“Oh, todo está tan tranquilo. Oh, todo está tan quieto” susurra la cantante islandesa Björk con aquella voz tan dulce, tan suya. Pareciera que la dama de la juventud eterna nos canta directamente a nosotros, almas del fin del mundo. ¿Será que ella también se pregunta qué hay detrás del silencio que recorre los pasillos de la Casa Rosada? ¿Será que ella también quiere saber qué pasa con la verborragia apabullante de la reina de los argentinos y argentinas?
Hagamos un poco de memoria. El ejercicio siempre viene bien para poner en orden la serie de eventos que hacen a la historia colectiva de un pueblo. ¿Qué sucesos nefastos tuvo que afrontar Cristina Fernández en estos últimos años? ¿Qué la llevó a esta suerte de exilio programado? Veamos.
El 27 de octubre de 2010 la presidenta perdió repentinamente a su marido y compañero de vida—de todas ellas—, el ex mandatario Néstor Kirchner. Inmediatamente adoptó la oscuridad del luto como insignia personal. No se dejó abatir por el fantasma de la muerte y prosiguió la interminable carrera hacia la cima del poder.
Más tarde, hacia fines de 2011, le diagnosticaron un carcinoma papilar tiroideo tras el cual debió someterse a una intervención quirúrgica el 4 de Enero de 2012. Esto la mantuvo alejada de sus funciones gubernamentales durante aproximadamente 20 días. El vicepresidente, (el no tan) Amado Boudou, quedó momentáneamente a cargo del trono.
La presidenta regresó. Resurgió de las llamas, como el fénix. Las consultas por inminentes brotes de insurrección tiroidea se dispararon, un poco como el dólar. De pronto, todo un pueblo tuvo miedo de padecer las enfermedades de aquellos que atesoran el poder. El 2012 transcurrió sin mayores problemas, aunque claro, eso es simplemente una forma de decir.
El cuerpo de la primera mandataria volvió a presentar signos de abatimiento en Agosto. A raíz de un aparente traumatismo de cráneo, la jefa de Estado presentó una colección subdural crónica que la llevó de regreso al quirófano. La operación, dicen, fue todo un éxito. Un mes de reposo y todo volvería a la normalidad. No obstante, la Argentina de las décadas ganadas comenzaba a hacerse preguntas. Algo empezaba a no cerrar.
¿Estaba o no realmente recuperada la presidenta? ¿Estaba en condiciones de tomar las riendas de un país al límite?
El interrogante comenzó a tomar fuerza a medida que se acentuaba su ausencia. Atrás parecieron quedar los discursos histriónicos, las emblemáticas apariciones televisivas, la defensa acérrima del modelo. Atrás pareció quedar la obsesión mediática.
Lo cierto es que ella volvió. La reina volvió una vez más, demostrando que nada ni nadie sería capaz de arrebatarle su lugar de privilegio. Regresó y con ella los colores en su vestidor. Los meses pasaron. El mundo hacía eco de la cronología de su estado de salud. El mundo también comenzó a sospechar de la veracidad de los comunicados oficiales. Todos querían saber qué había sido de aquella efervescencia nacional y popular.
Mientras tanto llegó el verano y con él el yugo de un modelo energético deficiente, la ola de calor y violencia, los cortes de luz y de calles, los acuerdos de precios, la devaluación galopante, el “que se vayan todos”. La historia de siempre. Pero algo cambió.
Ella volvió. Sí, ella volvió. El poder es un seductor nato y embriaga como el mejor de los vinos. Ella no va a resignarse tan fácilmente. No obstante, ya no mueve las piezas con la misma determinación que antaño. Es más, todo pareciera indicar que las reglas del juego están a punto de cambiar.
Mucho se especula con respecto a la fragilidad de su salud. Algunos dicen que ya no es capaz de lidiar con una situación tan compleja como la conducción de un país. Otros, en cambio, afirman que ella aún gobierna.
¿Será que ha perdido la pulseada y se dispone a nombrar a su heredero? ¿O será, acaso, otra estrategia de juego?
Lo cierto es que un silencio de estado reina con total impunidad. Nadie decide ser la voz del pueblo. Nadie hace uso de las cámaras para explicar la situación actual de los argentinos y argentinas. De echar culpas no brota una nación. Pisoteando los intereses de la ciudadanía no se fortalece la identidad colectiva.
¿Quién le explica al pueblo la acefalía de cuerpo y alma? Ya no sirve el silencio. Ya no nos aplacan las elusivas. Ya no queremos un aparato político devaluado. En la Argentina del 2014… ¿Quién se anima a ofrecernos un “plan verdad”?
Las palabras resuenan en lo más profundo del inconsciente colectivo. Pero no hay respuestas. Sólo se oye el grito ahogado del silencio.
“Oh todo está tan tranquilo” “Oh, todo está tan quieto”.
Mientras tanto, la sensación de vacío nos carcome por dentro.
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