Las batallas por el televisor.

El problema con mi papá siempre ha sido la televisión. Lo era de él con mi mamá cuando yo era pequeño; pero, al ya no estar ella, heredé la responsabilidad de intentar vencer el monopolio de sus dedos sobre el control remoto y automáticamente, sobre nuestros ojos.

Considero a mi papá un fan de corazón de la televisión abierta. Aún llegando a nuestro hogar la televisión por cable, sus elecciones iban dirigidas en su mayoría a los canales nacionales.

-Si nada más ves esos canales voy a cancelar el cable- le decía en un principio -¿Cómo por qué?- contestaba y subía el volumen; mi mamá se olvidaba por un momento del libro que leía para enviarme una mirada de -O lo cancelas tú, o lo cancelo yo-. Y mi papá, mi papá se había quedado dormido.

De Lunes a Viernes la increíble cartelera nocturna que nos ofrecía contenía 2 elementos base: a) programas de cómicos sin gracia ni alma junto a chicas exuberantes vistiendo minifaldas más grandes que el talento que cada una poseía; y, b) películas en blanco y negro del maravilloso y siempre heroico cine mexicano.

No importaba el día ni la hora: el cabrón siempre se las arreglaba para encontrar lo peor.

Hace mucho, en los fines de semana cuando no teníamos TV por cable tomábamos un respiro al ser estos exclusivamente para el fútbol nacional. Sí, sí entiendo que de plano no había nada mejor que ver; y aparte lo acepto, me gustaba el fútbol nacional. ¿Qué esperaban de mí a esa edad? Era un pelele.

Actualmente y desde hace mucho tiempo tenemos TV por cable en el televisor principal. Y sí, también se ve mucho fútbol nacional en él.

Fútbol nacional por las tardes, fútbol nacional por las noches.

Y, gracias a la comercialización masiva del fútbol, el mundo de la televisión otorga partidos todos los días, a todos horas; al menos ya vemos la Premier League, la Bundesliga y a los italianos de vez en cuando.

No sé si tanto fútbol nacional los fines de semana de mi niñez y adolescencia hicieron crecer en mí un sentimiento de repudio hacia él; o es en verdad tan (pero tan) malo que ya en una edad adulta opté por no verlo.

Hace poco miramos el segundo tiempo de un partido; al terminar el juego el señor cambió al canal diferido para ver el primer tiempo del mismo partido; y lo dejó ahí cuando comenzó nuevamente el segundo tiempo que habíamos visto una hora antes.

-¿Para que lo miras de nuevo si ya sabes cómo quedó? — le pregunté. -¡Ah! Es que estuvo bueno- contestó y subió el volumen. A los 10 minutos del segundo tiempo mi papá, mi papá se había quedado dormido.

Desde que heredé la responsabilidad intento elegir algo agradable para que veamos ambos -No me gustan las series- me dijo alguna vez – Eso de que tenga que ver todos los capítulos, me da pereza. Se me hace eterno- remató.

-Inténtalo un día. Mira, puedes ver esta serie -mi hermana puso play a una serie que sorprendentemente capturó el interés de mi señor padre. -Ahorita me pongo el segundo capítulo- dijo al final del primero. Y así fue, mi hermana me platicó que este hombre puso play al segundo episodio e inmediatamente se levantó a lavar los trastes, salió a platicar con mi tía cuando ésta llegó a buscarlo; y se fueron y tardaron, y jamás regresó a ver el segundo capítulo.

Después de esas acciones mi hermana y yo recordamos aquellos días cuando en el cine existía la permanencia voluntaria. A mis papás no les importaba a qué hora iniciaba la película ni se molestaban en revisar la cartelera. Ellos caminaban al cine, y aunque la película estaba en sus últimos quince minutos, se metían a verla; total, la película terminaría y esperarían a la siguiente función para descubrir por qué el personaje principal le disparaba a un sujeto que parecía ser su compañero en un caso. -Le disparó porque lo traicionó…- me dijo -… pero yo ya lo sabía, ya ves que me gusta mirar las películas al revés-. Yo sólo pude elevar mis ojos al cielo.

Como las series dejaron de ser una opción, ahora busco películas para que veamos ambos. Desafortunadamente me encuentro en mi época más hipster; esa época donde busco ver algo que nadie más haya visto para sentirme superior, hacerme el conceptual y alardear frente a los amigos el fin de semana. Todo esto a cambio de un: -Ya eres bien puto hipster, carnal-.

Mi última elección fue una película horrible de hora y media. Sucedió en uno de esos extraños días en los que le gano el televisor a este señor; días tan extraños como encontrar un bote de la basura en el metro, o una actitud alegre por parte de las taquilleras.

Mi papá salió de su habitación faltando aún una hora para el final. Caminó como alma en pena por la sala y frente al televisor por 7 minutos; después se sentó en el comedor por 10 minutos más. Miraba su teléfono y se reía. De reojo podía notar su mirada clavada en mí como esperando a que yo le preguntara -¿De que te ríes? — pero me concentré tanto en la película, y la película era tan mala, que me quedé dormido.

Algunos ruidos, como mi padre barriendo el patio, o lavando los trastes me traían por un segundo de vuelta para después volver a caer dormido.

Cuando desperté por completo a la película aún le faltaban 10 minutos para el final; y cuando miré el lenguaje corporal de mi papá sentado de nuevo en el comedor, se leía la ansiedad por robarme el control que yo atesoraba en mis manos, y cambiar al canal del cine nacional para seguro encontrar por milésima vez “Escuela de Vagabundos” o la del puto “Cascabelito”.

Sí, mi papá es muy del cine nacional. Cantinflas, Capulina, Pardavé y en películas más recientes, las de Jaime Camil como protagonista; es una regla que al siguiente día me cuente la película y yo me haga a lado del estéreo para subir el volumen. Igual es fanático de algunas producciones Hollywoodenses que ya haya visto cien mil veces como la del negrito ladrón enano que se hace pasar por bebé. O la del mismo negrito con su hermano; esa donde se hacen pasar por mujeres. Dios mío. Estoy seguro que ni ellos las miraron tanto.

Desde que heredé la responsabilidad soy el que más tarda en ver series en todo el mundo: No sé quién ha tardado más: si yo en ver 13 Reasons Why o el protagonista en escuchar todos los cassettes. Definitivamente he tardado más que la indecisión de Ted Mosby por quedarse con Robin Scherbatsky; y he tardado más que los productores de Los Simpson en darse cuenta que su serie ya no vale ni tantita madre desde hace 10 años. Y todo, todo esto se lo debo a la maldita batalla por el televisor.

Hoy, cuando llegué de visita, lo vi platicando en el patio con sus hermanos. Había botanas y cervezas. -Hola a todos- dije, y mi primer pensamiento fue -Perfecto, está distraído, veré un capítulo, jejeje- reí mientras elevaba una risa diabólica al cielo.

Entré directo y con paso veloz a tomar agua, pasé rápidamente al baño a lavarme las manos, y cuando salí, el televisor ya estaba encendido en el canal de los deportes; y él, él ya estaba sentado en el sillón.

Dejé salir un grito mudo y elevé mis manos en forma de garras al cielo desde la puerta del baño; me recosté en el sofá cama rojo que hay en la habitación de mi sobrino, y suspiré.

Al salir de nuevo, en el televisor pasaban una película de Viruta y Capulina junto a unos títeres en blanco y negro; uno de esos títeres era el puto “Cascabelito”. Y mi papá, mi papá se había quedado dormido.