Entre Toni y Valdeflores

Miriam Bertran
Sep 7, 2018 · 4 min read

Acabo de leer el artículo del domingo pasado del gran Toni Massanés en La Vanguardia[1] donde reflexiona sobre las comidas de fiesta. Inevitablemente me vino a la cabeza el convite al que acabo de ir en un pueblo de Oaxaca. En su texto, Toni hace referencia a la cohesión social que generan estas comilonas, la generosidad de quién las organiza y la abundancia, sobre todo de carne; por eso las llamo comilonas.

Hace unos días, al son de ir a supervisión de trabajo de campo, estuve en una de las comidas de la fiesta principal de Valdeflores, un pequeño pueblo de Oaxaca. Con Diana, la estudiante en campo, hicimos plan con maña para que el calendario cuadrara y mi presencia fuera necesaria por ahí del 1º de septiembre, día de la Virgen de los Remedios, patrona del pueblo.

El convite fue en casa de los tíos de Diana, y desde días atrás habían estado preparando todo; qué digo días, la familia Arango ahorró durante dos años para tener el privilegio de hacerse cargo de uno de los convites de la fiesta de Valdeflores. Un privilegio que requiere suficientes recursos para organizar una comida para al menos 1000 personas con abundancia de todo: consomé, barbacoa de res, arroz, frijoles, tortillas, refrescos, agua, cerveza mezcal y téjate. Además, mesas y sillas, lonas para el sol y la lluvia, músicos y cohetes, muchos cohetes.

Para Doña Petra, la tía de Diana, la satisfacción de ser la anfitriona se reflejaba en su cara al dar la bienvenida a la gente, y agradecerles que hubieran acudido a su invitación. Y es que el agradecimiento es mutuo entre anfitriona e invitados; una por tener la oportunidad de mostrar su generosidad, los otros por recibir y disfrutar de esa generosidad.

Una comida de estas dimensiones requiere desde luego mucho dinero, pero también mucha organización y gente que ayude. La generosidad se manifiesta en los anfitriones y en quiénes les ayudan, porque la cohesión social de estas comidas de fiesta patronal no solo se refleja en la mesa, se comparte desde antes de sentarse a comer, desde días antes de hecho. En Valdeflores es particularmente importante la participación de los migrantes, de aquellos que se fueron a otros lugares de México y a Estados Unidos a buscar mejores opciones de vida. Gracias a ellos las fiestas en el pueblo son cada vez más grandes y con más recursos; para ellos colaborar es una manera de seguir formando parte de la comunidad. En la medida que pueden, destinan los últimos días de agosto y los primeros de septiembre para ir a ratificar su pertenencia al pueblo. Ahí estaban, saludándose unos a otros, compartiendo tareas y tacos, abrazos y sabores conocidos, tragos y complicidades, que confirman que a pesar de la distancia en el día a día, siguen siendo parte del lugar. Las fiestas también son para eso, para acoger a los que se fueron.

En muchas culturas, el protagonismo de la comida de las fiestas se centra en la proteína, en la carne, mejor si es de un animal que se ha criado cerca. El convite de la familia Arango giró en torno a la matanza de un toro para hacer barbacoa de res, y parece que también de un cerdo, aunque a mi de ese no me tocó. Una pena, hubiera sido una gran ocasión para comer carnitas sin culpa, tenía la excusa perfecta “ni modo que los hubiera despreciado”. A lo que hemos llegado, a dar -y darnos- justificaciones para comer a gusto en una fiesta. En fin, en todo caso me quedé con las ganas y ese día hubo res en barbacoa, y ni me tengo que justificar que me la comí toda, el pedazo en mi plato era más bien magro.

Con Diana estuve bromeando sobre si había conocido al toro que nos estábamos comiendo, si tenía nombre; vaya, si había establecido algún tipo de nexo emocional. Le daba risa y seguía mi broma con absoluto desparpajo, sin asomo de pena ninguna hacia el animal que días atrás había ayudado a alimentar. Me quedé pensando en el contraste de la relación de la gente del campo y de la ciudad con los animales. Para ellos son ganado que se cría para comer. Esto es así quizá por la cercanía a la producción de los alimentos, quizá porque la escasez -particularmente de carne- ha sido parte de la vida en el México rural, o quizá solo porque desde los cazadores-recolectores compartir un ejemplar recién cazado era en si mismo un evento festivo. Y en sus fiestas, sin duda, la matanza de un toro, cerdo, guajolote o carnero es un elemento central.

Las reflexiones de Toni Massanés que inspiraron este texto surgieron a raíz de que, al igual que yo, había ido a una comida; sólo que él lo había hecho del otro lado del Atlántico, en un pueblo catalán y con motivo de reunir a un grupo de amigos y colegas. Uno podría pensar que no hay nada en común entre un convite de fiesta patronal en un pueblo de Oaxaca y un ágape de chefs en Catalunya. Pero pues resulta que sí, que todos disfrutamos de la generosidad, de la abundancia, de la buena comida con amigos y parientes, de sabores y momentos que nos recuerdan y reafirman que pertenecemos a alguna parte.

[1] Massanes, Toni “¿Se puede comer en casa como en un restaurante tres estrellas Michelín?” https://www.lavanguardia.com/comer/opinion/20180902/451546238712/comer-casa-restaurante-michelin.html?utm_campaign=botones_sociales_app&utm_source=twitter&utm_medium=social. 2 de septiembre de 2018.

Entrada al convite. Valdeflores, Oax.

Miriam Bertran
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