La Alhambra de nosotros

Había sido un viaje sin ningún propósito romántico. E. y yo estábamos en Granada por motivos puramente profesionales, aunque así disfrutábamos cada segundo la compañía uno del otro. Todo era luz y color.
O mejor, casi todo, si pudiéramos olvidar el motivo que nos había llevado hasta aquella ciudad.
Saliendo de la reunión en la que estuvimos metidos durante toda la tarde, caminábamos lentamente, con manos entrelazadas en dirección al aparcamiento para recoger el coche y volver a casa.
Pero la noche estaba preciosa, con una gran luna en el cielo y una temperatura impecablemente apacible, así que decidimos quedarnos un poco más en Granada antes de iniciar nuestro viaje.
Fuimos a cenar a uno de los restaurantes más románticos que he conocido en mi vida.
Se encontraba situado en una colina. Ocupando una mesa al aire libre, era un verdadero placer sentir la brisa fresca de la noche. El restaurante apenas tenía comensales en aquel momento.
A nuestra izquierda estaba la Alhambra en todo su esplendor, iluminada, mirándonos con sus millares de almas, cuidando para que nada ni nadie viniera a perturbar nuestra felicidad.
Y fue ahí, en aquél restaurante donde finalmente, después de muchos meses, encontré un momento de tranquilidad, mirando hacia la Alhambra, viajando mentalmente al interior de su historia.
Quería robar la fuerza que la Alhambra transmitía y esa voluntad me provocaba una sensación maravillosa. Por suerte E. estaba presente, frente a mí, y yo le veía como un oasis de donde podía sacar la suficiente fuerza para seguir adelante, caminando a través de mi desierto personal.
Este corto viaje a Granada tuvo el poder de cambiar un poco la vida que yo llevaba en aquellos momentos, además de cambiar totalmente y para mejor la vida que iba a tener en el futuro.
No era sin motivo que E. estuviera allí, puesto que yo le veía como el muro que me protegía contra los fuertes y malos vientos que soplaban. Todo era encantador en aquella noche granadina, y la majestuosa presencia de la Alhambra me pareció más que una simple coincidencia.
Era espeluznante sentir la energía que venía de dentro de aquellos imponentes muros.
Le comenté a E. que no me gustan las coincidencias y él, sonriendo, me preguntó por qué razón lo decía.
Entonces le respondí:
“Por alguna razón, lo sé, la Alhambra está ahí, mirándonos”.
Después de la cena, nos pusimos en marcha y mientras el coche seguía por una carretera poco iluminada, una luna llena, brillante y curiosa nos observaba de cerca.
Yo mantenía la cabeza reclinada en su hombro. Sobraban las palabras.
Éramos tres en un viaje que cambiaría nuestras vidas para siempre.
La sabia luna sonreía, con mucha experiencia.
Solo nosotras dos, la luna y yo, sabíamos que yo quería aquél hombre con toda mi alma, con todo lo que yo era.
Después de un viaje que nos pareció demasiado corto, llegamos.
Era el momento de la despedida.
Los dos sabíamos que todavía no era la hora ni el momento de despertarnos juntos al día siguiente.
Era mucho lo que sentíamos y yo sabía que estábamos empezando a caminar juntos, hacia todos los lados.