Acuse de recibo

Estimada Chloe:

Sirva esta carta para confirmar la recepción de la misiva que tan amablemente me envió hace dos semanas.

He de reconocer que me sorprendió un poco la recepción de la misma.
Las últimas veces que hablamos me pareció percibir cierta animadversión por su parte: “Eres un egoísta de mierda”, “Me tienes muy harta”… el tipo de comentarios que pueden hacer pensar que tal vez haya algún sentimiento de desprecio latente.

Por otra parte, el hecho de que se despidiera de todas nuestras amistades, de los criados, doncellas, siervos varios, animales de compañía y de granja, plantas de interior y exterior, pero que rehusara hacerlo de mi humilde persona no hizo más que aumentar mis sospechas respecto a su falta de aprecio hacía mí.

Cierto es que la historia de nuestros encuentros no ha sido especialmente tranquila. Bien sabe usted que hemos tenido nuestras diferencias en más de una ocasión.

Como la escena que montó en la fiesta que ofreció Madame Maclet en su mansión, aquella vez que le sugerí retirarnos a sus aposentos a jugar una partida de naipes.
Aún me parece verla corriendo entre las mesas, con los brazos en alto y proclamando a voz en grito “¡No me follarás, no me follarás!” a quien la quisiera escuchar.
Difícil olvidar algo así, especialmente cuando, en el momento en que parecía haberse calmado un poco, se subió a la mesa en la que estábamos sentados para realizar un baile que me atrevería a calificar de indecoroso, cuando no abiertamente concupiscente.

No fue esta la única vez que pude percibir cierta ojeriza por su parte. Reconocerá que más de una vez hizo comentarios que podrían interpretarse como una velada crítica a mi aspecto físico (“Es que no me gustas. No me atraes nada. Pero nada de nada.”, entre otros).
Este comportamiento suyo hacia mí, acompañado por la descripción que hacía con pelos y señales de sus incontables aventuras de índole sexual con caballeros, señoritas o grupos, me hizo sentir en algunas ocasiones cierta sensación de desprecio por su parte.

Coincidirá conmigo en que hombres con menos presencia de ánimo podrían haberse sentido devastados, humillados y heridos en su amor propio ante este proceder suyo. Pero lo cierto es que, de una forma u otra, siempre encontré la manera de encontrar excusas para su actitud.

He de reconocer también, sin embargo, que mi condición de sacerdote haya podido generar en usted cierta confusión (y tal vez disgusto) respecto a mis intenciones. 
Entiendo que es posible que mis primeras aproximaciones le parecieran fuera de lugar, pero no es menos cierto que en algunos momentos pareció no importarle demasiado.

Como aquella ocasión, al salir de la fiesta de año nuevo, en la que compartimos el carruaje que nos llevaba a nuestros respectivas residencias y en la que no paró de mover su abanico usando el código de comunicación tan utilizado por los jóvenes hoy en día pero que yo, por desgracia, desconozco.

No fue hasta llegar a mi hogar que pude por fin comprobar en un manual de la biblioteca que los mensajes que me había estado mandando de manera tan críptica se podían traducir como “Llévame a tu casa y fóllame hasta que me tiemblen las piernas como a un cervatillo recién nacido”
Pues no pudo ser.

No me atrevería a decir que lo nuestro fue una historia de amor. Hubo risas y momentos de intimidad, pero me cuesta encontrar palabras para describir nuestra relación. Claro que, ¿Cómo llamar a algo que no ocurrió nunca?
Aunque es cierto que es una historia triste y ridícula, así que tal vez sí fue una historia de amor típica, a pesar de que nunca hubiera encuentro carnal.

En cuanto a mis sentimientos actuales hacia usted, me resulta complicado describirlos también. He de reconocer cierto miedo… tal vez miedo no sea la palabra adecuada: terror, pavor, espanto, pánico, horror… 
Estas palabras describen mejor mis emociones hacía usted en estos momentos. Y algo de rencor, tal vez. Y tristeza.

Y a pesar de todo, la echo de menos.

Atentamente, su humilde servidor,

Maximilian

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Estimada Chloe,

Aún no había terminado de salir por la puerta el mozo con los pliegos que le acabo de enviar cuando me he dado cuenta, consternado, de mi horrible error.

Al ver su nombre en el remite del sobre, lo abrí de inmediato y no ha sido hasta hace unos instantes que he reparado en que la carta no iba destinada a mí, sino a otra persona.
He de confesar que no sabía que su amistad con el Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo, cuya vida guarde Dios muchos años, era tan estrecha.
Estoy desolado por mi error y me comprometo a hacerle llegar al Obispo su misiva. De la manera más discreta posible, huelga decirlo.

Los caminos del Señor son inescrutables, pero conmigo parece que el Altísimo gusta de que sean especialmente tortuosos (dicho sea esto sin ánimo sacrílego).

En fin, no se que decir. Esto es muy embarazoso.
Está claro que, en lo referente a usted, cuando pienso que la situación no puede ser más humillante, Dios Nuestro Señor me recuerda que los límites los pone Él y nadie más que Él.

Sólo me queda decir que, por la presente, me comprometo a no molestarla nunca más con mis ridículos pensamientos.

Atentamente, su humilde servidor,

Maximilian

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