Prohibido prohibir.

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La prohibición era tajante. No como una de esas limitaciones paternas, tan apetecibles de violar cuando se es joven. No como esa sensación de libertad que da trasgredir una señal de tráfico. Nada de eso. Esto era primera división. Un asunto serio. “Está terminantemente prohibido salir de casa entre la media noche y las cinco horas de la mañana”. Sin concesiones. Sin miramientos. Como para jugar con fuego.

Angola. Año 1986. Una interminable guerra civil azotaba el país. Estábamos viviendo la época del “recogimiento obligatorio”. Pensar en salir de fiesta y moverse con tranquilidad por las húmedas y calientes calles de Luanda, de madrugada, era pensar como un demente. Enfrentarse gratuitamente con la certeza de un desastre. Con el peligro en estado puro, deambulando por las calles en forma de militares y policías, en muchos casos borrachos y drogados.

Pero nosotros éramos la inconsciencia. Esa juventud inquieta y deseosa de diversión que vivía en una capital libre, por el momento, del asalto de las tropas enemigas. Suficiente excusa para que nuestra sangre nos pidiera disfrutar de libertad de movimientos, renegando de tener que estar encerrados en nuestras casas o en la de algún conocido toda la noche. Y la juventud reclamaba su espacio y sus horizontes…

Lo que significaba que tentábamos a la suerte todos los finales de semana, conduciendo nuestros coches por unas calles que creíamos sin vigilancia. Momentos entonces de pura adrenalina y ahora, mirados desde la atalaya del tiempo, de pura irresponsabilidad. No éramos capaces de controlar nuestros impulsos y el deseo de evadirnos de una realidad dura y triste nos servía como excusa para exponernos al peligro de ser descubiertos, furtivos, circulando por la ciudad por alguna patrulla descontrolada.

Pero la verdad es que al llegar a los lugares elegidos, la música y el encuentro con los amigos hacían que nos olvidáramos de inmediato de la certeza del peligro que habíamos vivido momentos antes.

Qué nos importaba a nosotros si Angola en 1986 todavía era el bastión del gobierno del MPLA. Qué sabíamos de los esfuerzos de los rebeldes de la UNITA por invadir la ciudad. Nuestras ilusiones, durante el día, iban de la playa a jugar al tenis, a visitar amigos, y por las noches en quedar siempre en casa de alguno a jugar al monopoly mientras duraba el “toque de recojimiento”. Pero aquellos fines de semana…

Éramos incapaces de resistir la tentación de las fiestas.

El dios que protege la inconsciencia y guarda a los jóvenes trabajó mucho por mi culpa en aquella época. Hoy sé que tuve mucha suerte. La sangre nueva impedía un discernimiento claro. Y sé que si volviera atrás, nada sería diferente. Aquel momento, aquel ambiente, aquel cuerpo joven me arrastraban a trasgredir cualquier norma. Sin embargo, hoy, mirando a mis hijos mientras escribo estas líneas siento un vuelco en el corazón y un regusto amargo en la boca. El sabor del miedo. La tentación de la prohibición. De ser yo quien les prohíba ser jóvenes. Y sonrío…

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