Mis primeros palotes con Rusia

En mi ADN no hay ni un rastro de sangre rusa. Quiere decir que por ese lado no es. ¿Será por eso que dice Sean Connery en La Casa Rusia cuando le preguntan porqué va tantas veces a ese lejano país y el responde que ama la manera en que rusos tratan de superar todas las desgracias de su historia? No creo.

Mi acercamiento a Rusia nació en mis visitas al diario La Nación, donde trabajaba mi padre, allá por fines de la década del sesenta. Uno podía encontrar allí un caos de periodistas que tenían los más diversos intereses culturales y hobbies. No en vano podía encontrarse en ese pequeño universo de la calle San Martín, acodado a la medianoche en la barra del comedor, a Manucho Mujica Láinez.

Uno de estos periodistas, Octavio Hornos Paz, el hombre más culto que encontré en mi vida, fue el culpable y voy a explicar por qué. Sus intereses iban desde la literatura inglesa, la medicina o los idiomas más inverosímiles y lejanos, como el turco, el griego moderno y el swahili. Y entre sus preferencias estaba el ruso. Gracias a él lo conocí, cuando me escribió en los manteles de papel que se usaba en el bar de La Nación, las primeras palabras en cirílico. Yo tenía 10 años y me regaló mi primer manual del idioma, escrito por Nina Potapova. Era Manual Breve de Lengua Rusa. Los extraños signos que se mezclaban con los del alfabeto latino tenían una extraña fascinación. Creo que la primera palabra que aprendí en ruso fue puente. En ruso, moct.

Y allí comenzó mi larga relación de toda la vida con Rusia, su literatura y los rusos.

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