Favor de No Pisar a los Muertos

Chantal Flores
Nov 7 · 3 min read
Mural en Zaachila, Oaxaca, por Abraham Cruz.

A veces, la muerte se ve bonita. Las memorias se descargan rápidamente a lo largo del cuerpo, erizando la piel y alzando sonrisas entre las lágrimas que no han dejado de correr desde ese día. Porque Dios no sabe lo que hace, ni el tiempo cura todo. Pero sí, las lágrimas evolucionan, se transforman en peso, forma y velocidad de arranque, pero no se confundan: nunca dejan de salir.

Rodeada de cempasúchil y flor de terciopelo, esta tierra — donde se entierra a la muerte clandestinamente y se derrama la sangre a litros — se ve hasta bonita. Mágica, pues, con foráneos que ni tienen a sus muertos ahí recorriendo tumba tras tumba, conociendo muertos que no nos atrevimos a conocer en vida. Porque más allá de estos días, la muerte no se ve pero sí se ve. Se cubren los ojos con anteojeras para ver si así no nos toca.

Panteón de Zaachila, Oaxaca.

Pero entre mezcal, chocolate y madre y media que se le echa a los benditos difuntos que se apiadan de nuestra incapacidad de dejar de extrañar y nos vienen a visitar, los cementerios están repletos. ¡Ya no caben nuestros muertos! Y ahí vamos todos, en puntitas, tratando de no pisar a alguno de ellos pero que nos urge sentir para ver si ahí, en su ausencia de vida, encontramos nuestra capacidad de vivir. Pero es que son tantos…y tantas.

Una vez, en una procuraduría, vi un montón de cajas de cartón. Al salir, una madre que lleva años buscando a su hija, me dijo: “¿Viste las cajas? ¡Son los restos que hemos encontrado! No saben donde ponerlos.” Luego otra vez, estaba en un cuarto y en la plancha de metal había una osamenta, un cuerpo pues, y platiqué por horas ya ni me acuerdo de qué. Creo que se llamaba Rodrigo y había muerto por herida de proyectil, así dicen para no decir que lo mataron a plomazos con armas gringas. Recuerdo claramente su cráneo, se veía pequeño, tan perfecto como aquellos que salían en las láminas de anatomía que nos pedían en la escuela. Estuvo ahí todo el tiempo, mientras ella y yo platicábamos. Creo que ni me despedí de él al salir.

Después, esto fue apenitas hace unos días, me contaron de una niña. Chiquita, todavía llora para que le hagan caso y cuestiona todo, pero de ese día ella no pregunta nada. Entraron a su casa y dos hombres asesinaron a un familiar de ella ahí en plena sala, en plena luz del día o de la noche, da igual aquí. Luego, en otro lugar por ahí, mataron a otro, pero ese sí enfrente de todos, mínimo de toda su colonia. Cerraron un carril del camino, los carros pasaban lento para ver si alcanzaban a ver al muerto, pero estaba muy oscuro, por eso del cambio de horario. No se podía ver, pero se olía, se sentía, como un silencio que solo los muertos provocan. Pero a los pocos kilómetros ya te ríes, retomas la plática, sigues, si no pues cómo verdad. Y así, hablas, te enojas, compartes del muerto que escuchaste de por allá, de los otros muertos, te da rabia, a veces hasta lloras, otras veces bajas la voz, a veces aclaras que a ti te contaron pero que no viste, o que dicen por ahí, o que pobrecitos los que sí siguen vivos, los que le lloran al muerto desde ese día cuando ya no hay cámaras ni discursos políticos ni indignación… Pero no nos confundamos: las lágrimas, nunca dejan de salir.

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