Just gonna have to be a different man / Time may change me /
But I can’t trace time…

Conocí a David Bowie como actor mucho antes que como músico. Mis papás, quienes nos educaron a mis hermanas y a mi con películas piratas que compraban en un tianguis que se ponía los fines de semana, llevaron un sábado a la casa Labyrinth y desde la primera vez que la vimos se convirtió en una de nuestras favoritas.

Desde aquella temprana edad declaré con certidumbre absoluta — aseveración que a la fecha permanece vigente — que esta película tenía mi final favorito. No entraré en detalle sobre esto en caso de que quien lea no haya tenido oportunidad de verlo.

Había algo que me inquietaba sobre la actuación de Bowie, algo que ahora entiendo como los primeros vestigios de curiosidad sexual que brotaban dentro de mi. Una carnalidad andrógina que me era imposible de entender, menos aún de verbalizar. La forma en la que se movía, como se robaba toa escena donde aparecía en pantalla sin el menor esfuerzo: Aventaba un bebé, se convertía en un búho, hablaba en un marcado acento inglés, caminaba gallardamente por construcciones arquitectónicas imposibles, gobernaba un mundo repleto de criaturas extrañas, anhelaba una vida diferente y era para mi, a mi joven edad, tan increíble, que era la única persona que me interesaba ver bailar.

Era el antagonista de la historia, pero no el villano. Intentaba seducir a una niña de quince años y bailaba con ella en una extraña secuencia repleta de motivos sexuales que en aquel entonces no podía comprender, pero que no podía dejar de ver con una extraña mezcla de miedo y emoción. Mantenía con el personaje interpretado por Jennifer Connely una relación de coqueteo y extrañas insinuaciones sexuales que hoy en día no podrías poner en una película familiar. En manos de cualquier otro, se hubiera sentido tétrico y hasta repulsivo. Pero era David Bowie. El tipo más sensacional del multiverso.

Ya mayores, Ana, la menor de mis hermanas y yo bromeábamos constantemente de cómo si ella hubiera sido el bebé, yo hubiera permitido que Jareth, el Goblin King se la llevara a su reino de absurdo mágico. Y la verdad es que sí: por supuesto que lo hubiera permitido.

Después de eso, vi The Man Who Fell to Earth y hace poco alguien a quien le platiqué de cómo la vi de pequeño con mi Papá, tuvo oportunidad de verla poco tiempo después en el Festival de Cine Internacional de Morelia, y señaló de como no entendía como es que me dejaron verla de niño. Pero así de cool era Don César Solari, quien me ponía 2001: A Space Oddissey, Robocop, Terminator y otras cosas que al resto de los churumbeles rapaces de mi edad o jamás les hubieran permitido ver tal vez no estaban educadods para tener la paciencia suficiente o mente abierta para ver.

La influencia e importancia de la música de Bowie en mi vida llegaría mucho tiempo después.

Empecé a obsesionarme con el rock n’ roll durante la adolescencia. Sin embargo, lo único que escuchaba en esos tiempos era punk rock y una que otra banda de rock alternativo o rapero de la década de los noventa. Mi estúpida rebelión adolescente me prohibía escuchar cualquier otra cosa que no fueran bandas que entraran en cualquiera de estas categorías, porque ¿cómo no iba ser fiel a la única música que importaba en el mundo? (Ya sé, perdón, era un imbécil. Sigo siendo uno, pero por lo menos soy uno con un criterio más amplio).

¿Quién cambiaría esto?…¿Quién creen? Eran finales de los noventa e iba en preparatoria. Tenía mi despertador programado para sonar cada mañana a las 6 de la mañana con Radioactivo 98.5, desaparecida estación de radio de la Ciudad de México, despertándome diario de mala gana para ir a la escuela. En algunas ocasiones lo que interrumpía mi sueño eran comerciales, en algunas otras, la conversación de los locutores y en el mejor y más afortunado de los casos, una canción. Mucho mejor si se trataba de una que me gustara.

Un día en ese punto que estás entre el estado de sueño y la realidad, escuché una canción que capturó mi imaginación. Ignoraba de quien se trataba, pero era algo de las cosas más increíbles que había tenido oportunidad de escuchar hasta ese punto de mi vida. Iniciaba de una forma que sólo podría describir como fantasmagórica, se elevaba sosegadamente a la par que el conteo descendiente de una nave espacial que estaba a punto de despegar era musicalizado por unos acordes de guitarra apenas audibles junto a un firme redoble de tambor casi militar. Estos explotaban cuando el uno se convertía en cero, un ascenso supernova, algo como lo que nunca había escuchado. Contaba una historia con un arco dramático, con giros de trama y con pathos y ethos. Hablaba de un Major Tom y éramos testigos de la que aparentemente había sido su última conversación con alguien del planeta azul. Cuando terminó, el locutor habló de cuan importante era este tema en su vida y aunque era la primera vez que la escuchaba, no podía estar más de acuerdo. Se me hacía tarde para meterme a bañar, pero no importaba: Permanecí en shock por un par de minutos, sentado silente sobre mi cama, analizando que había sido esta maravillosa cosa nueva que había llegado a mi vida.

De ahí fue cazar sus discos. Escuchar lo poco a lo que pudiera tener alcance en ese entonces de este hombre que regresaba a mi vida con una venganza. Que me obligaba a abrir mis horizontes.

Mentiría si aseverara que me gusta toda su música. Carajo, el tipo tiene como veinticinco discos, algunos de ellos malos. Pero con la misma honestidad y certeza también puedo asegurar que desde la primera vez que escuché The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars lo consideré el disco más perfecto (no mi favorito cabe aclarar, pero si uno de ellos) del primer track hasta el último. Aladdin Sane, Station to Station, Low y Diamond Dogs siguen emocionándome todavía y me traen toda clase de increíbles recuerdos. En repetidas ocasiones he reiterado como considero que “Velvet Goldmine” es el mejor b-side de la historia.

Hasta canciones como “Little Wonder” y “I’m Afraid of Americans” de discos que no me importan tanto como Earthling me encantan.

Mi referencia favorita de los The Venture Bros. (una serie particularmente obsesionada con David Bowie) y de las veces que más he reído viendo la televisión fue cuando Henchman 21 y Henchman 24 tienen el siguiente intercambio, después de que descubrimos que Bowie es el Sovereign, el líder de The Guild of Calamitous Intent (no pregunten y véanla):

HENCHMAN 21: Okay, so the Sovereign recorded Station to Station?
HENCHMAN 24: And Changesone! Love that album!

HENCHMAN 21: Could you be a bigger poser?! Changes is a best of!

Mi memoria más importante personal más reciente de David Bowie ocurrió hace aproximadamente tres años y medio, cuando viajé en carretera a Toluca junto con la persona que más he querido en la vida. Íbamos camino a ver The Avengers, el fin de semana que la estrenaron. Era la tercera ocasión que la vería en el cine en tres días y la primera que ella lo haría. Decidimos hacer el recorrido hasta allá porque en ese entonces estaba en un Cinepolis de esa ciudad la mejor pantalla del país y que mejor lugar para ver esta película que ahí, que mejor cosa que buscar pretexto para hacer lo que más nos gustaba: ir al cine. Mientras que el shuffle del iPod escogía al azar las canciones que musicalizaban el recorrido y que incluían temas de los Beatles, Stones y The Police, entrando a Metepec el algoritmo del gadget de Apple decidió en su fría pero extraña sabiduría poner “Modern Love”, un tema similar a la previamente mencionada “Little Wonder”, en el aspecto que me gusta muchísimo pero que pertenece a un disco que no me importa tanto (en este caso, el Let’s Dance de 1983).

Mis gustos musicales no podían ser más dispares a los de ella, sin embargo lo único que teníamos en común era un amor por las canciones de David, a quien ella descubrió por Rolf, un novio que su mamá tuvo y que cuando niña le presentó mucha de la música que hasta el día de hoy tiene mucha importancia para ella. Mientras que íbamos en camino a ver mi película de todos los tiempos y el ritmo de la batería acompañaba a Bowie contándonos como se paraba en el viento y nunca se despedía, pero lo intentaba, entendí aquella cita de Kurt Vonnegut que dice “And I urge you to please notice when you are happy, and exclaim or murmur or think at some point, ‘If this isn’t nice, I don’t know what is.’”

Hace unos horas anunciaron el fallecimiento de David Bowie y no he podido dormir. Pasé horas recordando, llorando, escuchando tantas canciones, viendo clips de sus películas en YouTube y lo único que podía hacer era escribir esto, un pequeño homenaje en agradecimiento a alguien quien nunca tuvo conocimiento de mi existencia, pero cuyo arte y existencia misma me marcó a mi y a mi a casi toda la gente a mi alrededor. Leo Twitter y Facebook y no hay nadie que no haya sido afectado por la noticia, todos compartiendo pensamientos sinceros y profundos, dolor y decepción, pero también agradecimiento y esperanza. Estoy seguro que todo mundo que conozco recordará en el futuro donde estaba y que hacía en el momento que se enteró de la noticia.

Gracias David Bowie. Fuiste el tipo más maravillosamente extraño de mis tiempos, el futuro encarnado y la sexualidad más elegante. Me acompañaste en otros momentos mucho muy importantes además de los mencionados en este pequeño tributo e influiste a prácticamente toda la gente que admiro, escritores, guionistas, directores, comediantes, músicos, artistas de todas las disciplinas, de la misma forma o mucho más que a mi.

Me voy a la cama con los ojos rojos y el corazón roto, pero extrañamente inspirado para intentar mi vida de una forma más arriesgada y extraña, como tú nos enseñaste. Por todo esto y más, gracias.