Árbol Respetable escondiéndose de Caperucita Roja. (antisope.)

Ahí estaba otra vez de vuelta al bosque, su familia ya no hallaba como hacerla entender pero Caperucita, bajo esa capa roja, se sentía invencible. Cada día se adentraba en el bosque en busca de problemas, o aventuras como ella les decía, y antes que pudiera encontrarme, despegué mis raíces.

La primera vez que la vi era muy pequeña, iba de la mano de su padre, un botánico de renombre quien le explicaba con detalle cada especie que se cruzaba en su camino. Ella se paró frente a mí, y su padre alardeó sobre mi maravillosa fisionomía, mi fuerza y lo valiosa que era mi madera. La niña le preguntó sobre mi edad, y él le contestó que debido a la anchura de mi tronco, debía rondar los cincuenta años, pero yo no era tan viejo.

Después de aquel día, Caperucita me visitaba a diario, se sentaba a lado de mí y con su mirada tan dulce me contaba sus historias que se enredaban entre mis ramas. Ella escuchaba mis consejos y contenta iba contando las hojas que perdía en invierno. Fue pasando el tiempo y la vi crecer, me gustaba escucharla pero más que eso, me hacía sentir especial que de todos los árboles del bosque me hubiera escogido a mí. Una noche en la que mirábamos juntos las estrellas me atreví a decirle que estaría plantado ahí para ella, toda la vida.

En todo el tiempo que me había tocado vivir nunca me había sentido de esa manera, de golpe me di cuenta que me había enamorado de ella y aunque sabía que por la diferencia de edad lo nuestro sería imposible, me aferraba a la idea de alguna posibilidad. Hasta que un día no regresó, yo no lograba entender por qué se había alejado, o a dónde se había ido, mis noches se volvieron solitarias y perdí todas mis hojas antes de tiempo. Rogué al cielo por romper el silencio y fueron los murmullos del viento quienes fríos, me revelaron la causa; “El lobo”.

Caperucita había caído en sus cuentos, sentía que me la habían arrebatado, pero había sido su decisión, cayó entre las garras y fauces que al parecer fueron un mejor postor que mis ramas viejas ya secas, fue entonces cuando entendí las historias que me contaba y sobre aquel hombre misterioso del que tanto me hablaba y que tan interesante le resultaba y yo, incrédulo, creyendo que se trataba de mí. Esa noche, junto con otros árboles y algunas flores, me bebí toda la clorofila del bosque y olvidé mis esperanzas.

Cuando me advirtieron que venía a verme, y al no querer escuchar tal aventura, desconsolado y dejándome llevar por el impulso, decidí despegar mis raíces y me fui a una zona del bosque que nunca había pisado y donde esperaba no ser encontrado. Ahí me quedé unos días entre las sombras, y fue cuando sintiéndome más solo que nunca, sentí de pronto un golpe seco en la mitad de mi tronco que me hizo caer, -Parece buena leña-, escuché y recibí un golpe tras otro, y a cada uno que recibía me iba haciendo cada vez más pequeño.

Desperté sintiéndome hecho pedazos dentro de una cabaña, y fue entonces cuando vi a Caperucita, estaba a punto de gritarle cuando apareció su novio, que muy lobo le arrebató la capa y se la llevó a la cama. Mientras el amor los hacía, yo ardía por dentro y calentaba sus sueños.