de preconceptos con los que crecimos millones de personas en todo el mundo. Con su predominio, el silencio será más y más profundo, el refuerzo a la idea de la mujer indefensa y resignada continuará construyendo la base de todo abuso que hoy englobamos bajo la salvedad “de género”. Como si el solo atropello a la integridad de un ser humano no bastara.
El mensaje ha sido claro: mejor guardar silencio. Hombres y mujeres nos imponían silencio. Qué papelón, una mujer que reclama el derecho sobre su vida y su cuerpo. No era un papelón, en cambio, que el acoso callejero te dejara expuesta no sólo ante el desconocido que agredía, sino frente a los testigos pasivos que jamás (jamás) dijeron o hicieron algo. No era motivo de indignación suficiente que una niña de once años fuera abducida, violada y estrangulada con su propia mochila a pocas cuadras de su casa. La prensa parecía más interesada en el devenir personal de Monzón en la cárcel que en el hecho mismo que lo había llevado ahí: el crimen de su esposa durante una discusión conyugal.

Supongo que por eso el asombro ante las marchas de mujeres contra la violencia machista resulta enorme y la reacción generalizada de los viejos esquemas cruje con nuevos estigmas: qué exageradas, no es para tanto, un piropo es una cosa linda y mi preferido: Soy hombre y no soy violento.
Claro que sí, amigo. Yo misma vivo con un hombre de esos. El feminismo no es odiar la masculinidad, excluírla o estigmatizar a los hombres. La sororidad, esa hermosa palabra que implica que busquemos comprendernos y ayudarnos mutuamente entre mujeres, tampoco es una imposición extensiva a todas ni en todas las circunstancias. La legalización del aborto no implica una asistencia en masa a los centros de interrupción del embarazo… Aunque la cifra actual de un cuarto de millón de abortos al año en Argentina ya resulta escalofriante sin un marco legal que regule esas vidas y esas muertes. Y esta cifra invisibilizada es algo que a pocos importa. Hasta que toca a alguien muy cercano.

Como humanos y seres de derecho tomamos caminos en la vida que no siempre son los definitivos. Hay una sola violencia, sin embargo, de la que no se vuelve: la institucionalizada y repetida, la que se encarna en el sujeto hasta hacerle asumir que es una violencia lógica, natural y justificable. Las miles de muertes de mujeres en abortos clandestinos, de putas que nadie reclama en antros desolados del interior del país, de villeras estragadas por el abuso y la droga, son las bajas colaterales del sálvese quien pueda cultural. ¿Qué suelen decir las otras mujeres, las mimadas del sistema perverso? Algo habrá hecho. Ella se lo habrá buscado. Era su realidad y no podía escapar, qué pena.
Otra vez: las cosas son así. “Así es el mundo. Aceptalo, no te atrevas a cambiarlo. Queremos ser mujeres a quienes los hombres protejan. No queremos tener que defendernos. Necesitamos aprovechar todas las prerrogativas que este sistema nos da por ser sumisas y no cuestionar sus desiguales imposiciones”. Y yo las entiendo, claro que las entiendo. He convivido con ellas toda la vida. Algunas incluso me cuentan entre sus afectos, sabiendo que no voy a cambiar y ellas tampoco. Aunque duela aceptarlo. Qué quieren que les diga, para mí ser libre es eso. Aceptar las múltiples miradas.

El paro y marcha mundiales de las mujeres no llega tarde, pero sí con alguna demora. Definitivamente tarde para aquellas niñas y mujeres que nos faltan desde hace veinte, cincuenta años, sí. Pero no tan tarde como para que el conjunto de la sociedad despierte y se de cuenta de que nadie, ni hombre ni mujer, ni pariente ni amigo, ni institución ni fuerza política tiene derecho sobre la vida o muerte de una mujer que está configurando su identidad. Es un camino largo y difícil y algunas mujeres necesitan marchar junto a otras para empezar a transitarlo, pero ¿habrá algo más revolucionario que vivir bajo esa idea?

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