Roberto Canessa: “La historia natural era morirse”

Cuando llegué al Hospital Italiano de Montevideo se me cruzaron una serie de imágenes por la cabeza y tuve miles de sensaciones.

Primero, me iba a encontrar con un cardiólogo distinto al que me acostumbré toda mi vida para hacer una interconsulta que podría determinar un diagnóstico diferente al que me daba hasta entonces el de Buenos Aires (el gran Eduardo Kreutzer) y el electro fisiólogo.

-Tengo una cardiopatía congénita. Desde que nací tuve varias cirugías desde y la última se debió a una colocación de marcapasos. Mi interconsulta se debió a que la batería del marcapasos me duraba (y dura) menos tiempo del que debería y fue por eso que hasta entonces había tenido dos cambios de aparato por agotamiento del generador-

Por otro lado, por ser quien era el médico al cual visitaba. A Roberto Canessa lo conocía, pero por los medios de comunicación. Por su historia en Los Andes con sus compañeros y más tarde, en una entrevista que también vi por TV, supe que era cardiólogo infantil. Siempre me pareció una persona sencilla y correcta. Y mi madre que trabaja en Uruguay había buscado referencias y todas habían sido positivas. Así que por decisión mía hicimos la interconsulta.

Cuando entré al Hospital junto a mi mamá y mi hermano (que me acompañaron, claro) nos dirigimos a la mesa de entrada y nos indicaron que debíamos tomar el ascensor hasta el piso de cardiología.

Llegamos. Hicimos la admisión y me senté en una sala de espera rodeada de juguetes y libros infantiles. Allí había dos niños junto a sus respectivos padres que eran pacientes o era la primera vez que iban a consultar a Canessa.

Mi precipitada ansiedad comenzó a observar cada detalle de esa sala de espera y quiso ver más allá de la mesa de la secretaria para descubrir si Canessa estaba allí. Pasaron cinco minutos y se escuchó el ascensor. Llegaba otro paciente. Pasaron otros diez minutos y otra vez el elevador llegó a cardiología. Esta vez quien estaba detrás de la puerta tijera era Roberto Canessa. Mucho menos alto de lo que me imaginaba, pero muchísimo más amable y cálido de lo que la mediación televisiva me había dicho. Saludó y se metió hacia el consultorio y comenzó a llamar a sus pacientes.

Cuando fue mi turno, mi hermano, mi mamá y yo ingresamos a la sala donde tiene su ecógrafo e hizo que me acostase. Él ya sabía cuál era mi diagnóstico porque lo había visto en la ficha y como buen maestro les dijo al resto de su equipo (chicos de entre 25 y 30 años): “a ver si saben que es lo que tiene” y salió de la sala junto a mi mamá y mi hermano para hablar en su oficina.

Terminando la ecografía (por cierto los chicos acertaron cada uno de los detalles de mi cardiopatía), llegó Roberto y chequeó algunas cosas. Terminado el estudio, fuimos para su oficina y charlamos sobre lo mío. Finalizada la charla, me animé a pedirle una entrevista. Lejos de ser vanidoso me dijo que sí, pero que vuelva alrededor de las seis de la tarde cuando terminase de atender. Nos fuimos con mi mamá y mi hermano. Merendé junto a ellos y a la hora y media regresé al Hospital Italiano solo.

Llegué y la sala de espera estaba vacía. Continué hacia la mesa de entrada y la secretaria creyó que me había olvidado algo, pero no. Le dije que Roberto me esperaba para la entrevista. Entonces me senté y comencé a ver sus tres diplomas que tiene colgados y luego me llamó la atención que el resto de los cuadros eran pinturas y solo de un autor: Vincent Van Gogh.

A los pocos minutos, Canessa termina de atender y va hacia mi encuentro. Me ofrece un café, le digo que no y nos dirigimos a su oficina. Prendo el grabador, apoyo el cuaderno sobre “Tenía que sobrevivir”, el libro que escribió junto a Pablo Vierci sobre su experiencia en Los Andes y cómo esa experiencia lo ayudó para su vida personal y profesional como cardiólogo. Comenzamos:

Veo el cuadro de Gardel que tenés detrás de tu silla y recuerdo el fragmento del libro en el que contás el momento en el que estabas en la cordillera y en la radio sonó [el tango de Carlos Gardel] Volver… ¿qué significó?

Increíble la coincidencia porque… “volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi cien”… “que es un soplo la vida y que veinte años no es nada”. O sea, que me estaba diciendo lo que me estaba pasando y con el presagio de la muerte de Gardel que se muere en la Cordillera. Era como terrible y además la idea de volver. Porque Gardel canta volver al lugar, pero yo quería volver a mi casa.

Me acuerdo cuando hicimos el libro con Vierci, que fue un capítulo bastante largo, y tuvimos algunos problemas con la autorización de ponerlo en el libro, porque los norteamericanos estaban muy asustados con los derechos pero después de 30 años prescriben los derechos de la melodía, aunque después descubrimos que si pones un pedacito de la letra no hay problemas.

Fue un tema bastante interesante, pero me acuerdo que en la montaña esa sensación de que la vida no vale nada [hace un silencio y continúa]…era muy clara porque mis amigos estaban muertos ahí, y morirse estaba a un pasito. Era muy cercana la muerte, tal es así que cuando se moría alguien no te daba lástima por él sino por ti.

Porque quedabas más solo…

Sí, y porque además vos eras el próximo. Era un lugar donde la historia natural era morirse. Cuando el avión pasa por encima [el primer avión que los buscó apenas tuvieron el accidente] empezamos a llorar los muertos porque ya nos alejábamos de la muerte. Empezás a llorar la muerte de otros y te olvidás de tu muerte.

¿Por qué crees que a la historia se la conoce más porque se comieron a los muertos que por la voluntad y el trabajo en equipo que hicieron?

Porque la gente piensa que lo peor de Los Andes fue tener que comerse a los muertos. Entonces entran con esa llave a la historia y es también la misma llave de porque recorre el mundo.

La historia recorre el mundo antes de que se enteren de lo que habíamos hecho con los muertos. ¿Y por qué recorre el mundo? Porque el mundo nos había dado por muertos, por desahuciados. Y tal es el concepto mundial de eso de que todo el mundo se equivocó de que nosotros estábamos en lo correcto que nos llamaron resucitados.

Nos decían “ustedes resucitaron”. ¡No no no! Nunca estuve muerto.

Entonces está la opinión pública en general que decía “resucitaron. ¿Cómo hicieron? Ah, por eso resucitaron”. No. Salimos porque éramos un equipo, porque trabajamos juntos y porque logramos hacer contacto con el arriero.

Hay dos historias de los Andes: una la que nosotros realmente vivimos y otra que fue la que el mundo piensa que nos pasó.

¿Crees que fue lo más importante de todo haber formado organismos (así llama Canessa en su libro a los subgrupos dentro del grupo del avión, en el que cada uno tenía una tarea asignada)?

Esa es una sensación muy dinámica de empresa. Nosotros estábamos todos totalmente deprimidos y tirados en el avión, y tenías que pensar en ahorrar energía porque toda la que gastabas no la podías reponer.

[Hace un silencio y piensa] Me parece que sobrevive el que tiene la capacidad de seguir un día más. Lo más importante es la alegría de vivir. Gente que dice vamos todavía ¡Vamo arriba! Capaz que hoy me rescatan. Porque la ilusión de que capaz te rescatan es más fuerte que la depresión que te causa todo el entorno.

¿Cómo fue el momento del choque?

El momento del choque es “me voy a morir. Ya está. Lo más fácil es morirme porque este avión se va a estampar contra la montaña”. Como un preámbulo de la muerte.

Luego empezaron a suceder cosas no calculadas. Que no me morí. Que el avión se partió en dos y hay un montón de amigos muertos con heridas terribles y decís “esto no puede ser real”. Siguen pasando cosas que nunca pensamos que podían suceder como salir del avión y no estar en el medio de ambulancias y bomberos, sino estar en el medio de la nada.

Estaban sucediendo eventos fuera de mis cálculos.

¿Crees que tu personalidad extrovertida y tu vocación de médico hicieron que inmediatamente te pongas a socorrer a los heridos del avión?

Creo que esa personalidad desafiante es la que lleva a comportarte como sos en esos momentos. Hay otras personas que quedan totalmente anonadadas.

Ahí haces lo que podés sabiendo que no se va a poder arreglar y cada uno va a hacer lo que pueda. Es lo natural ayudar, por lo menos para mí.

¿Por qué decís en el libro que comerse a los compañeros fue la despedida de la juventud?

Porque fue una decisión madura. De joven vos seguís los impulsos y a medida que van pasando los años es la razón la que se va imponiendo a los impulsos. Y esa decisión iba contra el impulso del asco. Hay que hacer algo irracional contra lo que es un signo de juventud. Era la madurez de tomar una decisión madura.

¿Y hoy en la vida cotidiana que es lo que te dio aquella experiencia en Los Andes?

[Piensa durante unos segundos] Aceptar que puede suceder lo menos frecuente. Tomar las pocas posibilidades como bandera. Saber que la muerte es algo inefable que vos podés robarle algunos niños a la muerte. Si los dejas (a los niños) y no hacés nada se van a morir. Si los operas puede llegar a haber un buen resultado. Si mueren, bueno, era la posibilidad natural de ellos; es lo que naturalmente sucede. Estas tratando de recuperar algo que es perdido por perdido.

¿Y por qué quisiste ser cardiólogo infantil? ¿Ya lo tenías decidido?

No, cuando vine acá [al Hospital Italiano] cardiología infantil recién empezaba en Uruguay, y había un médico que hacía cateterismo de niños. Además justo vino la ecografía y en ello yo era igual o mejor que los demás porque no existía antes.

En cambio, en electrocardiograma y todas esas cosas ya había una trayectoria. Entonces empecé a correr y a mejorar, por ejemplo, más que mi viejo, debido a que el eco no existía. Empezar con algo era mucho más lindo que encontrarte con la frustración de empezar con gente que ya venía haciendo lo mismo hace 30 años.

¿Se puede decir que la experiencia en Los Andes te despejó la duda de que la medicina iba a ser tu vocación?

Fue diferente. Cuando vivía despojado de mi vida de todos los días la añoraba y quería volver. Quería regresar a la vida que tenía y la medicina estaba ahí. Es la mezcla de humanismo y ciencia. Es muy divertido porque [la medicina] es la ciencia, pero también la vida le pertenece a una persona.

¿Qué es más difícil anunciarles a los padres el problema cardiológico que tendrá su hijo o fue más difícil caminar entre la nieve?

Lo de la nieve fue mucho peor porque [se detiene a pensar] es a otro el que le pasa el problema cardíaco, ¿no?

¿Pero un poco uno como médico no siente esa responsabilidad?

Tú le estás anunciando un problema que ya estaba, vos no creaste ese problema. No tenés culpa. Lo interesante es que vos no tenés culpa, lo que vos venís es a ofrecer ayuda.

Pero lo que les pasó en Los Andes no fue su culpa. Si tuvieron la responsabilidad de salir a caminar y la decisión propia de hacerlo.

Sí, pero capaz que las posibilidades allá eran menos que las que los niños tienen con la cirugía cardíaca. El niño siempre tiene un promedio del 70, 80 por ciento de salir bien. En cambio, nosotros teníamos un 1 por ciento.

Que suceda un accidente de avión, que sobrevivas meses y que sobrevivas a un alud y todo lo demás es una posibilidad en mil; y que se repita de vuelta es casi imposible.

¿Es como que se divide en dos el accidente, no? Porque hasta el momento del alud se daban ciertas circunstancias y luego fueron peores…

Empezás a perder más terreno. Lo que es tú “casa” (el avión) se transforma en una trampa mortal. Estás cada vez más desolado y a merced de la naturaleza y del destino.

Tenés menos control de tu vida. Es una sensación muy especial perder control de tu vida, como que estás tirado al azar y dependes de la fuerza de la naturaleza.

Después de caminar algunos días, cuando Nando Parrado te hace ver que detrás de las montañas que escalaron hacia el oeste había más montañas en vez del valle que suponían, ¿qué fue lo primero que sentiste?

[Piensa y mira hacia arriba como volviendo a sentir ese momento y tras ocho segundos responde francamente] Que iba a ser más difícil. Y tenía que pensar muy bien la decisión que iba a tomar, pero me parecía muy triste y aburrida la decisión de volver. Lo otro me parecía más vertiginoso, además en algún momento se iba a terminar la cordillera.

Nando Parrado y Roberto Canessa con el arriero que los rescató.

Si volvía seguro que no iba a terminar. Igual Nando no quería volver, sabía que no iba a querer regresar, así que si yo quería ir para Argentina tenía que ir solo.

¿Vos siempre estabas convencido que ibas a volver a tu casa?

No para nada. Estaba convencido que iba a cumplir con caminar hasta el último paso. Que no sabía si los pasos me iban a alcanzar o no, los pasos que yo tenía no sabía si eran los que se necesitaban para salir.

¿Fue vital ir poniéndote objetivos cortos? (En vez de proponerse llegar a la cima desde el comienzo de la caminata, Roberto y Nando se proponían como objetivo avanzar, por ejemplo, hasta una roca que estaba a cinco metros)

Sí. Mientras puedas caminar. Mientras hay vida hay esperanza.

Y el encontrarse con que dejaba de haber nieve y empezaban a pisar barro y ver los campos, ¿qué sensación te dio?

Fue muy interesante porque había un montón de vida afuera, pero yo tenía cada vez menos vida adentro. Cada vez estaba más destrozado. Era una sensación como de que había llegado pero que no era suficiente.

Además como la evidencia de que estaba en un lugar que había gente. A diferencia de la cordillera que no había nadie.

Cuando vi que salí de la nieve y había agua dije “acá no me muero”. Fue la vuelta a la vida. Ya iba con otro ritmo, pensando en rescatar a los demás y no en mi vida.

¿Recordás la primera noche en “la civilización”?

Sí, me acuerdo que fue en el Hospital de San Fernando. Estaba como perdido en la cama. Me parecía muy rara la sensación de poder abrir las piernas en una cama solo. De dormir abrazado todos los días a estar desparramado era como una sensación de que estaba flotando en el espacio.

¿Y cuándo viste a tus padres?

Mi vieja tenía mucha paz, estaba muy contenta, como tranquila. Mi viejo llegó cansado de noche y cuando mi vieja le dijo que nos habíamos comido a los muertos dijo “qué importa”. Pero después dijo: “Pobre todo lo que van a decir de ellos”, se entristeció por mí.

“Tení que sobrevivir”, libro donde cuenta su experiencia en Los Andes y su experiencia como cardiólogo.

¿Cómo fue volver a la cordillera después del accidente?

Me pareció que tenía todas las soluciones. Como ir a jugar a la lotería con el número que va a salir premiado. Fue muy lindo porque fui con mi hija y pensaba “la verdad que estoy viejo y gordo, pero miren les traigo a mi hija” [les decía a quienes habían fallecido allí].

Estos años realmente viví la vida, les puedo decir que honré la memoria de ustedes llevando una vida digna.

Mi hija me dijo “papá este lugar no me gusta porque es muy triste pero tiene mucha fuerza”. Esa es la sensación de ese lugar y de todo lo que quedó ahí, ¿no? Quedó la tristeza y la fuerza de sobrevivir.

También pienso que ustedes jugaban al rugby y en este deporte hay un sentimiento de compañerismo casi único así como de solidaridad…

Y de sobreponerse a los golpes. En el rugby el otro trata de someterte y vos no das el brazo a torcer, te pegan un pechazo que te matan y vos le decís “¿eso es lo más fuerte que podés pechar?”. O estás destrozado y el capitán te dice levántate y tenés que levantarte de la nada. Eso es lo que se llama resiliencia, es decir, que el dolor te potencia la fuerza.

¿Qué les decís a los jóvenes?

A los jóvenes les digo que lean el libro y que admiro muchísimo a ese pibe de 19 años, pero que ya no tengo nada que ver con él. Ahora corro 100 metros y quedo con la lengua afuera.

A los jóvenes que están viviendo una etapa de la vida que la van a añorar después, así que tienen que disfrutarla. Realmente la juventud es la mejor época.

Para terminar, Carlitos Páez Vilaró dijo que “cada uno tiene su cordillera y la lleva como puede”, ¿Qué pensás de esa frase? ¿Todas las personas tenemos nuestra cordillera?

Creo que cada cual tiene sus problemas y piensa que son los más graves, pero hay gente que sufre mucho más que otra. Hay gente que la vida los hace sufrir de una manera terrible. Pero para todos, su dolor es el máximo dolor porque como no conocen el del otro no lo pueden medir.

Terminada la entrevista, le pregunté a Roberto si los cuadros de Van Gogh los había puesto él. Me respondió que sí e indagué porqué lo admiraba: “Porque pensaba que no era buen pintor y si lo era. Pero se hizo conocido después de que murió”.

Nos despedimos en la recepción del Hospital, yo salía y él se dirigía hacia neonatología hasta quien sabe qué hora. Y allí se iba con toda su generosidad y amabilidad que tuve la suerte de conocer.

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