Mil violines.

En ocasiones pienso en silencio y me pregunto: ¿Sera posible acordarse de todos esos amores que han pasado por nuestra vida? No, no lo creo, en la memoria casi seguro han quedado los más importantes, los que dejaron huellas. Es así como me la recuerda una canción de Chucho Avellanet titulada: “Mil violines”

Estudiábamos en el liceo Alejo Fortique, vivíamos cerca en la calle Rondón y casi siempre ella me acompañaba, o mejor dicho yo le hacía compañía. Dicen que el primer amor nunca se olvida, tal vez se deba a que nos hace descubrir tantas cosas bellas, tantos momentos e ilusiones.

Raíza cursaba el primer año, yo segundo con catorce años, uno más que ella, de la amistad pasamos a ese extraño sentimiento de necesitar uno del otro, de querer estar a cada instante a su lado. Sus padres se oponían a nuestra relación porque ella era muy niña, sin embargo cuando el amor llega no pide permiso ni acepta falsas riendas.

Aprendimos a besar copiándonos de las películas, mi padre que era un hombre con mucha sensibilidad me aconsejaba sobre lo que en su opinión era bueno o malo, pero nosotros no pensábamos en cosas fuera de lo común, solo nos dejábamos llevar por nuestros hermosos sentimientos.

Con la ayuda y entusiasmo de un tío Capitán de Fragata me fui a estudiar en el Liceo Militar Jáuregui en la Grita, Estado Táchira, allí finalice el bachillerato. A los 17 ingrese en la Escuela Naval de Venezuela, funcionaba en una vieja edificación en la calles los baños de Maiquetía. Los compañeros de la promoción siempre fuimos un grupo muy unido.

El tiempo y los estudios nos separaron, pero el amor nunca murió. Un reencuentro casual nos hizo comprender que estábamos hechos el uno para el otro. Raíza tuvo mucha paciencia hasta que me gradué como Alférez de Navío y ella a su vez lograba una licenciatura en la Universidad Central de Venezuela. El inefable tiempo transcurrió.

Como era de esperarse nos casamos algunos años después. Disfrutamos una semana de luna de miel en la isla de Coche, fueron días maravillosos, aun recuerdo esplendorosos atardeceres cuando nos quedábamos retozando en la playa hasta caer la noche. Mi princesa, que así le llamaba, comenzó a trabajar, yo fui asignado para viajar a Corea como parte de la tripulación de un buque de transporte construido en aquel lejano país, los imprevistos retrasaron el regreso a Baruta nos habíamos instalado en un pequeño apartamento en el edificio San Bernardo de Manzanares, poco más de seis meses.

Finalmente y luego de una larga travesía entramos a la rada de la Base Naval de Puerto Cabello, siempre mantuvimos comunicación. Raíza convenció a su padre y ambos se vinieron por carretera para recibirnos. Mi princesa, mi gran amor, mi bella chinita nunca llego. En la autopista regional del centro cerca de la Victoria la muerte nos separo dejando un gran vacío, un gran dolor. Una vez al año visito el lugar de la tragedia para colocarle flores, y con tristeza dejarle mis lágrimas.

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