Si no grito me va a matar

Vivíamos en una vecindad de la colonia Doctores que olía a aceite quemado, mi familia nos había ayudado para poder rentar un departamento que se parecía más a una bodega con una cocineta y un bañito. Fuimos novios los últimos dos años de la universidad y un par de meses al egresar.
Apenas si nos alcanzaba para pagar la renta, el internet, la luz, el gas y la comida. Pedí un préstamo bancario para comprar un colchón, una vajilla y una cafetera. Por suerte, me gané una televisión en la posada del trabajo y pudimos entretenernos viendo películas.
Yo tenía 21 años y redactaba noticias que traducía de periódicos neoyorquinos. El editor nos pedía que copiáramos las notas más sangrientas del Post o del Daily News, y las adaptáramos a las páginas del periódico que se enviaría esa noche a alguna imprenta de Queens. Aunque nosotros estuviéramos sentados en un viejo edificio de la colonia Obrera de la Ciudad de México. Él, de 23, trabajaba como monitor de noticias en el turno de las 4 de la mañana de una empresa con sede en la Roma. Apenas si juntábamos 10 mil pesos entre los dos para sobrevivir.
El segundo día del 2012 llegó a la casa con un teléfono nuevo, yo no entendía cómo es que no podíamos ir al cine ni una vez al mes pero él sí podía darse el lujo de tener un aparato como ese.
Se metió a bañar y a su celular llegaron mensajes de una chica. Lo cuestioné mientras yo preparaba el desayuno y lo servía en los pocos platos que aún quedaban intactos. Semanas antes, durante un ataque de ira, me había estrellado en los pies la mayor parte de la vajilla.
Harto de que lo estuviera cuestionando, se le ocurrió golpearme. Traté de defenderme, lo quise empujar pero se burló de que no logré moverlo ni un centímetro. Rompió mis audífonos y lo que quedaba de la vajilla, estrelló el vidrio de un Joan Miró pirata que habíamos traído desde Guadalajara. Me aventó la televisión directo a la cabeza cuando yo le rogaba desde el piso que parara, me quitó mi celular y nunca le pude llamar a la policía o a mi familia. Algo lo hizo detenerse, tal vez se había cansado o sólo estaba recuperando fuerzas. Se puso a llorar en la esquina del baño y me culpó de haberlo orillado a ese nivel de violencia. Hasta ese momento, todavía yo no consideraba terminar la relación. Sólo quería parar el desastre, limpiarlo y seguir como siempre, sin decirle a nadie.
A pesar de llegué a esta ciudad huyendo de varios episodios de violencia física y psicológica en Guadalajara, creí ese rollo de que todo cambiaría con una última oportunidad y por eso me siguió hasta la Doctores.
Paró de llorar, recargado de ira, recordó que mi mamá me había regalado una laptop por haberme graduado de la universidad y corrió por ella, le faltaba romperla, pero por suerte logré salvarla. Apreté los labios y me di cuenta que su intención era hacerme todo el daño posible. Pensé en lo que sentiría mi madre si me viera muerta. Así que grité.
Y abrí la puerta para que supieran lo que ocurría. Una vecina salió y con señas me dio a entender que le pasara mis cosas y me metiera a su departamento. Fue ella quien le llamó a la policía.
Cuando los oficiales llegaron, entró en pánico, me amenazó de muerte, anticipó que su abuela moriría de tristeza al saber que su nieto favorito estaría en la cárcel por golpear a una mujer, y me culpó por ello. Cuando vio que ninguno de sus métodos lo libraría de que lo subieran a la patrulla me advirtió, con risas, que yo no podría vivir sola, mucho menos en esa colonia. Apenas llevábamos un mes ahí, en la zona que advierten en las guías de la ciudad no entrar.
La oficial me preguntó sobre los golpes en mi cara y lo negué.
¡Mujer, tienes el labio partido y un golpe en la frente!
Y hasta entonces me dolió.
Cuando vi el reloj ya casi era la hora de entrar a trabajar. Una vez que la patrulla se alejó de mi casa, volví a mi casa y me maquillé lo más que pude para tapar los golpes. Tenía que regresar a escribir noticias de violencia doméstica y aparatosos accidentes con titulares que hicieran burla al hecho. Mi falta de experiencia me hizo creer que no tenía motivos para faltar.
Durante el transcurso del día, su mamá me llamó desesperada para pedirme que no denunciara; a cambio me garantizaba llevarse a su hijo de regreso a Guadalajara y la promesa de que nunca más me molestaría. Pero al salir de la redacción en la noche ahí estaba de nuevo, en la puerta de la vecindad, con toda la soberbia del mundo, llamándome puta por no dejarlo entrar a recoger sus cosas. Fue la primera de muchas veces que me arrepentiría de no haber puesto la denuncia.
Ese día pensé que lo mejor era irme de la ciudad y refugiarme por el resto de mi vida en la casa de mis padres, en Sinaloa. Pero me quedé y aprendí a caminar de noche por las calles de la ciudad pensando que lo peor ya lo había vivido en la privacidad de mi casa.
