Suenan cohetes en la Bahía, el rastro de humo tarda unos segundos en difuminarse en el cielo, que es el termómetro donde aquí se miden los vientos. Hay suerte porque el sol está oculto. Hoy es uno de esos días de transición en los que el poniente, un viento más frío, más fino y más azulino, releva al levante.

Es la fiesta de la Patrona. No es la única virgen que se festeja en la ciudad. Como en cualquier otro municipio que se precie. Pero la Virgen de la Palma es la deidad que corona este municipio del Campo de Gibraltar que ha arañado hasta el 30% de paro.

Es martes 15 de agosto, un día marcado de rojo en el calendario. En playa del Rinconcillo han replegado una legión de sombrillas. Una muchedumbre abarrota la arena. Unos toman el aperitivo en sus mesas de playa. Otros disfrutan del paisaje, con un Peñón de Gibraltar entre brumas, que parece haber sido salido de un cuadro de Turner. Otros le dan la espalda a la bella lontananza, descansan, juegan a las cartas en las toallas, se hacen un selfie.

Le pregunto a un grupo de policías municipales que por dónde sacan a la Virgen. Cuando las palabras salen de mi boca siento que es una expresión extraña. Casi sucia. Con desgana, uno de ellos me indica que a mitad de playa.

Camino por la orilla. Un paisaje de caras anónimas, torsos desnudos, barrigas desmesuradas, bañadores de colores, brazos tatuados, miradas ocultas tras los cristales de espejo de las gafas de sol, son envueltos por el alboroto de la orilla.

La gente se agolpa en el centro de la playa, como bien me indicó el agente. Es un ambiente de paella y aftersun.

No hay duda, este es el lugar por el que va a salir esta Venus cincelada por Nacho Falgueras, el mismo escultor que inmortalizó a Paco de Lucía, Camarón de la Isla o Jaime de Mora. Es quien mira el que distingue entre lo divino y lo humano.

Durante todo el año, la Virgen de la Palma dormita en una cueva del fondo de la Bahía. Cada 15 de agosto, unos buceadores se sumergen en el mar y la sacan a la superficie. Durante menos de doce horas permanece en tierra.

Los devotos la adoran. Le muestran su respeto y su devoción. Y la vuelven a sumergir en el mar hasta el año siguiente.

Son más de la una de mediodía. El sol rompe la línea de nubes y el calor empieza a apretar. Los medios de comunicación están arracimados. Cámaras y fotógrafos bailan al son de la misma música. Los cofrades extienden unas maromas verdes, con pequeñas boyas anaranjadas, para delimitar el pasillo de entrada por el que hacer pasar a la Virgen. La gente colabora, pasa la cuerda de mano en mano. Me recuerda a esas acontecimientos en los que la cadena humana tienen un propósito trascendente.

Aparece el párroco. La túnica blanca y la cruz bordada, azul y roja, en el pecho, símbolo distintivo de la orden trinitaria, imprime el aire de solemnidad que cualquier ceremonia exige. Pero es extraño. Es como las fotos de Chema Madoz cuando los objetos son sacados de contexto. El sacerdote, rodeado de mujeres y hombre en bañador, sin altar y sin ecce homo que le cubra las espaldas, es un personaje fuera de lugar. La escena es sarcástica, está llena de fuerza. Intento hacer una fotografía con el teléfono. Pero el esfuerzo es en vano. Apenas capto unas decenas de cabezas horadadas por el sol y el cogote del religioso que ya ha empezado a sufrir las consecuencias del calor.

Estamos apiñados junto a las cuerdas, que no contra las cuerdas.

Todos lucen un moreno saludable. Hay gente dentro del agua. Puedo contar cinco grandes cargueros fondeados en la Bahía, fuente de riqueza y de algo más. A unos doscientos metros, no más de una docena de pequeños barcos de recreo tocan las bocinas. En uno de ellos espera la Virgen. Está previsto que desembarque a la una y media. Llegan olas juguetonas a la orilla animando al personal. Cada una de ellas es celebrada. Cuando rompen en las piernas de los bañistas, un bordón blanco de espuma se dibuja en el agua hasta borrarse en la orilla.

Los cofrades se encargan de organizar todo el jolgorio, junto a la iglesia y el ayuntamiento, entre otros. Llevan al cuello un medallón, signo que los distingue. Uno de ellos anima al personal salpicándoles con agua. Es recíproco. Para algunos la celebración es una romería y para otros una fiesta del agua, un encuentro con el mar, con más connotaciones lúdicas que religiosas.

Seis cofrades bajan con el estandarte desbordado de flores para posar a la Virgen. Tras ellos, aparece el alcalde con algunos de sus colaboradores, familiares y gente de la organización. Cuando sacerdote y el alcalde se encuentran, los fotografían juntos. Es una imagen para la prensa local, una vieja escenificación de los poderes.

El pasillo se ha convertido de repente en la zona VIP.

Baja la comitiva al encuentro de la Virgen de la Palma. Siguen los juegos con el agua. El alcalde se acerca a la gente y les tira agua y viceversa. Podría decir que es una acto de fraternidad, aunque viniendo de un político sería más justo decir que es un acto de propaganda. El juego acuático adquiere un aire carnavalesco. Como está en inferioridad, el alcalde vuelve de nuevo al grupo. No hay nada como guarecerse en el redil.

La gente está excitada. Al cofrade que manipula la figurilla se le resbala por un segundo y la gente grita «uyyyyyyyy», como si Messi hubiera colocado un balón en la escuadra de la portería. Al segundo intento, la virgen ya está entre los palos que la suben por el pasillo de arena. La gente hace fotos. Se escuchan gritos de «viva la Virgen de la Palma… guapa, guapa». La comitiva, desde el párroco al alcalde, parece que acaban de participar en un concurso de camisetas mojadas. Todo es humedad, salitre, devoción, ojos entornados por el sol y la alegría.

Comienzan a echarle medallones al cuello a la figurilla. El primero es el alcalde. Los cofrades tocan su manto de piedra con la mano. Una caricia en la que caben promesas, peticiones, rezos, anhelos, milagros… La música de la banda ya suena en la Plaza de la Virgen del Mar. Queda toda la tarde y la noche para acercarse a adorarla. Durante el resto del año estará encerrada en su cueva bajo el mar.

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