RIOS DE CENIZA de Félix Terrones

Foto tomada de Letras.s5.com

Ríos de ceniza, cuarto libro de ficción de Félix Terrones (Lima, 1980), es una novela de aprendizaje sobre la pérdida de la inocencia literaria. También es una reescritura muy contemporánea de La educación sentimental de Flaubert, una parodia y puesta al día del exilio latinoamericano, y un examen de los viejos mitos que acompañan al oficio de escribir en esta parte del mundo, como la armonía entre talento y vocación, la peregrinación iluminadora a París, y la centralidad del mercado editorial español. El argumento es clásico y actual a la vez, pues trabaja con aquello que Loayza llamó nuestra duradera “condición colonial”: otro joven aprendiz de escritor viaja del Perú a Francia para seguir sus sueños, pero naturalmente acaba perdiéndolos todos y encuentra, en la renuncia a sus fantasías, la oportunidad de ser más libre. En vez de entrar a la República de las Letras por la puerta grande, el personaje termina burlado, traicionado y rechazado, tanto en la literatura como en el amor, destino que el lector espera desde un principio y se cumple sin mayor sorpresa. Así, la editorial española a la que envía su manuscrito le responde con una negativa y una propuesta de autoedición; creando una analogía perturbadora, la chica francesa que le promete alcanzarlo en París nunca llega, dejándolo solo en un hotel destartalado mientras, en la habitación vecina, un pedófilo viola a un niño de mirada ausente. “Un murmullo y también un gemido, junto con un sonido de metales oxidados” (159): perversa música de fondo para el fin de todos los proyectos.

Desde la lucidez que trae este final, un narrador más maduro trata a su versión juvenil con respeto y cierta indulgencia, pero no con autocompasión. Después de todo, los desengaños le han sido necesarios para concluir que no hay un yo ideal al otro lado, ni tampoco otra patria más bella en la que echar raíces. Lo único que queda, lo más real a fin de cuentas, es la persistencia de una pulsión ciega, un deseo sin esperanza: escribir por escribir, siguiendo una necesidad interior. Sin contexto y sin andamios, en la senda de Paul Celan como profeta del vacío, el protagonista de Ríos de ceniza no tiene una posición, ni siquiera es un marginal; más bien queda flotando en el aire, y abraza su no-lugar como la tierra más acogedora. Allí, atravesado de fragilidades y carencias, es posible vivir: por ejemplo en Tours, ciudad que acoge brevemente al escritor y le entrega soledades y decepciones, pero también un río que no deja de fluir ni de enviarle señales. Si entendemos la publicación limeña de Ríos de ceniza como el epílogo de esta historia, entonces vemos dibujarse una idea de regreso, pero no con la intención de afincarse en el Perú, sino de dar testimonio para luego seguir a la deriva. En ese sentido, Ríos de ceniza es el reverso melancólico, tal vez más auténtico, de la novela El síndrome de Ulises del colombiano Santiago Gamboa, que funciona como un sueño cumplido y trata más sobre el campo literario que de la escritura. Pese a sus diferencias, me parece que en ambos textos el sujeto literario se acerca bastante al migrante económico, un rasgo significativo para entender la circulación transnacional de la literatura latinoamericana en nuestros tiempos.

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