Clock with alarm” by Ксения Колганова (CC BY-NC-ND 4.0)

Tuve que escribir todo un diálogo conmigo misma como disparador para empezar a escribir esta segunda parte. Fue una forma tibia de comenzar a escribir sobre algo que quiero pero no quiero escribir. Soy díficil. Me molesta. ¿Puedo pedir que otra persona sea yo? Hoy no quiero ser yo. Casi nunca quiero ser yo.

La vez anterior empecé a escribir sobre el tiempo, mientras lo hacía, quise escribir sobre la relación entre la muerte y el tiempo.

Hace un par de meses me di cuenta que es más interesante analizar eso, en vez de analizar qué se siente perder a un ser querido. Odio la frase “ser querido”, no me gusta como suena.

La muerte y el tiempo, qué combinación del ojete. Con el tiempo me peleo, pero de la muerte no hablo. Le tengo miedo. Para mi, ese miedo, es diferente al miedo a morirse.

Papá

Cuando se murió tenía 7 años. No me acuerdo cuando fue la última vez que lo ví. Me acuerdo del día que llegaron sus compañeros de trabajo a traer la noticia y ni siquiera me acuerdo del día completo. Se que estaba jugando al jueguito del Rey León en la SNES cuando escuché a mi mamá llorar a los gritos. Salí de mi cuarto y me asomé por la escalera para ver qué pasaba, la vi sentada en el piso llorando cómo si una mano invisible la hubiese atravesado para llevarse algo que, evidentemente, había dejado un agujero enorme, difícil de tapar.

Ahí termina el recuerdo. Se funde todo a negro y cuando pasamos a la siguiente escena yo estoy en el sillón de mi casa, pintando pececitos de colores en un libro para colorear.

De mi papá no me acuerdo muchas cosas. Cuando voy al archivo de voces que tengo en la cabeza, la suya no está. Error 404. De su personalidad, sólo sé lo que me cuenta mi mamá, mi tía, mi tío. Para acordarme de cómo se veía, necesito ayuda de fotos, sólo me acuerdo 2 grandes características: el bigote tupido y la panzota. No sé si tenía dientes feos o lindos, creo que tenía un poco separadas las paletas, pero no podría asegurarlo.

Tengo algunas memorias grabadas en la cabeza, muy específicas, creo que las puedo contar con los dedos de una mano. Me hacen reír cada vez que las revivo, pero pasó tanto tiempo que no sé qué es invento y qué es verdad.

Lo vi en Explained, 50% de los detalles de nuestros recuerdos cambian con el tiempo, aunque estemos convencidos de que sucedieron 100% como los imaginamos. Emma Stone relata que incluso los recuerdos que forman parte de nuestra propia historia y fundaron nuestra personalidad, cambian con el tiempo.

El tiempo actúa sobre los recuerdos. Es un quilombo ¿no? Porque no podemos seleccionar qué queremos que se borre por completo o que queremos guardar para siempre. Y así el tiempo se ocupa de barrer todo sin hacer preguntas. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Una vez estaba llorando desconsoladamente porque, no sólo no tenía un papá para compartir toda mi vida, si no que no tenía a mi papá, que en mi cabeza es superman, aunque me acuerde sólo el 15% de quién era en realidad.

Mientras lloraba me hacía esas preguntas que sólo te hacés para enojarte y hundirte más, por ejemplo, ¿y si me caso quién me va a llevar al altar? NADIE. Y lloraba el doble. Qué ridícula Celeste, si odias el matrimonio. Es algo inevitable no pensar en todos los escenarios posibles, incluso si no tienen sentido.

En ese momento alguien me dijo, “pero Celes, no sabés cómo hubiese sido tu relación con él hoy. Quizás no se llevaban tan bien, quizás tus viejos se divorciaban, él se iba a vivir a otro lugar y no se hablaban más, andá a saber”.

Esa desconfiguración entre una vida que pasó y la que está pasando ahora es tan real que me hierve la sangre de la ira. No puedo evitar posicionar componentes del pasado en mi presente y no pensar que el resultado hubiese sido un futuro brillante. ¿Será algún mecanismo de defensa? No me quejo, me parece bien.

Pasé mucho tiempo escondiéndome de todo esto, enojadísima acusando con el dedo al clima, el agua, los peces, al Rey León. No podía hablar del tema sin llorar y sentir que me faltaba el aire, todo era muy grande, muy pesado, era demasiado, me costaba pedir un abrazo sanador.

Cuando conocí a mi novio, le hablé sobre mi papá y me dijo “mi viejo también se murió cuando yo tenía 7 años”. *HIGH FIVE*, le dije y nos reímos.

El tiempo aliva.

Abuela

Fui su primera nieta y espero que eso sea suficiente para que todos entendamos que fue la persona que más me malcrió en toda la galaxia entera.

Nací un 15 de Junio y ella un 17 de Junio, así que siempre hacíamos chistes sobre lo especial que éramos, porque la proximidad de nuestros cumpleaños hablaba de una conexión especial.

Cuando estaba en la secundaria, una moto me golpeó al bajar del colectivo. No me dejó mucho más que con una pelota en la rodilla y unos días de reposo. En esos días, por la noche, mi abuela me llamó por teléfono para ver cómo estaba. Fue una charla corta y nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente, ella tenía que ir a buscar a mis primas al colegio. Siempre llegaba 15 minutos antes. Esta vez, pasó una hora y no llegaba. La ansiedad e incertidumbre crecía en el núcleo familiar, pero todos estaban lejos como para ir hasta su casa a comprobar se cumplía esa teoría de la que nadie hablaba y todos pensaban.

En algún momento tuve la valiente idea de cruzar a su casa y pedirle al portero que me ayude a abrir la puerta. La rompimos. Mi rodilla dolía pero no registraba el dolor. Llegué a su cuarto y vi que en la cama había un bulto, tiré de una punta de las sábanas sin mirar, diciendo en voz alta, “abuela, dale, despertarte, abuela”. El portero, que claramente tuvo más valor que yo, se acercó más y me dijo, “Celes… no responde… “. No me acuerdo si anunció lo que los dos ya sabíamos.

Lo que siguió a continuación fue una serie de gritos y llantos, de enojos sin razón, de policías, abogados, trámites.

Yo parecía intacta. Pasaban los días y ni una lágrima se me escapaba. Mamá me preguntó por qué y le contesté, es que la disfruté al máximo, no tengo nada pendiente. En su velorio me agarró un ataque de risa. No sé, no lo puedo explicar.

De mi abuela me acuerdo muchas cosas, tengo muchas fotos, muchos recuerdos imperfectos. Recuerdo el tono de su voz, sus dientes, su olor, sus 753936 cambios de look.

Cada vez que lo pienso creo que ella es eterna, porque el tiempo no la toca. Me resulta muy loco, porque cada vez que pienso en esto, me imagino que estoy en Mar del Plata y no hay nadie en la playa. Sólo se escuchan las olas. El concepto de tiempo es desconocido.

Abuelo

También fui su primera nieta y, sin embargo, por mucho tiempo fue mi archienemigo. Teníamos ideas muy diferentes. El era muy tradicional, muy chapado a la antigua, y yo quería ir en contra de la corriente. Como ahora, sólo que hoy lo hago de forma más inteligente.

Mi abuelo nació como una persona A y se murió como una persona Z, es decir, cambió tanto que le deberían haber dado un trofeo. Sus ideas cambiaron, su trato cambió, a mi me gusta pensar que dejó de ser tan rígido y se ablandó, entendiendo que no todo es blanco y negro, si no que hay muchos grises en el medio. Ese día empezó a disfrutar más.

Me gustaba ir a su casa a comer y hablar de libros, de obras de teatro. Por él empecé a ver más cine argentino. Tenía que ponerme a la par de él, así podíamos discutir sobre películas en el almuerzo del domingo.

Desafortunadamente, esto sólo duró unos pocos años, ya que le agarró un cáncer que lo consumió en muy poco tiempo. Creo que fui a verlo dos veces al hospital. Una vez entré a su habitación, la otra vez me quedé afuera.

En un momento creíamos que estaba mejorando, así que lo mandaron a su casa y me invitó a merendar. Comimos torta y tomamos té. Ese día fue el último día que lo vi. Llegué a casa y mamá me preguntó cómo había estado la merienda. Bien, le dije, pero ese no es mi abuelo.

Se murió un día en el hospital. Lloré abrazada a una almohada por horas. No fui al velorio, no fui al entierro, no fui a ningún lado.

Me entretiene pensar que esa vez le gané al tiempo, seleccioné con mucho cuidado que quería recordar, que quería que el tiempo distorsione, que se lleve y que no. Lo engañe. El tiempo no puede borrar algo que nunca viví. Y si nunca fui a un velorio, entonces quizás mi abuelo sigue vivo con forma de otra cosa.

Lo que queda en la tierra y algunas cosas inexplicables

La muerte tiene forma de masa negra que pierde todo lo que absorbe. Hasta su nombre es horrible.

El miedo a morirse es definitivamente diferente al miedo a la muerte. No me da miedo morirme, no tengo todo lo que quiero, pero tengo y tuve lo que necesito. Si mi tiempo se acaba en 5 años, 3 horas o 1 década, que así sea.

Lo que me asusta de la muerta es lo que le pasa a quien queda en la tierra, porque el tiempo no se acaba para esa persona. Hay que seguir.

Que me peleen todos los psicólogos de este mundo, pero estoy muy convencida que hacer el duelo, no es nada más que amigarse con la idea de que hay una fuerza incontrolable e imparable, que arrasa con todo dejando nada más que una cicatriz. Que modifica huellas sin pedir permiso. Que te confunde con muchos “¿y cómo hubiese sido si…?” Con cada tik-tok. Ese tik-tok que suena como la amenaza del olvido y está tan fuera de nuestro control.

Ojalá habláramos más de esto, creo que no se charla lo suficiente. Quizás si lo hiciéramos nos podríamos pasar tips y trucos para llevarla mejor, pero ya tengo el argumento perfecto en contra de mi misma idea: no hay armadura ni estrategia universal. Lo importante es enfrentarlo porque aunque termines un poco roto, el tiempo cura.

Disparadores

Me di cuenta que muchas de las cosas que escribí y pensé esta semana, fueron disparadas o complementadas por diferentes lecturas, podcasts, etc.

En vez de linkearlas por separado, creo que sería mejor si las linkeo acá abajo:

The Mind, Explained — Memory

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Project manager 👩🏻‍💻 • Internet kid • Feminist • Made in Ushuaia, living in The Netherlands • Escribo un newsletter sobre misceláneas http://bit.ly/2SICqcd

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