Oh, memoria
No existen hechos, sólo interpretaciones.
Friedrich Nietzsche
Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges
Mi abuela era la mujer más hermosa de Ávalos, tenía tantos pretendientes como aves cantando alrededor de su ventana en las mañanas. Muchos hombres la amaron pero ella sólo amó a dos hombres. Uno de ellos fue su amante argentino, él llegó a la ciudad porque era fotógrafo y se sentía atraído por el paisaje del norte mexicano. Cuando mi abuela lo conoció ya estaba casada con mi abuelo, un hombre alto y moreno que fumaba como si el mundo dependiera del humo que salía de sus entrañas. Mi abuela lo amaba porque tenía la mirada como trueno mientras fumaba. Al argentino lo amó porque él le tarareaba tangos y le recitaba los Poemas Solitarios de Ricardo Güiraldes durante las tardes en que se veían a escondidas en alguna plaza soleada, por esa historia que mi abuela encanecida me contaba fue que yo empecé a escribir poemas. También me contó de cuando mi abuelo se enteró de su romance inevitable con el argentino y la abandonó, al poco tiempo el argentino también la abandonó, no estaba listo para ocuparse de las dos hijas que mi abuela ya había tenido. Ella debió vender todo cuanto poseía para poder mantener a sus pequeñas y enflaqueció tanto, que cuando un día por casualidad mi abuelo la vio, por piedad y quizá también por amor volvió con ella. Tuvieron siete hijos más entre los que se cuenta mi madre, así de cerca estuve de no haber nacido nunca.
Las situaciones que vivimos nunca son como fueron, sino como de ellas nos acordamos; por eso todas pueden ser ficciones, fábulas y cuentos de la memoria. No todo lo que se vive es recordado, pero todo lo que es recordado se ha vivido, y se ha vivido así, justo como lo pensamos aunque pudiera ser falso, porque los recuerdos son ajenos a la verdad y a la mentira. Sucede que en el tiempo perdemos la veracidad de los instantes, más los instantes quedan así como los vemos, tal como en la memoria los creamos, tengamos o no conciencia de que somos sus autores. Bien lo dijo García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Por eso estamos todos hechos de cuentos y de poemas guardados, de ficciones vueltas verdades, de certezas no absolutas, de no sabemos bien qué son pero les llamamos recuerdos. Y ahí vamos, cargando en nuestros ojos el polvo ruidoso del tiempo y las casualidades, atesorando en nuestra memoria el único tesoro posible, queriendo tener lo cierto, pero siempre con tantos, tantos huecos que el corazón inocente cree que llena. Somos la memoria inacabable y alterable, huérfanos de horas mendigando por los segundos perdidos que nos forman; somos lo que somos por quien fuimos, y por quienes nuestros padres fueron, y por quienes nuestros abuelos fueron y así interminablemente, consecuencias de las causas y las coincidencias que se vuelven preguntas sin respuesta.