El castillo de Chemasburgo

Recuerdo el momento con la claridad reservada para los momentos verdaderamente importantes de tu vida.

Tendría unos cinco años y mi Mamá sufría de una condición que la obligaba a ir constantemente al hospital y mi Papá trabajaba, por lo que seguido teníamos que pasar las tardes al cuidado de la vecina, una mujer llamada Maricruz. Maricruz vivía con su hermano, su cuñada y sus dos hijos Anuar y Miguel. Anuar era un par de años mayor que yo y Miguel un par menor que yo, por lo que jugaba con ambos. Anuar era un niño de lentes de botella al cual yo recuerdo gigantesco, tan monumental como ves a todos los niños mayores que tú a esa edad. Muchos años después, mis papás contaron que había problemas de violencia doméstica fuerte en esa casa, debido a que Anuar le ponía sus madrizas a sus hermano y tal vez fue porque no recuerdo muchas ocasiones más ahí. Además, al poco tiempo nos mudamos, pero ¿qué pedo mis papás arriesgándome a que Anuar me pusiera una putiza?

La noche anterior había visto Empire Strikes Back en la TV. Recuerdo a mi Papá, Dios bendiga su corazón, quejarse de como una película podía acabar en un momento de tal suspenso como lo hizo esta película. A mi obviamente no me importaba nada mas que saber como concluiría la historia y en una era donde bajar una película en cuestión de minutos era una fantasía a la par de un opera espacial, discutía, sentado sobre una pequeña estructura de ladrillos grises en el patio de la casa localizada en la colonia Ceylán en el Estado de México, que es lo que acontecería después en la saga al igual que es lo que había acontecido en el pasado, antes de que la posibilidad de las precuelas pudiese ser algo real.

“Darth Vader cayó en un volcán ardiente” advertía un clarividente Anuar que evidentemente había visto Return of the Jedi pero que ni idea tenía de que esto era lo que terminaría pasando en Revenge of the Sith “es por eso que usa una mascara”. La revelación inició una sinapsis en mi cabeza que provocó más preguntas que respuestas; imaginaba el planeta donde ocurrió, el contexto, el volcán, el calor ¿quién lo aventó? ¡Que trágico, que fuerte! Era algo que pensaba noche y día, ocupaba mis pensamientos más que cualquier otra cosa que me enseñaran en la escuela, claro, en ese entonces la enseñanza tenía más que ver con iluminar utilizando pintura de agua y aprender las letras y números utilizando cancioncitas zonzas.

Independientemente de que para estas alturas, Star Wars ya nos reveló mucho de lo que pasó antes e incluso también después, tener una conversación similar y las revelaciones posteriores que en cierta medida me forjaron en la persona que soy en la actualidad serían imposibles. Y es que con internet, hemos perdido la capacidad de conjeturar absurdamente. Un par de clicks en un teléfono que contiene más tecnología que cualquier computadora que se haya utilizado para llevar al hombre a la luna (!) puede resolver en cuestión de segundos las disputas más triviales. No me malinterpreten: el tener acceso a esta tecnología es algo salido de las fantasías más alocadas de la ciencia ficción del pasado, es la torre de Babel conectada por ondas de radio a lo largo y ancho del planeta. Uno de los precios más costosos que hemos pagado por un regalo de esta magnitud es la perdida de la capacidad de imaginación que utilizábamos en la ausencia de ello.

En la actualidad vemos Games of Thrones, en muchas ocasiones, haciendo uso de dos pantallas: aquella que proyecta la acción y una segunda donde debatimos colectivamente en tiempo real la acción que se desenvuelve ante nuestros ojos. La mente colmena, en la más pura exhibición de trabajo colectivo, resuelve los misterios de las tramas antes de que estos sean tengan oportunidad de ser totalmente expuestos.

Anoche sin embargo, vi el final de (¿temporada? ¿de la serie? ¿de la historia?) de Twin Peaks, una serie que regresó 26 años después de haber capturado la imaginación de ciertos sectores del mundo. Una, que quiero imaginar, inspiró durante la transmisión de sus dos primeras temporadas, miles de teorías, conversaciones y textos que trataban de darle sentido a un programa que rompía con todas las nociones asociadas con la televisión en su momento. Yo conocí Twin Peaks muchos años desde que se transmitió por primera vez, gracias a los Simpson y este momento clásico.

Y efectivamente, yo tampoco tuve idea de lo que pasaba, es más: a la fecha aún no la tengo. Pero al igual que me pasó a los seis años (poco tiempo después de mi conversación con Anuar) y vi 2001: A Space Odissey, sentí que me estaban dando acceso a rincones de mi cerebro a los que antes no se me permitía y como si se tratase de un videojuego, liberaba logros intelectuales que facilitaban la travesía del vivir diario. Bueno, tampoco, no es como si hoy en día estuviera resolviendo complejas ecuaciones matemáticas en las ventanas.

Twin Peaks regresó y trajo consigo algo que pensé imposible volver a presenciar en la era de la sobre-información: la capacidad de misterio, de la ambigüedad. Mientras que descubrimos que la mantra en The Leftovers era “Let the mystery be” (o deja que el misterio lo sea); la mantra de Twin Peaks bien pudo ser una tipografía extraterrestre escrita con heces de camello sobre un mantel en llamas en el trasfondo de Paris en 1924.

David Lynch y Mark Frost nunca se preocuparon por contestar preguntas o por que su audiencia se sintiera confundida o atacada, es más creo que se regocijaban en ese hecho precisamente. Narrativa poco convencional, silencios largos, momentos que parecían salidos de las pesadillas del más pretencioso de los artistas de video instalación convivieron con situaciones cómicas, desarrollo de personajes y estructuras convencionales. Mucha de la narrativa contemporánea busca dar respuestas, sin embargo Twin Peaks se apega al viejo adagio de que el gran arte es aquel que hace preguntas. El que te saca de pedo, el que no te deja dormir, como a mi anoche. El día de hoy me la he pasado leyendo teorías de fans, muchas muy rebuscadas, algunas muy bien escritas, ninguna esbozando certeza y todas llenas de una cualidad común: imaginación. Que cabrón cuando el arte inspira este tipo de cosas, aún en los tiempos donde esto parecería imposible.

Más preguntas y menos respuestas en mi narrativa de paro. Pinche Anuar, seguro ni se acuerda pero fue un precursor de la especulación del nerdom. Un pionero vanguardista.

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