Cristóbal Briceño.

Puso el lugar y hora de la cita. Jueves por la mañana. Una plaza escondida de Ñuñoa. Santiago. Atrasado, llega de la mano con su hija de 3 años, María.

Cristóbal papá, se abre a conversar sobre Briceño, músico.

Con siete bandas a su haber, seis de ellas activas, el cantante llega en short y polera. El look no coincide totalmente con el tono divagante pero directo de sus respuestas. La gente le dice, a modo de insulto, que quiere parecerse a Jorge González. Él cree que siempre un hombre imita inconscientemente a las personas que admira.


Uno solamente vive una vida, pero la música me dio la oportunidad, en mi caso, de irme de mi casa -que no es poco- y dejar los estudios -que no es poco- pero no sé si serán cambios.

No creo mucho en esas cosas que cambian tu vida ni nada, porque ese cambio está incluido en tu única hoja de ruta. Uno siente que la vida pudo haber sido de muchas maneras pero esa es una ilusión, al fin y al cabo es solamente una. Es imposible comprobar que realmente existieron otros caminos.

Ser músico fue una sorpresa para todos, para mí y para mi familia. Nunca manifesté ningún talento especial al respecto. Siempre me interesó pero ¿A quién no le gusta la música? Jamás pensé que lo iba a lograr.


Con los Fother Muckers recién pensé que podría funcionar. Trabar conocimiento con Héctor Muñoz y Simón Sánchez fue bien definitorio. Uno se siente más seguro cuando estás respaldado por pares que están en una situación semejante a la tuya.

Nunca antes vi a alguien como Héctor en mi vida. Nos juntábamos a ensayar en invierno, salimos de la sala y le salía humo del cuerpo. Ay hueón, era espectacular en los ensayos ¡Cómo si estuviéramos tocando en el LIVE 8! Él me impregnó de mucha pasión.

Simón, a su vez, me regaló todo un mundo armónico del que yo me había hecho el loco. Antes de conocerlo yo no pescaba los bajos de los temas. Ósea si me ponías “Another One Bites the Dust” de Queen ahí me percataba, pero en la mayoría el bajo era una cuestión decorativa que yo ni siquiera escuchaba. También con él desarrollé mis primeras armonías vocales, tocábamos la guitarra y cantábamos a dos voces.

Mi desarrollo musical fue estimulado por experiencias colectivas. Aunque el otro día me acordé que hice un experimento cuando tenía como 14. Grabé un tema que hice en el teclado Casio de mi hermano y después grabé una guitarra y lo iba grabando de radio en radio, de radio a radio, por pistas. Terminaba con un ruido gigantesco… pero sonaba.


Conocí en una tocata a Andrés Zanetta, con quién después formé la banda Los Mil Jinetes. Me introdujo a todo el mundo de la grabación casera. Es un geniecillo del registro. Èl tenía un programa que se llamaba “Guitar Pro” en donde uno metía las partituras y sonaban. Y después el “Cool Edit” que ha sido mi eterno compañero, a pesar de que edito en diferentes programas. Por ejemplo, este mismo año estoy editando en “Logic”, el disco de los Ases Falsos fue con “Pro Tools” y el disco de Los Mil Jinetes, que lo estamos terminando, seguimos haciéndolo en “Adobe Audition” que compró Cool Edit. Osea, seguimos ocupando el mismo programa amateur que ocupábamos hace 15 años. Es importantísimo el programa que se ocupa para grabar, especialmente en este mundo digital.

A veces, se me cruzan todos los comandos y de repente le estoy dando y dejó la cagá porque apreto otras teclas.


No sé si sea necesario tener estudios profesionales para prácticamente ningún oficio, quizás sí para los más técnicos. Para ser músico popular obviamente que no, pero para músico docto sí. Es tan exigente, que es bueno que en esos casos alguien te obligue a cumplir con los tiempos de estudios gigantescos.

Pero, para hacer una buena canción, obviamente no es necesario tener estudios.Creo que uno termina aprendiendo los mismos trucos pero se demora mucho más como autodidacto. Por ejemplo, yo en conocer los disminuidos me demoré muchísimos años y a alguien de escuela se lo enseñan en las primeras clases. Entonces lo que es bonito de eso, es que uno pasa mucho tiempo con las mismas herramientas, que son básicas, y de a poco vas incorporando cosas.

Siempre cuento que Alex Anwandter fue el que me enseñó los disminuidos. Me dijo “cuando tu descubras los disminuidos vas a cambiar tu forma de componer” y efectivamente. Para mí fue como haber encontrado un tesoro precioso y me imagino yo que si te lo enseñan en una clase junto a otras herramientas es como nada. Quizás se valora menos o algo así.


Ahora estoy metido en una compra de CD’s usados por internet. Compro desde Estados Unidos discos que nunca había visto en mi vida y me salen 1 o 2 dólares. Entonces, para que valga la pena, traigo como de a 15, una vez al mes más o menos. Los escucho todos a la pasadita, menos ahora con mi hija que no me deja mucho tiempo para sentarme a escuchar música. Lo estoy haciendo de coleccionista, como una especie de “guardian de la música”. Espero tener algún tiempo para escucharlos.

Tengo sentimientos encontrados porque cuando tenía pocos discos los escuchaba más y profundizaba más en ellos y ahora que tengo un montón los he escuchado todos por encima.

Yo creo que pasa algo similar cuando uno obtiene herramientas técnicas, en este caso musicales, todo de un golpe. Tenís tanta hueá que no podis profundizar en nada realmente. Es difícil.


Justo anoche, en mi desvelo, estaba viendo un documental que se trataba sobre el proceso de grabación de música en vivo para televisión.

Salía Leonard Bernstein de la Orquesta Filarmónica de Nueva York haciendo un concierto y tocaban una canción como de cabalgata. Él luego preguntaba “¿De qué se trata esta canción?” y todos los niños decían “¡Del llanero solitario!”. Entonces, decía: “Lamento decepcionarlos pero tengo que decirles que esta canción se trata sobre notas, mi bemoles y fa sostenidos”. Y seguía: “La música no se trata de nada, no tiene historia, te pueden contar una historia para hacerlo más entretenido”. Efectivamente no se trata de nada, es una conjunción de notas y de sonidos y de silencios que te hacen sentir algo.

Si se trata de conceptualizar puede ser un ejercicio estético entretenido y todo eso pero es mentira: la música se vale por si misma y esa hueá es liberadora yo creo.

La canción tiene música pero no es música. Yo me dedico a hacer canciones. La mayoría “nacen musicales” con una cadena de acordes y una melodía. En mi caso me veo en la contradicción de tener que escribir letras, osea, tengo que darle una connotación literal a la música. Ahí deja de serlo y se transforma en canción. Eso es otra cosa.


Estoy en constante caza de conceptos e ideas porque los necesito para la canción, no es que sienta la necesidad de transmitir algo. Hay una frase que creo que es de Schopenhauer (filósofo alemán) que dice: “Hay escritores que piensan para escribir y hay otros que escriben porque piensan”. Yo creo que soy del primer grupo, del menos afortunado.

No me considero un escritor. Si bien me encanta leer y es uno de mis grandes placeres, nunca me ha picado el bicho de escribir ni en prosa ni poesía. No me late. Siento que uno tiene que saber cuál es su lugar. En literatura mi lugar está en el lado del público y estoy muy contento así.

Como mi trabajo incluye literatura, me veo en la obligación y muchas veces en la penosa obligación de tener que construir letras. Me esfuerzo harto y trato de conectar con cosas reales. Si lo logro o no, no lo sé, pero a veces siento que estoy conectando.


Si conoces mi obra te das cuenta que, si bien hay obsesiones que subyacen a todas las letras como es el sentimiento religioso, es bien multicolor mi índice. Escribo de todo lo que me toca -y me tocan hartas cosas- pero no tengo tema. Escribo harto y de harto, mucho de todo. Esa es la frase, me gusta esa frase.

Creo que un oído más agudo que el mío puede subrayar tópicos que son comunes en mis canciones pero para mí es difícil verlos. No tengo tan concientizado eso de mis obsesiones, pero obviamente que las tengo.

Siento un compromiso gigantesco conmigo mismo. Ese es el primero. Luego, para con los demás, pero eso pasa más con los Ases Falsos. Sé que esa es la música que va a ser escuchada por mucha, mucha gente y eso conlleva una responsabilidad moral que es terrible y muy perjudicial para mi salud. Trato de responder a ella dentro de lo posible y manteniéndome sano. No es la idea matarme por los demás (me refiero a matarme espiritualmente).

Muchos escritores de canciones cuando se ven expuestos a tanto público tratan de responder a las expectativas de los demás y eso los termina matando como autores. Trato de mantenerme en un espacio saludable.

Lo que es cierto es que siento un compromiso muy fuerte con la canción, con la tradición de la canción y todo lo que ella ha significado para mí, todo lo que me ha entregado. Me ha entregado tanta miel que yo no puedo responder con hiel. No me puedo permitir hacer temas de mierda porque la música ha sido muy buena conmigo y no puedo pagarle con distinta moneda.


Solamente compongo si me siento “bien”, aunque eso no quiere decir que me sienta realizado o feliz. Nunca me he forzado. De hecho, casi siempre escribo cuando estoy con problemas.

Eso, para mi, es una fuente de poder. Todas las emociones catalogadas como negativas me nutren. Muchas veces estoy terminando un disco y todavía no tengo muchas de las letras, entonces me obligo.

Como decía Frank Black de Pixies. Él sentía que, a veces, escribir las letras era como una tarea de algebra que hay sentarse a hacer porque tienes que grabar el tema, grabar la voz. No es sino hasta que él se sienta y empieza a escribir cuando se acuerda que es entretenida la hueá. Eso yo también lo siento.

Sé que voy a disfrutar escribir y que voy a salir con algo más o menos decente. Soy bien obsesivo en la construcción de las letras. A estas alturas, que ya llevo más de 10 años escribiendo, ya tengo mis caminos y pienso que soy un artesano bastante competente.

Musicalmente nunca me he sentido falto de inspiración. Si eso llegara a pasar no estaría dispuesto a escribir la canción, pero eso no lo siento porque pasa cuando estoy viendo fútbol o no sé. En el caso contrario, a veces estoy en cualquier lugar, me llega una canción y “la bajo” de donde sea que esté colgada.

En ese sentido todo bien, pero el exceso de trabajo me pasa la cuenta. Entonces después es más o menos lógico que no pueda dormir. Estoy sobregirado.


No siento una vocación de clérigo con la música como ejecutante pero si como oyente. Siento un fervor religioso escuchándola y eso es parte de la colección que estoy juntando.

Yo creo que la música popular es muy clara al respecto. Uno tiene un cenit que no se extiende más allá de los 35 años. Sabemos que en la mayoría de los casos es así. Después uno se pone a dar la lata y pueden salirte temas lindos, de cada disco te sale un tema bueno.

El escritor de canciones populares tiene un bajón muy notorio después de que pierde su juventud y yo espero estar despierto cuando me llegue ese momento , salir por la puerta ancha y dedicarme a otra cosa ¿Cómo no voy a poder hacer otras cosas?

Por suerte ya tengo una discografía más o menos consistente. Yo no estoy afiliado a una AFP, pero sé que esto de alguna u otra manera va a significar eso para mi. También va a significar una pensión mísera… pero me la va a dar. Yo soy el compositor de las canciones y mientras se sigan escuchando voy a seguir viviendo un poco de ello.


Para mi eso de la música independiente si no es una mentira es una confusión de conceptos tremenda. No me siento representado con eso. Esta es mi única realidad, yo no tuve opción. Osea, poder estar en la Warner puta, la raja. Obviamente por el tiempo nomás. Todos entran felices y se van chatos.

Pero no sé, ¿Quién soy yo? Estoy demasiado lejos de siquiera la posibilidad de eso. Entonces, nosotros somos los huevones que aprovecharon Internet y no porque fuimos vivos, sino que fue lo que nos tocó.

Siento que hay que ser más o menos consistente con eso. Si yo me aproveché de la piratería toda la vida y todo mi aprendizaje es a través de la piratería, ¿Por qué yo voy a a enojarme u oponerme a que mi música sea pirateada? Yo si me siento un músico pirata. Hay que dar gratuitamente lo que gratuitamente recibiste, lo que no significa que no voy a cobrar. Creo que se me entiende a lo que voy.

Puedo vivir de la música sin ser famoso, es algo que antes era imposible o era posible si eras músico de sesión u algo así.

Un músico popular antes tenía que ser obligatoriamente muy famoso para poder vivir de eso. Ahora todo está más segmentado, ya no dependemos de la radio ni de la televisión y es agradable. La escasa atención que ya tengo es muy desagradable.


Con el grupo de músicos que yo he compartido exhibimos una amplia vitrina de trofeos pero la gente piensa que son por motivos equivocados. Piensan que es por haber ido al Lollapalooza, cosas así, pero no.

En realidad esos trofeos son por “hacer el amor”, por las cosas más íntimas que son difíciles de explicar. Por ejemplo, está la satisfacción de estar en la sala de ensayo volao’s como chancho, tocando una canción que hemos tocado un millón de veces pero disfrutándola como la primera vez. Más allá de tocar en el Vive Latino en México, son los pequeños placeres los más intensos y duraderos.

Hay satisfacciones difíciles de explicar. Por ejemplo, viajes de mierda en nuestro furgón volviendo de Valparaíso super curados -Sí, no me onorgullezco-. Estábamos raja, hechos mierda, con una neblina de 45 centímetros que no se veía nada después de tocar a la hora de la callampa, desarmar todo y recién a las 5 de la mañana embarcarnos de vuelta a Santiago.

Recuerdo que venían todos durmiendo y mientras se hacía de día, entrando por Pudahuel, yo y Simón luchando por mantenernos despiertos. Teníamos tanto sueño que gritábamos y le pegabamos puñetazos al techo para estar despiertos. Ese tipo de cosas son nuestros hitos, las cosas que más te quedan.

Otro día, estábamos saliendo de Santiago hacía al sur. Había una marcha y no sé cómo chucha di un par de vueltas equivocadas y quedé en Diagonal Paraguay con Paraguay, cara a cara con los pacos. Fue como “conchetumadre”, no sabíamos qué hacer. El guanaco nos apuntó como en una película y empezó a disparar con nosotros haciendo marcha atrás con todas las ventanas chorreando esa agua tóxica. Esos son momentos lindos, bonitos, que tienen que ver con la compañía.

Nuestra banda se ha transformado en una empresa, pero antes que empresa me gusta llamarla compañía porque tiene dos connotaciones hermosas: la primera es el compañerismo y lo otro es la etimología misma de la palabra compañero que es con quién tú compartes el pan. Y ese es un buen final.