La de Catherine Barkley

Hace unos días, un profesor titular de una universidad española me dijo con total rotundidad que la verdadera heroína y protagonista de A Farewell to Arms (Adiós a las armas) era Catherine. Si el entorno académico español no fuera territorio corporativista, endogámico y unísono, podría haberle explicado mi punto de vista sobre el retrato estereotipado de las mujeres que hace Hemingway en todas sus novelas y podríamos haber tenido un intenso — pero interesante — debate acerca de esto y aquello. Le podría haber dicho, por ejemplo, que describir a un personaje, en su mayoría, mediante atributos físicos, es cosificador. Que narrar una historia de amor entre un soldado hacia su enfermera (y/o viceversa) para alabar el “efecto curador del amor” no te convierte automáticamente en un ser de naturaleza sensible y romántica. Porque, a ver si nos enteramos ya de una vez, escribir acerca del amor es como escribir sobre un resfriado o un café con leche en el desayuno; es parte de nosotros, nuestras vidas, nuestra sociedad y de este planeta. Es lo más primitivo que existe, su uso literario no nos convierte necesaria y automáticamente en adalides de la sensibilidad.

Catherine es un personaje femenino maltratado hasta las últimas y devastadores consecuencias. Sin entrar en destripar la obra, ella cumple un rol de “mujer pasiva sanadora” que aparece y desaparece de la historia cuando EL HOMBRE quiere y para lo que quiere. Ejerce de objeto, de peón que se mueve tímidamente en el tablero para acabar fuera en unas pocas manos. Ilustrémoslo con un ejemplo de las propias palabras que Hemingway pone en su boca:

— Te deseo tanto que me gustaría ser tú mismo. Ok, ¿qué mujer cegada por amor no ha querido dejar de existir como ser independiente para convertirse en su amado? Sin comentarios.

— Mi vida es encantadora, pero tenía miedo de molestarte ahora que estoy embarazada. Claro, porque una mujer embarazada es una molestia para el hombre, que para nada ha tenido que ver con ese estado. Ajá.

— ¿Cuándo nos casaremos?

— Así que vuelva a estar delgada. Tenemos que hacer un buen casamiento y que la gente diga: ¡Qué hermosa pareja! Gracias, Hemingway, tú sí que sabes lo que queremos las mujeres.

¿Catherine es un personaje complejo y lleno de valentía? Acepto a ragañadientes. Pero dotar a una mujer de cualidades “tradicionalmente masculinas” como el coraje, o de contradicciones (esto es para darle de comer aparte), tampoco la convierte en heroína ni verdadera protagonista, no confundamos términos. Ser “la chica soñada que rescata al hombre de su propio caos para ser uno” no es el retrato de heroicidad que quiero para mí ni para mis compañeras. La pobre Catherine no ha viajado hasta Italia, sufrido los efectos de una devastadora guerra para ejercer su profesión y recibir alabanzas por “guapa y reina”. Hacerla heroína desde la crítica literaria en vez de mártir es como un homenaje póstumo a los ignorados y vapuleados, tan hipócrita como innecesario.

Pero no se preocupe, querido profesor, que en este nuevo siglo nosotras, las verdaderas heroínas, lucharemos y nos partiremos la cara para que nada ni nadie nos “glorifique” por nuestro aspecto físico y nuestro maromo.