La dictadura del vermú

Últimamente me he dado cuenta de que TODO el mundo que conozco, sale de casa los domingos al mediodía para hacer el vermú en la terraza (terracita, como dicen ellos) de turno. Algunos, hasta salen de casa antes para dar un paseo. Sí, madrugan un domingo por voluntad propia.

Tomar un vermú es una tradición bastante arraigada en Catalunya, de hecho, recuerdo que mis padres nos llevaron a mí y a mi hermano a tomarlo prácticamente cada domingo de nuestra infancia. Y no, no penséis mal, que a mis padres no les dio, lamentablemente, por enseñarnos las bondades del alcohol desde bien pequeños. Generalmente tomábamos una Coca-Cola o una Fanta (con ellas sí que me inicié de bien niño) y devorábamos las patatas y las olivas (me niego a llamarlas aceitunas) que suelen acompañar a este refrigerio.

El caso es que, quizá porque a mis treinta y dos años sigo sin madurar o porque ansio más que nada hacer todo lo contrario a lo que hace el resto de la humanidad, sigo asociando la tradición del vermú a una cosa de gente mayor (como si yo no lo fuera) con hijos. No concibo salir un domingo por la mañana de mi casa para ir a una terraza llena de niños con sus mascotas gritando para tomarme una bebida que ni siquiera me gusta. Porque no, ni siquiera está bueno. Es más, su sabor esa mezcla entre dulce y amargo me causa náuseas. Es más, estoy seguro de que a vosotros tampoco os gusta y que preferiríais beberos una Coca-Cola Zero (que sí, da cáncer, pero de algo hay que morirse).

Esta reflexión viene al caso porque prácticamente toda la gente que conozco ha adoptado esa tradición, y es gente de mi edad, grupos de amigos o parejas sin hijos que desprecian el maravilloso placer que se produce un domingo cuando te levantas y ves que no tienes que ducharte, ni vestirte, ni salir a la calle para hacer nada. NADA. El único día de la semana en que puedes permitirte estar toda la jornada tirado en el sofá viendo viendo series, películas o fútbol lanzado a la borda por ir a tomar algo a las doce del mediodía. Y todo por seguir una moda y por pura presión social. Después les dices de ir a tomar algo cuando anochece, que es cuando sale la gente decente de casa, y te dicen que están cansados.

Mi entorno me comenta siempre que con los años aprendes a disfrutar más de las horas de luz, pero en mi caso pasa justo el efecto contrario, estoy deseando que lleguemos a final de octubre y sea de noche a eso de las seis de la tarde, haga frío y por la calle no haya niños ni parejitas aburridas y sonrientes yendo a tomar un vermú.

¿Que el problema es mío? Seguramente.

PD 1: De la gilipollez de ir a hacer un ‘brunch’ ya hablaremos otro día.

PD 2: Suerte que no me pagan por escribir estas mierdas.

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