Qué hacer

Tu forma de aprender es darte la cabeza contra la pared” dijo papá una sola vez, frunciendo la cara, y me acordé para siempre. En realidad, me acordé cada vez que la cabeza se rompió porque no soy de andar calculando la perspectiva o la distancia a la hora de embestir. Con más o menos daño aprendí unas pocas cosas, del estilo “si apoyo la mano en la hornalla caliente, me quemo”. Otras muchas cosas son el resultado de experiencia de acumulación temporal, una especie de resiliencia descontrolada y (también) un fenómeno bastante aterrador. Hay cosas que me salen de taquito. Sin proponérmelo. En caliente. Con personas que veo por primera y quizá única vez. El problema, si se le puede llamar así, es que mucha de esa experiencia no deja residuos. A saber la cantidad de epifanías y moralejas que me estoy perdiendo. Cada caso me resulta particular y si sale bien, ¡qué bien! ya puedo olvidarme del asunto. Esta capacidad de poner en juego la crisma sin mucha consecuencia da una falsa impresión de invulnerabilidad. Sobreestimo mi real capacidad psíquica. Así, emerge un hábito de aprendizaje cómodo y temerario: el cuerpo ya recordará lo que olvidaste.

Hace unos días, creo, hablaban en Twitter sobre la tramposa expresión “poner el cuerpo”. Me sacudió porque un poco es así como funciono en situaciones límite o bajo presión. Voy a lo desconocido sin un miedo letal porque, en última instancia, sé qué hacer. Es más que intuición, es como un tacto que calma. Si son palabras, salen a mi pesar. No sé de dónde vinieron y las olvido apenas dichas. A veces son gestos. el movimiento del cuerpo, una mirada. Soy Beatrix Kiddo ordenando al dedo gordo del pie que le obedezca, sabiendo que lo hará. Saltos de fe continuos parecidos al movimiento del agua: nunca sé qué me espera mar adentro, si conseguiré remontar la ola que viene. Si aguantarán la cabeza y el cuerpo. La intuición pegotea cada ruedita del sistema de pensamiento; la curiosidad estimula, infecciosa. Navego sin instrumentos en la noche más oscura. Qué respaldo puede venir de una experiencia ya olvidada. Así debe sentirse cabalgar una montaña rusa infinita con suerte tirando a buena: aún no se astillaron mis huesos, todavía no me rompí de forma irremediable. Si lo pienso bien, tengo miedo de que eventualmente eso pase. Claro que tengo miedo. Pero de algo hay que morir.

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