La doble cara del Comité Olímpico

Por: Adriana Barrón.

«Los atletas pueden criticar a China libremente en su país, en China en los lugares públicos, en las zonas mixtas. Sólo les pedimos no hacer propaganda o manifestaciones políticas, religiosas, comerciales o raciales en las sedes olímpicas», estas fueron las palabras del ex presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Jacques Rogge, en 2008. El Movimiento Olímpico había sido manchado una vez más por problemas políticos y por las acciones del país anfitrión para dar la mejor imagen durante los juegos.

Sun Weide, portavoz del comité organizador de los Juegos Olímpicos de Beijing, afirmó que el evento sería seguro y pacífico, pero sus palabras quedaron en el olvido cuando el gobierno chino inició la represión en contra de los protestantes del Tibet. El país anfitrión había gastado 45 mil millones de dólares en la organización y no estaban dispuestos a que los problemas internos los dejaran mal parados ante el mundo.

A pesar de que la carta olímpica se pronuncia a favor de la «conservación de la dignidad humana» y «la búsqueda del respeto por principios éticos fundamentales universales», el Comité Olímpico Internacional mantiene sus decisiones fuera del margen político.

Las manifestaciones de los miembros del Tíbet que se llevaron a cabo durante el recorrido de la antorcha olímpica preocuparon al Parlamento Europeo, el cual abogó por los chinos que se encontraban en una situación de violencia y represión: «El Parlamento Europeo pide a la presidencia de la Unión Europea para que se esfuerce por hallar una posición común en relación a la asistencia a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, con la opción de no acudir al acto si no se reanuda el diálogo entre las autoridades chinas y el Dalai Lama». Esta resolución tuvo un respaldo de 580 votos a favor, 24 en contra y 45 abstenciones.

Ante la problemática, Jacques Rogge se limitó a exhortar al gobierno chino a respetar su “compromiso moral” de mejorar la situación de los derechos humanos. La respuesta del Estado Chino fue clara, Jiang Yu, entonces portavoz del Ministerio chino de Relaciones Exteriores, declaró que las responsabilidades del Comité Olímpico Internacional eran «respaldar los Juegos Olímpicos y adherirse a la carta olímpica, la cual estipula que no se deberán introducir en el Movimiento Olímpico factores políticos irrelevantes».

«La conclusión es que el éxito de los Juegos Olímpicos no puede tener lugar en un entorno donde están ocurriendo graves violaciones a los derechos humanos. El Comité Olímpico Internacional y los corporativos patrocinadores tienen una clara responsabilidad de anticipar y abordar los derechos humanos relacionados con los juegos», expresó Minky Worden, voz de la organización Human Rights Watch, encargada de la protección de derechos humanos.

¿Políticamente correcto?

Con miembros de 204 naciones, el Comité Olímpico Internacional tiene un mayor alcance que la Organización de las Naciones Unidas: 194 países integrados. No obstante, el máximo organismo deportivo no ha podido contribuir de gran forma a la «construcción de un mundo mejor y más pacífico».

Durante los Juegos Antiguos, estas dos organizaciones mantuvieron un trato entre las naciones en conflicto,, la llamada tregua olímpica tuvo su origen en Grecia y consistía en el cese de los enfrentamientos durante siete días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos y hasta siete días después de la clausura de los mismos. En la época actual la tregua sólo es «una manifestación del deseo de la humanidad de construir un mundo basado en las reglas de la competencia limpia, paz y reconciliación», explica la ONU.

El Comité Olímpico ha tenido nueve presidentes en 120 años de historia. El dirigente actual, Thomas Bach, fue elegido en 2013 y es el primer líder con un campeonato olímpico (florete por equipos en Montreal 1976). Bach también tuvo cargos políticos durante su carrera profesional, estudió derecho y se hizo cargo de los Asuntos Exteriores, el Ministerio Federal de Economía y la Cámara de Comercio e Industria en Alemania.

A pesar de que el Olimpismo fue explicado por Pierre de Coubertin como «un ideal de cultura, una vía de acción, de cambio y el entendimiento de los pueblos», el fenómeno ideológico no ha tenido una evolución positiva a lo largo de las justas olímpicas. El mandato de Bach se ha regido a partir del mismo principio que sus antecesores: «poner el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre» pero sin inmiscuirse en problemáticas de índole política, social, económica o religiosa.

«Si no pudieron limpiar la Bahía Guanabara para los Juegos Olímpicos, una oportunidad única en la vida, me temo que nunca podrá suceder», fueron las palabras de una de las habitantes de Río Janeiro publicadas en el periódico New York Times.

La contaminación en dicha bahía, donde se llevarán a cabo las competencias de remo, y los múltiples problemas que han contextualizado el evento deportivo también ponen en evidencia la forma en que el ideario olímpico pudo ayudar a la sociedad pero no pudo por la poca presión impuesta por el COI.

Ante el nebuloso panorama en el ciudad carioca, Thomas Bach se limitó a comentar: «El pueblo brasileño presentará unos Juegos Olímpicos memorables, llenos de la pasión por el deporte por la que son conocidos mundialmente. Este será un momento para que Brasil muestre al mundo su determinación para superar la crisis».

La represión de los estudiantes en México 1968, los miembros del Tibet en Beijing 2008, la comunidad LGBTTTIQA en Sochi 2014 y la crisis de Río 2016 son una pequeña muestra de “lo mejor y lo peor” que tiene los principios económicos y sociales ligados al mundo deportivo. “Los Juegos Olímpicos son un espacio en donde se ve la resignificación permanente de cómo la gente, los grupos y las organizaciones se articulan y construyen, cómo los diferentes tipos de poder se relacionan e interactúan para incluir y excluir”, explica el periodista argentino Maximiliano López.