Voy a escribir. Pero solo si tu me dejas.

El silencio en la habitación desaparece en el momento en que me acerco a ti y al abrir tu tapa color rojo vivo emites un ruido característico, como si dijeras: finalmente has venido, ya te echaba de menos. Tu alegría es entonces manifestada a través de varias luces que encendiéndose me hacen algo parecido a una fiesta de bienvenida.

Inicio así el ritual diario de escribir en ti, un simple ordenador portátil a los ojos de otras personas, aunque para mí eres como la prolongación telepática de mí misma que actúa bajo el imperio de mis deseos y caprichos.

Escribir a diario, dejando deslizar mis dedos por sus teclas es algo vital en mi vida diaria, tan importante como respirar. Siento que respiro a través de las ideas que agrupo en mi mente, aunque necesite después darles un formato palpable en hojas.

Me gustas, eres el compañero de muchas horas, facilitas una labor placentera, compartes conmigo el gusto que significa escribir todas las cosas que me pasan por la mente, pero aún así necesito tener entre mis manos una hoja de papel.

Es que no puedo prescindir de tocar las palabras impresas para sentir las vibraciones que de ellas salen.

Las horas del día en las que me dedico a escribir son aquellas en que no estoy para el mundo, soy solo silencio y concentración. Salgo de mi casa, salgo de mí ser, voy flotando por encima de las cosas que están a mí alrededor, disfrutando del inmenso placer de la creación de palabras hechas con la unión de las letras. Pura magia.

La verdad es que mientras estamos juntos divirtiéndonos, los minutos no llegan a transformarse en horas, el tiempo solamente deja de existir.

A veces me enfado contigo, pues son muchas las ocasiones en que te pones poco colaborador y aunque yo escriba las palabras correctas, tú las transforma en frases confusas. No haces lo que te digo, lo que te pido. Haces lo que más te apetece en aquél momento y creas historias que no me agradan, frases inconexas, párrafos atrapados en medio de relatos sin sentido. Y así me haces salir fuera de ti, me haces huir por culpa de la impotencia de saber no poder controlarte.

Doy vueltas por la casa, por el jardín, conduzco el coche por las calles sin darme cuenta de dónde estoy y hacia dónde voy.

Cuando entro finalmente en casa, encuentro cerrada la puerta del despacho, pues no quiero oírte, mirarte, no quiero estar cerca de ti. Me refugio en la cocina, preparo un café mientras intento salir de mi asombro, controlar mi indignación frente a tamaño atrevimiento.

Y cuando me siento con coraje suficiente, dejo que mis pasos me conduzcan de nuevo a ti. Me recibes con entereza y no permites que empiece con lamentaciones.

Coges mis manos y me obligas a tocarte, primero lentamente, después de una forma vertiginosa y de esta manera hacemos las paces.

Escribo y finalmente veo mis ideas expuestas en una pantalla, veo que tú me entiendes y “que, al final, todo” lo anterior ha servido como una llamada de atención para hacer más y mejor.

Te doy las gracias, te beso.

Somos compañeros y cómplices.

Me despido de ti, mi ordenador personal, me voy ahora con el sol, y volveré cuando él vuelva también.

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