Sacudir (se)
Empieza como una pelea normal de perros: mucho ruido y sin ganador visible. El perro con manchas blancas cruza su mordida espumosa entre un ojo y el hocico del otro. Llora, se sacude para quitárselo, aúlla suplicante. Su humillación no es suficiente, quiere matarlo.
La pelea era bulla de fondo de la reunión que teníamos con la Asociación de Campesinos del Valle del Cimitarra y personal del Programa de Paz y Desarrollo del Magdalena Medio, en Colombia. Yo, una urbana hipersensible, intervengo en la pelea de los perros. Grito, agito los brazos, tiro piedras. El perro se muere y aulla de dolor. Lanzo mi libreta, lápiz, celular, cámara fotográfica, zapatos; me quedo sin armas, solo me queda llorar impotente y solidaria por el débil. Unas niñas morenas y de ojos grandes se me acercan y lloran por mi pena, no por el perro.
Los campesinos suspenden la reunión y me ayudan (a mi). Con sus botas de goma, grandes y negras, patean al perro agresor. Nada. Los toman por la cola y jalan para separarlos. Nada. El perro está decidido a matarlo. Por qué solo ganar, si puede también matarlo.
Ubencel Duque, si habría un nuevo arcángel ese sería su nombre, el líder del Programa de Desarrollo y Paz, en un esfuerzo sobrehumano levanta a los dos perros enormes, uno en cada brazo, pierde el equilibrio y caen cuesta abajo. Los tres ruedan entre sangre, saliva y aullidos. El despeñadero los vuelve un solo cuerpo. Ya no se ve quién muerde, muere o salva. Tocan fondo; los perros se separan, el moribundo cojea hasta guarecerse. Ubencel mira sus brazos en busca de heridas, se sacude la ropa y la reunión continua.
Estamos en una de las seis Zonas de Reserva Campesina, la del Valle del Río Cimitarra que agrupa a 25.000 campesinos en 144 Juntas de Acción Comunal, en una extensión de 184.000 hectáreas a lo largo del imponente río Magdalena. Estos campesinos fueron desplazados por la violencia desde los años 50, y re victimizados por otros cincuenta años con asesinatos, amenazas, judicialización de lideres comunales, desplazamientos, desapariciones, torturas, quema de viviendas y bloqueos alimentarios. Cerca de dos docenas de sus dirigentes fueron asesinados en un fuego cruzado entre tres grupos guerrilleros, tres grupos de paramilitares y el Ejercito Nacional. Por qué solo ganar, si pueden también matarlos.
Esta tierra tiene los componentes para la tragedia: cultivos ilícitos de coca y erradicación con glifosato, inequitativa distribución de tierra, ausencia de Estado, minería ilegal e informal, monocultivos y agroindustria de la palma africana y el arroz. Pero también cuenta con el mas formidable de los elementos de disipación de calamidades: campesinos, cooperativistas y pesqueros que aman la vida, se organizan y movilizan por decenas de miles. “Para que nos dejen tranquilos y respeten nuestra voluntad de gobernarnos nosotros solos, en paz. Para eso queremos nuestra Zona de Reserva Campesina, para no depender de nadie y no tener nunca más que irnos de acá, no volver a enterrar un solo compañero más”[1], dice Álvaro Manzano un campesino de 61 años.
Los actos de valor sobrehumano, de sacudir el polvo o la pena, pero nunca la esperanza, los tiene hoy reunidos, organizados y con ganas de vivir. Lo resume bien el poeta colombiano Gonzalo Arango, “Ni usted ni yo necesitamos presentación: tenemos tres cosas en común: Esta tierra, la vida y la muerte”.
[1] http://redprodepaz.org.co/nos-estamos-movilizando-desde-hace-decadas/

