Carmelo sobre Jordan, todos los días de la semana.

Carmelo Anthony con la voz quebrada y al borde de las lágrimas no sólo me recordó porque amo el basket, sino que también me hizo pensar en la historia de dos músicos que conozco.

En el periodismo del basket se habla mucho de la forma en la que tu legado será juzgado en los anales de la historia. Antes, tú carrera como uno de los grandes del Monte Olimpo sólo era justificada por ganar un campeonato, llevar a tu equipo a la victoria en el último juego de la postemporada, ser quien gana el último juego cuando todo el resto de las franquicias descansa. En años recientes, la discusión se ha centrado en que tienes que ganar de la forma “correcta” y esta generalmente tiene que ver con no unirte a otros grandes jugadores para conseguirlo, en ser una especie de asesino despiadado que no se toque el corazón en lo absoluto con tal de ganar.

Siendo realistas, Carmelo Anthony nunca ganara un campeonato: rebasa los treinta años, juega para una franquicia que no le da alegrías a su ciudad en décadas y se ve difícil que pueda algún día superar a su amistoso rival, LeBron James, quien es para todos efectos y propósitos, el Amadeus de su Salieri. Carmelo y todos los jugadores que han jugado en el siglo XXI siempre serán juzgados para bien y para mal bajo el barómetro más severo, la sombra de Michael Jordan, el deportista más emblemático y exitoso del hemisferio occidental contemporáneo junto a Muhammed Ali. Jordan con sus seis campeonatos, cinco títulos del más valioso y diez títulos de anotación es el estándar dorado para cualquier atleta: un hombre que hizo lo que quiso, aminoró a una generación talentosísima de manera humillante y que en cierto momento superó al deporte mismo. “Be like Mike” era el slogan de su campaña publicitaria y todos nos lo tomamos a corazón, juzgando los logros de todos los que no fueran como Miguel, todos los que no tuvieron un arco narrativo tan impecable (exceptuando su breve estancia con los Washington Wizards, claro está), incluyendo a un Carmelo Anthony con todo y su título universitario, sus tres medallas olímpicas y estadísticas que nos deberían de dejar con el ojo cuadrado y la mandíbula en el teclado.

Michael Jordan siempre lo quiso más, podía aventar a su madre del tren con tal de ganar un juego, traicionar a su mejor amigo con tal de calificar a los playoffs y vender la alma de sus hijos con tal de ganar el campeonato (estas son sólo suposiciones mías, pero no me digas que no te sorprenderías si no te enteraras que alguna de estas fuera confirmada), humilló a sus amigos (pregúntele a Charles Barkley) y movió y manipuló, sin importar nada con tal de lograr su objetivo final. Y ni siquiera hablemos de su postura política neutral que se resumía en la lastimera frase de que los “republicanos también compran tenis” cuando se le preguntó porque no hacía nada al respecto.

Carmelo por su parte, nunca va a ser considerado uno de los grandes, porque tú sabes, es muy agradable. Es un atleta elocuente e inteligente, que ha apoyado a su comunidad y ha tenido una postura política coherente que ha defendido a capa y espada, que ha participado en cuatro Juegos Olímpicos consecutivos como una cuestión de deber patriótico y se unió a un equipo sin un gran equipo, porque quería llevar el trofeo más importante a la mecca del deporte, quería ser la estrella que por fin regresara la tradición de la victoria a la Gran Manzana. ¿En que momento tiene más valor esto que lo anterior? ¿En que momento, como sociedad decidimos que era más importante celebrar logros atléticos impresionantes si, pero que al final son huecos en el gran esquema de las cosas? ¿En que momento dejó de importar el como te comportas como ser humano dentro y fuera de la cancha?

Y pienso en estos dos músicos que conozco. No entraré en detalles, pues de entrada no me interesa crear controversia donde no existe, sólo expreso una idea que ha bailado en mi cabeza constantemente en tiempos recientes y es la opinión de alguien que para bien y para mal respeta e incluso quiere a ambas partes.

Por un lado existe este músico, un hombre de buen ver y posición económica privilegiada que lidera un proyecto increíblemente exitoso pero que es detestado de manera universal por la crítica y un importante número de personas que se toman demasiado en serio la música y la vida de quienes la crean. Seguro, el tipo la ha cagado de manera gigantesca en más de una ocasión y me queda claro porque mucha gente nunca podría encantarle lo que hace. Demonios, a mi tampoco me encanta. Pero la reacción que provoca en la gente, pensarías que estamos lidiando con un nazi machista que intentó robarse la navidad. Nunca he entendido el rencor tan tóxico que provoca en la gente. El tipo es una de las personas más educadas, agradecidas y apasionadas con la música que he conocido en la vida. Es trabajador y disciplinado y cualquiera errores que haya cometido en el pasado, los ha superado, porque todos tenemos tenemos derecho a un segundo acto y él se lo ha ganado a pulso.

Por otro lado están esta otra clase de músicos, que si bien también son exitosos, no lo son a la altura del previamente mencionado. La crítica los venera y cierto público los aplaude, como ejercicio de contraste, pues ellos si hicieron las cosas “de la forma correcta”. Ellos cuentan con suficiente credibilidad para comprarse una mansión en una realidad donde esta característica también sirve como tipo de cambio. La gente alabará sus pasos y siempre celebrará su culto, porque ellos lo hicieron bien. Sin embargo, estos los impulsa un rencor implícito, tras bambalinas son divas de mucho mayor orden, que tratan con desdén a aquellos con quien trabajan, caen en actitudes aún más nefastas que aquellas del primer ejemplo, pero no sólo son justificados, sino incluso celebrados porque ‘son reales, tienen crebidilidad’, porque su música obedece los cánones de quienes dictan las tendencias.

Huh? ¿En qué momento se volvió más importante? No es mi intención, ni defender, ni atacar a nadie, todos los arquetipos aquí mencionados son encarnados por hombres exitosos que no necesitan esto. Simplemente pensar en Carmelo Anthony después de verlo llorar y como se le rompía su medalla me hizo pensar como habría quienes le quitaran importancia a sus méritos, simplemente porque no sigue el arco narrativo que nos han vendido como el correcto, el chido, el único. Yo me quedo con Carmelo sobre Jordan, porque al final del día los estadísticas y los méritos se palidecen ante ser un buen ser humano, una persona que se rigió en valores éticos y humanos antes que las características de lo que es creíble y aceptable. Pero ese soy yo. Mierda, yo sólo quería escribir un par de párrafos en Facebook y terminé escribiendo todo esto, decidí compartirlo por Medium porque hay ciertas ideas interesantes en esta expulsión súbita de palabras.

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