El Pato de Vaucanson y yo.

Hoy vamos a hablar de patos.

Dato curioso que me hizo feliz 1: La forma torpe y graciosa en que caminan los patos es llamada “anadear”, que significa, según la RAE: Andar moviendo mucho las caderas. Me encanta saber que hablo un idioma en el que un pato recibe un verbo especial nada más porque camina chistoso.

Dato curioso que me hizo feliz 2: En 1741, Jacques de Vaucanson construyó un pato. El pato de Vaucanson caminaba (verbo correcto: anadeaba) como pato, tenía el tamaño de un pato, graznaba (verbo incorrecto pero que estaría lindo: cuaqueaba) como pato, bebía como pato, comía como pato y digería la comida como pato. Pero no era un pato. Vaucanson construyó, con sorprendente maestría, un pato mecánico capaz de simular al animal real (¡quizás el primer robot de la historia!), llenando de fama a su nombre y de asombro a París. Pero había un problema: el pato no era útil. Era una genialidad, sí, pero en aquel tiempo y con el nacimiento de la era industrial, inventos como aquellos no eran considerados más que meros juguetes (si acaso, caprichos), así que el Gobierno Francés decidió cargar a Vaucanson de tareas más redituables y lo nombró inspector de la manufactura de la seda. En dicho trabajo, Vaucanson se llenó de logros tecnológicos (porque estos sí generaban dinero), creando el primer telar automático del mundo (1745) y probablemente la primera planta industrial moderna (1756). Nunca volvió a hacer ningún robot.

Todo esto viene al caso porque hoy me di cuenta que estoy tan intoxicado de capitalismo que, debajo de todo mi asombro y felicidad al descubrir que la forma de caminar de los patos tiene un verbo propio y que alguien alguna vez logró construir un pato mecánico por el puro placer de hacerlo, sentí un poco de culpa por haber pasado media hora leyendo e investigando la historia de Vaucanson y las anadeadas, en vez de estar haciendo algo más productivo, redituable, útil (y eso que, para el momento de escribir esto, ya había ido a la escuela, adelantado tareas e impartido dos clases).

Ahora tengo más culpa por dedicarle otra media hora a escribir esto en vez de, no sé, hacer algo útil, maldita sea.

Qué difícil es intentar ser feliz nomás porque sí.

La fuente de la historia de Vaucanson la encontré aquí:

Christlieb, P. (2011). Lo que se siente pensar o: La cultura como psicología (1a ed.). México: Taurus.