A VECES CIERRO LOS OJOS PARA MIRARTE A ESCONDIDAS.

A pesar de que hasta hace poco supe cómo te llamabas, siempre me recordaste a alguien de quien hablaba cuando todavía no conocía tu nombre.

Me llevó tiempo averiguarlo, pero hoy por fin pude comprobarlo. Y es que me di cuenta que cada vez que pensaba en ti, terminaba escribiendo de nosotros en voz alta.

No he venido para decirte lo que ya te susurró el viento en los oídos, sino para mostrarte lo que le he contado a las hojas con mis manos.

Comenzaré diciendo que yo nunca eché raíces en tu corazón, simplemente me dejé crecer en tu pecho.

También debo informarte que fuiste tú quien me enseñó que la libertad no está afuera de la jaula, sino adentro de la cabeza. Así que de una vez aprovecho para darte las gracias, pues llegaste para desatarme el nudo que tenía en las alas.

Contigo aprendí que en el amor todos te enseñan a volar, pero no cualquiera te dice cómo aterrizar.

Te di mis llaves porque sabía que te encerrarías conmigo, aunque bien pudiste haberme dejado atrapado sin ti.

Y hablando de dar, recuerdo haberte dado mi tiempo a cambio de tu reloj.

Nos tuvimos tan cerca, que ahora somos uno desde lejos. Dejamos de ser un par de distancias para transformarnos en una sola.

Antes de ti, ninguno de los dos era para el otro. Fue hasta después de nosotros cuando nos volvimos nuestros.

Contigo terminaron todos mis principios, te volviste mi último comienzo y también mi final más eterno.

Todavía no conozco un lugar que se parezca a ti, eres la mejor historia que aún no me termino de contar.

3:15.