El remordimiento me es difícil de procesar

Debido a una embolia mi mamá perdió la capacidad de hablar en un 90% y quedó paralizada de todo el costado derecho de su cuerpo.

Al año del infarto cerebral mi madre comenzó a intentar volver a caminar con la ayuda de un bastón; a veces parecía tenerlo dominado, lento, pero dominado. Otras veces no podía controlar ni sus extremidades buenas: las del costado izquierdo. En muchas ocasiones el peso le llegaba a ganar y cuando éste la mandaba de espaldas al piso mi papá alcanzaba a sostenerla. También hubo caídas cuando no había nadie cerca; en ésas la encontrábamos atrapada entre la silla y la mesa, gritando y llorando por el susto y la desesperación.

Debe ser horrible que la mitad de tu cuerpo no te responda; y debe ser peor aún si tienes un hijo como yo.

Durante esos días su pie derecho comenzó a endurecerse en una posición parecida a la de una gimnasta rítmica haciendo puntilla; como cuando estiras el pie para sentir la temperatura de la alberca antes de lanzarte a ella. A cada semana que pasaba el pie se le deformaba más, los últimos días cuando hacía sus caminatas, prácticamente caminaba sólo con la punta.

Recuerdo que la abuela materna sufría algo parecido en su pie derecho; éste en su caso, iba girando hacia dentro, como si el dedo pulgar quisiera tocar la parte interior del pie izquierdo. Cuando la vi después de varios días su pie estaba totalmente volteado en un ángulo de 90º; al caminar, la punta de su zapato derecho chocaba con el talón del pie izquierdo. Al hospitalizarla días antes de su muerte notaron que en su pie izquierdo, el roce de la uña con la carne le habían provocado una abertura donde a simple vista se notaba la carne viva; y si apretaban la herida, escurrían de ella pequeños coágulos de sangre mezclados con una gruesa capa de pus.

¿Qué hacía yo para ayudar a mi mamá? Nada; sólo regañarla porque me desesperaba que su pie no se enderezara. No le creía cuando me decía que no podía hacerlo y eso me frustraba y pensaba entonces que ella no se esforzaba lo suficiente y me hacía perder el tiempo y la paciencia cuando ella en verdad ¡no podía hacerlo! Esa parte de su cerebro estaba fundida pero yo no lo sabía — o tal vez sí. Yo no lo quería entender y me volví una persona insoportable para ella; tan insoportable que cuando llegaba a su casa de entrenar fútbol no entraba a su cuarto a saludarla para no tener que escucharla o ayudarla si me pedía auxilio para llevarla al baño porque si lo hacía yo explotaba y mientras caminaba a pretender ayudarle golpeaba los muros del pasillo y al llegar le gritaba ¡¿Por qué no intentas levantarte de la puta cama al menos una vez tú sola?! y la tomaba con fuerza del brazo y ella me miraba asustada mientras la recargaba en mi hombro y cuando caminábamos hacía el baño lo hacía demasiado lento con su pie enchuecándose cada puta vez más y más y más y yo pensaba ¿en qué chingado momento mi vida se convirtió en esto?

Como si en serio hubiera sido una pérdida de tiempo para mí el ayudarla cuando más me necesitaba.

Por la embolia le costaba mucho pronunciar las palabras; nosotros nos habíamos dado cuenta que era capaz de formar enunciados en su mente pero la boca no la seguía; algo en el camino entre una y otra estaba totalmente despedazado. Por lo mismo su repertorio consistía en 4 o 5 palabras y frases de las que yo estaba harto por escuchar a diario durante los últimos años. Algún día mientras comíamos se le ocurrió intentar preguntarme algo con la boca llena y yo al ver que no podía, me desesperó y le dije: Primero traga y luego intentas hablar. Mi papá se levantó de la mesa y con un grito me ordenó que me callara, es la única vez que lo he visto mirarme de esa manera. Me fui, dejé la comida a la mitad, dejé a mi mamá llorando y con su interés en preguntar sobre mi vida y me largué a la calle enojado porque sentía que ella no se daba cuenta que me molestaba mucho que no se esforzara por hablar bien.

Era claro que lo intentaba pero no me entraba en la cabeza que esa parte de su cerebro ya estaba quemada, frita ¡y hecha mierda! Que ya no había vuelta atrás, que ya no sería la misma mujer que me vio crecer.

Prefería enojarme y estallar en lugar de intentar entenderla.

Mi mamá murió pasados cinco años de la embolia. Lo hizo un día después de mi cumpleaños. Desde ese momento supe que algo había elegido esa fecha para recordarme por siempre la mierda de persona que fui con ella.

Pero al contrario de lo que se pueda pensar, no me he atormentado por eso. Claro que he llorado por ella, sin embargo jamás ha sido por arrepentimiento ni por cargo de conciencia. Lloro porque la extraño, no porque me duela recordar haberme portado como un puto imbécil en sus últimos días.

Para mí el remordimiento me es difícil de procesar.

Sé que siempre todo el mal que haces, tarde o temprano terminas pagándolo; sí, aunque lo ignores, aunque te quites, aunque te hagas pendejo; aunque te lo arranques, aunque te lo rasques, raspes o arrastres, el cobro llega, y puede manifestarse en cualquier forma.

Hace dos meses comenzó un dolor en el talón y tobillo de mi pie derecho. Busqué un ortopedista porque me vi obligado a dejar de ir a entrenar fútbol debido a la molestia. Le dije al doctor que cuando camino bajo la mirada para observar mis pasos; el pie izquierdo lo hace sin problemas pero el derecho se tuerce un poco hacia el interior al levantarlo del piso. Al principio pensé que sería alguna anomalía con los tenis nuevos, pero el pie siguió igual cuando nuevamente utilicé los viejos. Le dije que hay días que al despertar y retirar las cobijas de mis pies, la punta del diestro está señalando a su igual izquierdo; siento como si la planta de mi pie quisiera torcerse en algún momento para mirarme desde abajo.

Hace tres semanas que el dolor desapareció, a cambio comencé a caminar sobre el costado exterior de mi pie. El ortopedista dice que lo hago sobre los metatarsianos, los huesos siguientes a los dedos. El doctor llamó al Traumatólogo, entre ambos intentaron colocar una férula para detener la malformación, mi pie no cedió. En una persona de tu edad no es común esta situación, me dijo.

Han pasado cinco días desde que mi pie está completamente torcido hacia el interior de mi pierna; puedo ver la planta de éste mirándome cada vez que despierto. Ya no puedo caminar sin la ayuda de un bastón. El doctor llamó al Quiropráctico, ambos vinieron a mi casa e intentaron regresar el pie a su lugar; no pudieron moverlo ni un milímetro, pareciera que está soldado al costado de mi pierna.

El doctor llamó en la mañana, dijo que prácticamente estoy apoyando con la base del peroné, el hueso delgado de la pierna, y que no faltaría mucho para que se quiebre en pedazos debido a todo el peso que le recargo. Tartamudeé al intentar responderle.

Por la tarde me reuní con los tres y entre modelos de cerámica, posters de huesos, placas y batas blancas, me dijeron que lo mejor sería la amputación inmediata. Mi mente gritaba que no, más mi boca no se movió para nada. Mi silencio les otorgó la decisión.

Tengo una hora escribiendo esta nota en la sala de espera mientras el doctor prepara todo para la operación. Tengo que decirle que desde hoy he comenzado a tener problemas para hablar.