Vestimenta negra

Nadie nunca entendió nuestro silencio. Se preguntaban qué pensábamos, qué sentíamos, si nos burlábamos, si admirábamos o envidiábamos, si nos sentíamos superiores, si éramos de otro mundo o si estábamos perdidos. A veces era todo eso, por momentos era algo más. Lo indefinible, el inicio, nuestro origen y final.

Dónde están ahora aquellos que se vestían de negro. Los sin rostro que soñaban despiertos. Qué hacen un viernes o un sábado por la noche mientras la generalidad se ofusca con rituales de alcohol y purga.

Algunos nos sumergimos en un sótano para escribir un adiós clandestino; una despedida olímpica. Escuchamos el eco de nuestras lágrimas cuando caen en lo poco que queda de gravedad. Conspiramos contra el mundo. Nos asfixiamos con el dolor de saber que algún día la superficie adoctrinada nos absorberá. Recordamos y predicamos los enamoramientos anónimos; la bestia metaonírica. Observamos cómo se extingue el perímetro azucarado de un poema jamás entregado. Golpeamos las paredes con los puños hasta que la sangre brote y dibuje la silueta de la mujer alguna vez amada. Sentimos el calor de una biblia que arde. Escuchamos los murmullos del infierno. Platicamos con algún espíritu a través de la ouija. Imaginamos encuentros insólitos. Nos reímos del azar y de la suerte. Desempolvamos algún libro de poesía. Nos alimentamos de blasfemia y de visiones del fin del mundo. Matamos lentamente a una rata con telequinesis cansada. Nos acercamos a los bordes de la depresión donde por momentos conocemos el mutismo. Materializamos el infinito. Levitamos en el futuro incierto. Observamos como nuestras manos se suicidan. Cada poro lo llenamos con música y dolor. Escribimos un dictado espontáneo, un consejo de la guerrilla del ocio, el resultado de tanta contemplación. Describimos las manifestaciones oníricas de este trance, el diario trance. Escondemos la mirada. Soñamos y seguimos espiando a la vida desde horizontes que se pasean como desiertos.

Ropaje negro cubre aún nuestros cuerpos amoratados de nostalgia. Los recuerdos desploman su coraza. Roca expansiva. La mente sigue el ritmo del cansancio celeste, Machine Gun, canción que diseca y cincela el alma. Tristeza desatada en infranqueable orgasmo inunda la trinchera. La frente se arruga, los dedos tiemblan, ya no pueden ocultar tanta dicha. Bajo ellos la sonrisa del adiós, el dibujo desnaturalizado, la silueta de un ave con alas de concreto.

Nos vestimos de negro porque nuestra soledad se aproxima a grados insalvables. El silencio intolerable. Desgarrado por murmullos de tempano, el suelo que pisamos se torna en abismo. Raspaduras del alma fluyen hacia él, nuestro destino de vértigo.

Nos vestimos de negro porque nuestra mirada se pasea como sustancia árida, sedienta, buscando el néctar de la persistencia en la piel de una mujer. Mujer, pared de mujer, pared de laberinto, muros de albedrío, de tentación metaonírica. Desde que nuestro interior despertó a esta sensación, la hemos visto por años levitar; eterna ilusión acariciable tan sólo en privilegiadas ensoñaciones: hermosa, perfecta, de rostro seductor, en esencia siempre la misma, el ideal enfurecido en belleza. Aparece tras el cristal, flexible ante el halago disfrazado de sublime, inmutable, insensible, fría y muerta para nosotros, hacia nosotros.

Nos gusta el color negro porque el futuro aún no produce la sombra necesaria. Tampoco nos gusta caminar por la orilla de este acantilado llamado presente. Contemplamos toda época y todo tiempo desde las coordenadas donde André Breton cayó del cielo.

Usamos el negro porque existe una superficie caníbal que busca deshumanizar y cegar.

No estamos ausentes, seguimos aquí, retando a los falsos amaneceres. Seguiremos aquí. Escribiremos con amor, con sangre, con ironía, desde la noche, en la tristeza, en la soledad. Escribiremos desde aquello que hoy duerme en el hombre: la imaginación desnuda y fértil.

Nuestra indumentaria seguirá siendo negra.

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