
La identidad del diseño cordobés
Hablar de la identidad del diseño cordobés supone un doble juego de ida vuelta. A la ida debemos ser nosotros mismos, es decir diseñadores que jugamos un rol determinado y nos definimos como tales. La vuelta requiere un corrimiento para poder mirarnos desde afuera, ahora sí, de manera un tanto objetiva. El resultado de esto pretende reflexionar y ayudar a construir una definición disciplinar a partir de nuestras miradas y de las de los demás.
Lo primero que entra en juego está directamente relacionado con la educación y el aprendizaje del diseño como disciplina. La falta de dictado de carreras afines al diseño (salvando al diseño industrial) en la Universidad Nacional de Córdoba revela la falta del diseño de posicionarse como necesario y autónomo a un nivel social general. Las instituciones que actualmente forman en diseño, están pasando por una u otra crisis: problemas para actualizar planes de estudio, instituciones que ofrecen “cursos cortos” que pretenden formar profesionales a partir de competencias puramente informáticas, instituciones que no poseen lugares físicos ni propios ni pertinentes para dictar las clases, etc. Esto evidencia al diseño como una disciplina que, en Córdoba, aún se está gestando y configurando en el colectivo social, pero que es incuestionable su emergencia en cada vez más rincones de la ciudad, en diversas formas y materialidades, construyendo inexorablemente nuestra propia identidad.
Otros pilares que sostienen la identidad del diseño cordobés se relacionan con el profesionalismo («actitud intelectual y ética frente a la propia disciplina»[1]) de los diseñadores, con nuestra postura personal, con los paradigmas que determinan las características de nuestro hacer, con la remuneración que recibimos a cambio del trabajo que realizamos. Estos factores intervinientes varían y determinan la calidad del diseño y el papel que juega en cada caso en la sociedad. Personalmente puedo decir que no es tarea fácil desempeñarse como diseñador en la ciudad sin tener que pagar alguna consecuencia: comulgar con estructuras que miran al diseño como una maquinaria, trabajar para sectores que sólo persiguen sus beneficios económicos, “ganarse el derecho de piso” recibiendo una paga que a veces desestima nuestros saberes. Esta observación no pretende la crítica ni la victimización, sino por el contrario, me sincero frente a las condiciones en las que acepto desempeñar mi trabajo, para poder tener el objetivo de crear las propias, que estén en concordancia con mis expectativas y creencias profesionales.
Considero que carreras como esta licenciatura, construyen profesionales que tienen una mirada y perfil diferente de la que hoy abunda la ciudad. Lo social y sustentable debe ser el futuro del campo disciplinar, un diseño que le dé la espalda a la banalidad y al mercado capitalista («qué destino el de los diseñadores gráficos, mayordomos visuales del consumo, perfumadas criaturas serviciales»[2]), para dar lugar a trabajar con y para la gente, atendiendo a su contexto y configurando conscientemente el mundo visual que nos rodea. Me parece esencial que la academia cordobesa pueda ser el lugar en el que los diseñadores podamos ver que lo que hay y se hace actualmente, es sólo una decisión entre tantas otras. Que habilite el cuestionamiento, la reflexión crítica, tanto hacia afuera como hacia adentro. Que los cambios son positivos si responden a necesidades reales, pero que implican la toma de conciencia y de decisiones para el accionar.
[1] Enrique Longinotti; Contra la servicialidad.
[2] Enrique Longinotti; Contra la servicialidad.
