Pensando la Internet de las Cosas

La adopción de los objetos inteligentes encienden algunas alarmas que no deberíamos descuidar.

Siempre que intento explicar en qué consiste la Internet de las Cosas -objetos de la vida cotidiana con capacidad para reunir información, conectarse a internet para compartirla y ejecutar alguna tarea en base a ella- lo primero que me viene a la mente son ejemplos de cosas con escasa utilidad para la mayoría de las personas. Como un un lavarropas inteligente, que podemos programar desde el teléfono, pero que previamente tuvimos que llenar con la ropa y el jabón a mano.

Hace poco me topé con la idea de las cerraduras inteligentes, definitivamente son un mejor ejemplo de cosa inteligente. Estas ok-i-dokeys, se pueden complementar a la cerradura de una puerta, de tal forma que se pueda abrir con la llave de siempre, pero además pueda abrirse cuando nos acercamos con nuestro smartphone, una pulsera o un llavero con un pequeño chip. Desde una app o la web podemos decidir en cualquier momento qué personas tienen acceso o no a la puerta, consultar si la misma está cerrada, programar acceso por horas o por días. Pensemos en las ventajas para usarlo en oficinas o espacios de uso común o en propiedades en alquiler temporal, o cuando invitamos alguien a casa.

Mientras pensaba en las cerraduras, empezaron a surgir algunas inquietudes sobre los puntos flacos del sistema y los problemas que pueden traer, que veo comunes a muchos objetos inteligentes.

El funcionamiento del objeto depende del servicio externo.

En principio estos objetos necesitan conectarse a un servicio en Internet provisto por la empresa correspondiente para funcionar o para ser controlados por el usuario. No parece tan ‘smart’, pero es así.

¿Qué pasa si la empresa interrumpe el servicio? (la pregunta de fondo es ¿A quién pertenece el producto?)

Revolv, el producto que Google decidió inutilizar

Esta semana estuve leyendo acerca de la criticable medida de Google respecto a los smart home hub Revolv. Éste aparato permitía conectar múltiples objetos inteligentes en una casa y gestionarlos de forma centralizada desde una aplicación en el teléfono. No vendieron lo suficiente y decidieron discontinuarlo, quitando además el soporte a los ya existentes. Hasta ahí bien, feo, pero bien. El problema es que además anunciaron que directamente van a desactivar todos los hubs de sus clientes. Necesita sí o sí conectarse a su servicio online para poder trabajar… por lo que si bajan el servicio el aparato que compraste solo sirve de pisapapeles.

Google -en este caso- no solo tiene control sobre tus datos, sino que también controla tus cosas.

Seguridad y privacidad

La cerradura inteligente descripta más arriba puede ser muy práctica. Pero nos expone a nuevos riesgos: que alguien pueda hackearla y abrirla sin autorización, o que acceda a sus datos (quien entra o sale, a que hora, etc), o que la empresa decida dejar de actualizarla ante posibles vulnerabilidades. ¿Qué pasaría si una actualización de software fallida bloquea todas las cerraduras, o peor las desbloqueara?

Muchos de estos objetos no poseen la capacidad computacional para implementar algunos mecanismos de seguridad que son necesarios, como la encriptación.

La Internet de las Cosas requiere un debate urgente acerca del derecho a la privacidad de las personas y los límites para empresas y gobiernos, respecto al control sobre los datos que todos estos dispositivos envían permanentemente a la nube y el uso que se hace de los mismos. Ya sabemos cómo viene la mano gracias a Snowden.

Estándares

Quiero creer que no es posible la Internet de las Cosas sin un conjunto de estándares para las conexiones y los protocolos que implementen los objetos inteligentes.

Pero hay pistas de que las empresas prefieren los modelos cerrados, donde estemos cautivos de la tecnología que venda uno u otro.

Para ilustrar la contraposicion: el correo electrónico es un estandar. Uno utiliza el servicio que prefiere: Gmail, Outlook, Yahoo!, o uno propio y puede escribir a cualquier otro usuario, independientemente del servicio que utilice. Por el contrario las aplicaciones de mensajería se deshicieron de los estándares y profundizaron los sistemas cerrados: Whatsapp, Hagouts, Facebook Messenger, sólo permiten comunicarnos con usuarios de la misma plataforma.

Algunos plantean que solamente el hardware y software libres pueden permitir el desarrollo de una Internet de las Cosas realmente abierta, y la AllSeen Alliance está trabajando en ello, no se con qué expectativa de éxito.

Nuestro futuro próximo estará rodeado de objetos conectados, y probablemente vayan a mejorar nuestra vida en muchos aspectos. Pero es necesario que prestemos mayor atención a los riesgos que puede significar la Internet de las cosas, sobre todo a nuestra seguridad y privacidad. Los hechos parecen mostrar que ni los gobiernos ni las empresas están demasiado preocupados por cuidar nuestros derechos en este terreno.

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