¿Puede una persona cambiar, cambiar de verdad?

Durante una de sus sesiones, una de mis pacientes me hizo precisamente esa pregunta, ¿puede una persona cambiar, cambiar de verdad?, se mostraba muy angustiada pues su relación de pareja no iba como ella esperaba. He escuchado muchas veces la misma pregunta planteada de distintas formas no solo en pacientes, sino también, en familiares, compañeros, etc.

Esto me hace reflexionar sobre el concepto de “cambiar” que la mayoría de personas tienen, pues parece ocupar gran tiempo de su energía en todos los ámbitos de su vida, trabajo, hogar, pareja, hijos, amistades, etcétera. Pedimos continuamente a los demás que cambien, y nos piden a la vez que cambiemos. Pero, ¿es tan sencillo como pedirlo?, evidentemente no, y seguramente lo sepas muy bien, pues te apuesto que muchas veces te has visto en una situación en la que has pedido a alguien que modifique un aspecto de su personalidad que te hiere o te disgusta sin resultado alguno, o tal vez te has esforzado hasta el cansancio tratando de cambiar algo de ti que te han dicho que no les agrada a los demás, sin poder lograrlo.

Aquí entonces, retomo la pregunta inicial para cuestionar si realmente se pueden lograr cambios profundos en la personalidad o no. Mi paciente se contestaba a sí misma que era posible, pero al menos no es posible cambiar nuestra esencia, y no podría estar más de acuerdo, y eso es precisamente la parte difícil, comprender lo complejo que es conocer mi verdadera esencia y la de quienes nos rodean.

Distingo entonces, dos tipos de cambios en las personas, uno que llamo el “pseudocambio”, se trata de la intención de cambiar que se basa en la exigencia ya sea del contexto o de alguien más, cuando alguien más nos pide que cambiemos pero en realidad no creemos en ese cambio, solo lo hacemos porque nos lo piden, porque no queremos perder el cariño de la pareja o que nuestros amigos nos abandonen. Pero el pseudocambio, al no partir de una necesidad propia sino impuesta, es artificial, temporal; a final de cuentas, cada vez que intentamos cambiar, consciente o inconscientemente, se genera frustración, pues no nos sentimos cómodos cambiando algo que nos gusta en nosotros mismos; decimos que sí, queriendo decir no, y eso tiende a quebrar nuestro fallido intento de cambiar.

Es por eso que cuando alguien más nos pide cambiar (¡la mayoría de las veces nos exige!), por temor al rechazo o al abandono prometemos que cambiaremos, pero somos incapaces de decir ¡no quiero cambiar, esa necesidad está en tí, no en mí!. Esto constituye el máximo ejemplo de honestidad y responsabilidad al mostrarnos tal cual somos, prueba también de autoaceptación. Se podría pensar que es algo egoísta decirle a alguien que no estamos dispuestos a cambiar y que debe aceptar eso como parte de mí. No quiero que se piense que invito a actitudes como la frase que dice “soy así, así nací y así me moriré”, al contrario, el pseudocambio no es el único tipo de cambio.

Existe también el “cambio empático”, que se da en el momento en que observo que me es necesario modificar algo pues me estorba, daña a los demás o me daña a mi mismo. Puede partir de una petición que me hacen de cambiar, pero a diferencia del pseudocambio, no lo hago por temor al abandono o al rechazo, sino por una firme creencia de que quiero cambiar porque eso ayudará a que los demás se sientan bien estando conmigo. En una relación donde existe una comunicación efectiva y afectiva, seguramente haya más posibilidades de que se de un cambio empático, cuando tengo la capacidad de escuchar con toda mi atención las necesidades del otro, poniéndome “en su lugar”, preguntándome cómo debe sentirse conviviendo con esa parte de mi que no le gusta, que le causa dolor, será más sencillo lograr ese cambio empático, y si no quiero, si es algo de mi que no estoy dispuesto a cambiar, tendré que ser completamente honesto conmigo mismo y decir que no deseo cambiar.

Algunas personas que me han escuchado decir esto me preguntan si acaso entonces tienen que aguantar a un marido alcoholico, a una madre controladora, o una novia celosa y posesiva, si es que no desean cambiar. Como en todas las relaciones humanas, a final de cuentas la decisión es propia, no puedo más que expresar, sin exigir, que hay actitudes en esa persona que me causan daño o me molestan, siendo auténticamente sincero desde mi experiencia emocional, no con la intención de manipular en mi propio beneficio. Y si a pesar de ello mi petición no es respondida, entonces valoraré si deseo estar en dicha relación o no, y si decido quedarme a pesar de lo que no me gusta, asumir las consecuencias.

A final de cuentas, como dice Sergio Michell, el éxito de cualquier relación se basa en una premisa muy sencilla, que si entendemos en toda la amplitud que posee nos será de gran ayuda: “No necesito cambiarte para quererte”.