Entrevista al hombre tortuga (il cocodrilo come fa)

O lo que siente un ex-animador ante la posibilidad de dejar de serlo… 

Miro el reloj y compruebo que todo está bien: todavía faltan diez minutos para llegar a la entrevista a horario. ¿Llego antes o llego puntual? Faltan un par de cuadras, así que aminoro la marcha, porque hace un frio terrible y no tengo ganas de esperar afuera mientras hago tiempo. De paso aprovecho para pensar en eso que me tiene mal desde que me avisaron que la entrevista era ahora, en eso mismo que no me deja dormir y que me acecha cada momento: volver a laburar de animador infantil.

Ya pasaron seis años de la última vez que lo hice y prometí no volver a hacerlo. ¿Es un retroceso volver a laburar de lo mismo? ¿Dónde debo dejar mi orgullo? Otra vez no, los putos pibes, los malditos niños rompiéndome las pelotas, gritando, correteando, y yo ahí atrás, no pendejo, dejá eso, no nene, no toques el piano, no querida, no te comas las pinturitas. Otra vez los padres, otra vez la sonrisa falsa, la risa de memoria, la cara colorada por vergüenza ajena o, en la mayoría de los casos, propias.

Ya estoy en la puerta del complejo. Faltan tres minutos, así que me quedo ahí, al lado de un árbol. Encima el viento sopla y me despeina. Encima tengo este corte de pelo que me queda como el orto.

En la recepción me atiende una señora gorda. Hola, vengo a una entrevista con Juan de los Palotes. Si, no hay problema, lo espero en el lobby.

Diez, quince, treinta minutos. Ya me leí todas las revistas de mierda que tienen en el revistero. En algunas se nota que han pasado por las manos de los pibes, porque están rotas, recortadas, dibujadas con birome. Eso me hace pensar en las actividades de mierda que voy a estar haciendo al otro día en caso de aceptar. Pasan cuarenta minutos, una hora, una hora y cuarto.

Me acerco a la recepción, harto de esperar. La recepcionista gorda dice que Juan de los Palotes está viniendo, que se retrasó, que en cualquier momento va a llegar.

Vuelvo al lobby, me miro las manos, pienso en la última vez que me tuve que disfrazar de tortuga. Casi treinta años y disfrazado de tortuga, rodeado de niños, bailando alguna canción de mierda, probablemente la que dice Il cocodrilo come fa, non ce nessuno que lo sá, y yo bailando, la tortuga bailando y los nenes felices porque la tortuga baila.

Señor de los Palotes, le dice la recepcionista gorda al recién llegado, lo está esperando un muchacho en el lobby, o sea que el tipo ni siquiera sabe que lo estoy esperando. Juan de los Palotes se me acerca y me pregunta si lo puedo esperar aún un poco más. Si si, la puta que te parió, mi tiempo no vale un carajo, dale, andá, arreglá tus cosas y avísame, que yo me quedo acá como un pelotudo. Lo peor no es eso, lo peor es que la canción de mierda que bailaba cuando estaba dentro del disfraz de tortuga se me pegó y no puedo dejar de tararearla, il cocodrilo come fa.

Una hora y media, una hora cuarenta, casi dos horas cuando me pide que lo acompañe.

Me lleva hasta una oficina minúscula. Dentro, hay dos escritorios y uno está ocupado por dos tipos que discuten números. Me señala una silla vacía en el otro, me sonríe y pide disculpas. Sisi, todo bien, no te preocupes, además de que mi tiempo no vale, te voy a mentir en la cara y te voy a decir que no pasa nada, que está perfecto que me atiendas mientras dos tipos discuten detrás, en una oficina de dos por dos.

Ah, que bien, cuánta experiencia, me dice. Aspen, Lake Tahoo, muy bien.

Ese currículum no es mío, le digo.

Empieza con una sonrisa pensando que es una broma pero la congela cuando me ve la cara. Por las dudas, me lo acerca, no sea cosa de que me haya olvidado de cómo es mi CV y de todas esas cosas que hice.

Este cirrículum no es el mío, le repito.

Mirá que casualidad, se parece a vos, me dice, jocoso.

Yo miro la foto del tipo y es cierto, se me parece un poco, aunque en una versión más joven, unos cinco , seis años más joven. Me hace sonreír porque lleva el pelo como yo lo tenía en la época de animador, con los rulos largos, cuando era otro tipo, cuando ser animador no era una pesadilla, cuando no me molestaba disfrazarme de tortuga.

Juan de los Palotes se disculpa. Busca debajo de una pila de hojas y encuentra mi CV, doblado, casi al final de todo. Acá está, dice. Cancún, Bonaire, ajam, Canarias, si si, muy bien.

Yo sigo pensando en el pibe ese, en el que fui, en el que se parecía a este otro, al que estuvo en USA. Ah, muy bien, el complejo este lo conozco, me dice Juan de los Palotes, pero yo no le estoy prestando atención, yo sigo pensando en el pibe del otro CV, en los rulos, en cuando tenía cinco años menos, en el puto disfraz de tortuga, en los pendejos danzando alrededor mío, felices, il cocodrilo come fa. Y entonces me cae la ficha, se me ilumina la lamparita y entiendo que esperaban al otro pibe, al que yo era y al que está en el otro CV. De curiosidad le pregunto por el sueldo, pero ya sé que va a ser una mierda, porque todo pinta para ese lado, porque se cagaron en las dos horas que estuve esperando y porque esperaban a otro tipo en lugar mío.

Mirá, le digo, no te voy a hacer perder el tiempo (la concha de tu madre, captes o no captes la ironía), pero me parece poco dinero. Juan de los Palotes me dice que si, que tengo razón, que es poco dinero, que mis compañeros están ganando mucho más, pero que él no puede hacer nada, que este puesto es de refuerzo y es lo que hay.

Atravieso el pasillo, cruzo el lobby y saludo con la mano a la recepcionista, mientras pienso en el tipo del otro CV, en el pibe que se cagaba de risa dentro del disfraz de tortuga, il cocodrilo como fa, en el pibe no tan pibe que acaba de salir de la única entrevista laboral en dos meses, y que a pesar de no tener un mango, acaba de decir que no.

Volviendo a casa, rendido, porque no consigo sacarme la puta canción de la cabeza, pienso en el quiebre, en el quiebre de ese que era y este que soy. Ahora sólo resta volver a enfocar, pienso, aunque el antiguo hombre tortuga hoy no tenga ni puta idea de cómo ni dónde hacerlo.

En el fondo, sospecho, Non ce nessuno che lo sa.


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