Pedagogía del autocultivo

Candelaria Catalano
Sep 5, 2018 · 7 min read

Después de una década consumiendo, y gracias a las semillas de un amigo, fumó por primera vez la cosecha de su propio cultivo. A partir de una publicación de un desconocido en Facebook, comenzó a militar de forma activa y organizada la legalización del cannabis. Con toda esta experiencia, y mucha curiosidad, abrió su mente al mundo del uso terapéutico de la planta, se dio cuenta que “había otra vuelta de tuerca, no era solo fumar faso”. Y que había que hacer algo para que suceda.

A partir de Rodrigo Platz, secretario de Cultivo en Familia La Plata

Más de 20 personas lo rodean. Esperan tener una conversación individual con Rodrigo después de la reunión semanal, para despejar dudas, para mostrarle como van creciendo sus plantas, para hacerle algún comentario, o simplemente agradecerle y despedirse con un beso hasta el próximo martes. Y él se queda, habla con cada una de esas personas, ya pasó una hora, y sigue.

Semana a semana, en las reuniones abiertas de “Cultivo en Familia”, su secretario se encarga de conversar con los y las cultivadoras. Quienes padecen alguna dolencia, padres, madres, amigos o amigas de alguien en dicha condición, llegan a la Casa de Artes Espirituales Tonkiri y se suman a las charlas. Cómo fabricar aceite, para qué sirve y cómo actúa en el cuerpo, cuáles son los distintas formas de consumir cannabis con fines terapéuticos, cómo cultivar y sobre todo, la importancia de hacerlo. Todas estas, y más, son los interrogantes a los que responde Rodrigo con cada persona que se acerca.

— Siempre se queda hablando, es un divino. ¿Viste que es un divino? — El tono dulce de Luisa, cultivadora, refleja lo que, luego, van a expresar otras personas que lo conocen.

Entre las labores que tiene el secretario de la asociación, se encuentra romper con los prejuicios en torno a la planta de cannabis y su consumo, y hacerlo significa contemplar y ser consciente de la edad de ese o esa otra, su origen, su formación cultural, sus creencias, en fin, reconocer a la otra persona. Y eso requiere de paciencia, de predisposición y de una apertura a la interacción con las experiencias que traen los y las futuras cultivadoras. No es tarea fácil, sin embargo con eso cuenta “el Ruso”, como lo llaman sus allegados.

— Lo llamamos el coordinador — Norma, cultivadora y madre de una usuaria de aceite de cannabis, comenta que él está pendiente de cada uno y cada una de las cultivadoras de la asociación — . Rodrigo te asesora, ha ido a mi casa, siempre está pendiente, predispuesto, paciente.

Es curioso ver cómo la mayor parte de quienes asisten a las reuniones semanales coordinadas por Rodrigo Platz, está conformada por personas de más de 50 o 60 años. Y más, ver cómo él les habla para que comiencen a acercarse al cannabis sin miedos. Le dio el porro que recién armó a Juana, para que lo huela y comience a acostumbrarse.

— Yo tengo 74 años, recién ahora lo veo como medicinal. Para mí era tabú.

— No hay que pensar mal, esto es salud — le responde Luisa, su amiga.

Pero, como con las buenas intenciones y predisposición no alcanza para ayudar a quienes necesitan y quieren comenzar a hacer uso terapéutico del cannabis, este “coordinador” se ha encargado de conocer sobre la planta, sus beneficios y sus diferentes usos, sus componentes, su historia y hasta la historia de su prohibición. Y esto hace que tenga elaborada una mirada clara y simple de explicar acerca de su ilegalidad y la criminalización de quienes la consumen. “He estudiado mucho la historia del cannabis. Es una planta que acompaña a la humanidad desde hace 5 mil años y que fue prohibida hace 80. Hay mucha información que en los últimos 80 años se preocuparon especialmente de escondernos”.

Para esto realiza también una introducción y un repaso histórico, “en 1906–1910, tenían un problema en el sur de Estados Unidos, frontera con México (Texas), porque en la cosecha de algodón trabajaban los negros y los mexicanos, eran trabajadores golondrinas que llegaban, tomaban alcohol, fumaban faso y tocaban música”. Avanza en el relato, “todo el lobby de la prohibición fue desde los años 1920 y recién en el año 1937 un hombre logró prohibirla. Es interesante analizar esa historia para ver de dónde surge que hoy la mayoría de la gente esté convencida y esté educada con la idea de que es la entrada a todas las drogas”.

— En todos lados se habla de cannabis medicinal, no es ni más ni menos que una denominación inventada por el mismo establishment, por el mismo sector poderoso de los laboratorios, la academia, los gobiernos — recalcó Rodrigo — , preferimos decirle terapéutico.

Si algo posee Rodrigo para hablar, es claridad. Es claro con la información que brinda, es claro para expresar lo que piensa y para demostrar desde qué posición lo está haciendo. No se olvida de advertirles a quienes van a cultivar que corren el riesgo de estar haciendo algo ilegal. Convencido está que el cannabis debe ser regulado para evitar las estafas y las especulaciones con los precios, pero su visión va más allá y aclara que “el Estado necesita interceder, pero también necesitamos que contemple la realidad de la gente que ya tomó el aceite en sus manos y lo tiene resuelto, porque empezó a cultivar”.


En el año 2002, un amigo suyo que vivía en España, regresó al país con semillas de cannabis y las cultivaron juntos. Fue la primera vez que Rodrigo cultivó y consumió su propia planta. “Ya está, no tengo que gastar plata, ir al tranza, estar haciendo movidas raras”. Así empezó como cultivador. El pensamiento que tuvo en ese momento contiene su militancia posterior.

Siete años después, leyó una publicación en Facebook que fue fundamental. “Alguien desconocido, propuso hacer la Marcha Mundial de la Marihuana en La Plata, que se venía haciendo en Capital. Contesté y dije “si, juntémonos” y la planificamos”. Ese fue el comienzo de la Asociación Cannabica La Plata, de la que formó parte hasta el año 2014.

Curioso y autodidacta pueden ser otras palabras que ayuden a ilustrar a Rodrigo Platz. En el año 2015 estaba investigando más sobre el uso terapéutico del cannabis y fue experimentando con extracciones de aceite como pudo ayudar a una familia. En su experimento encapsulaba los extractos que obtenía y los consumía con sus amigos. Como en ese momento se había dado a conocer el caso de una niña con epilepsia que había sido tratada con aceite cannabico, uno de sus amigos le preguntó si podía ayudar a una compañera de trabajo, el hijo tenía síndrome de West. “Me llama la mujer, hablamos y al día siguiente fui a la casa e hice el aceite con unas flores que ella había conseguido”.


— Yo milito causas, él milita causas. La vida nos juntó — dice Graciela, administradora de “Tonkiri”, donde se llevan a cabo las reuniones de Cultivo en Familia — , estábamos juntos en Casa Lumpen.

Recuerda que hace unos años la única asociación de cultivadores que existía estaba enfocada en madres de hijas e hijos con diferentes dolencias, para las que el cannabis era útil, pero que no incluía a otras personas que también estaban incursionando en el uso terapéutico, ella era una. Así nació la idea de formar una asociación que incluya cultivadores y usuarios.

— El Ruso no tiene problemas, va, visita, mira la planta, dice si está bien, si está mal. Hay todo el tiempo un “compartir” que es muy fuerte.

Mariano, otro usuario y cultivador de cannabis, coincide. Resalta la diferencia entre su experiencia en otras asociaciones de cultivadores y la dinámica de Cultivo en Familia, se siente parte y aunque no sea solo mérito del Ruso, da cuenta del compromiso que tiene. “Si en la extracción de aceite, que es mensual, a Rodrigo lo llama alguien que no puede ir hasta el lugar, él va a la casa, le da el taller y hace la extracción ahí. Y puede llevarle todo el día”. Paciencia, humor y buena predisposición.

El autocultivo es el eje de su militancia. Porque entiende y afirma que decirle a la gente que cultive es contra hegemónico. Cultivar para la liberación, así lo explica. Lo primero que le dice a quienes se acercan a las reuniones de cultivadores es que “hacer nuestro propio aceite nos da la absoluta tranquilidad de que ya sabemos qué es lo que vamos a usar”.

Y lo expresa una y otra vez: “El tratamiento tiene que ser autónomo para que sea confiable pero también para romper las redes del mercado ilegal y de la especulación”. Remarca que esto garantiza la continuidad de los tratamientos, ya que con una planta es posible asegurar un año del mismo. Y va más allá “se trata de que la información fluya y no la puedan parar, y sobre todo, para que cada vez haya más marihuana plantada en todos lados”.


Toda su formación fue por mera curiosidad. No le interesa estar cerca ni pertenecer al mundo académico. En ninguno de sus planes se encuentra obtener un título avalado por una institución educativa. Dejó sus estudios en tercer año del nivel secundario, y su concepción de “enseñar” no coincide con la del sistema educativo formal. “La experiencia de los usuarios es mucho más importante de lo que yo pueda decir”.

— No no, acá no necesitamos médicos. ¡Me tienen harto los médicos! — Le dice, entre una risa general, a alguien que asiste por primera vez a la reunión.

Sin embargo, en estos años fue invitado repetidas veces a plenarios, jornadas informativas y debates. Incluso en estos días. Es consultado como una voz autorizada, aunque si se le pregunta por su rol no sabe cómo definirlo. “Justo el otro día buscábamos una denominación, en chiste, y había surgido algo así como antropólogo y a la vez terapeuta”.

Le sorprende lo que sucede con la gente que asiste a los talleres y a las reuniones, siempre creyó que no tenía las herramientas pedagógicas necesarias para transmitir conocimiento “pero ahora con esto del cannabis no sé qué me pasó que estoy percibiendo que se tornó en algo así, la gente viene a escuchar y aprender”. Por eso es que confiesa que, aunque su trabajo es otro y no le interese ningún título colgado en la pared, le encantaría trabajar con el cannabis y tener algún aval para hacerlo.

[Junio, 2018]

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