Melodías de vida

Gabriel López
Apr 12, 2018 · 3 min read

Nicolaas disfrutaba con su familia en los bosques del pequeño municipio cercano a Friburgo en el que vivían, bosques pertenecientes a la salvaje y bella selva negra que inunda buena parte del país. Se desprendió un momento de los juegos que su familia hacía para divertirlo, aunque fue un desentendimiento súbito y en una dirección concreta. Le preguntaron con cierto temor qué estaba mirando, y este musitó con cara de admiración: “Musica, musica”. Ida, su madre, tenía cierta preocupación. Recordaba como el pastor alemán que estuvo con la familia durante 15 años había tenido un comportamiento similar en otras ocasiones, en el mismo lugar aproximadamente.

Volvió a frecuentar el lugar con trece años en compañía de sus amistades, con las que se divertía en el bosque. Un día volvió a escuchar la melodía, de una agudeza y melancolía que lo paralizaba. Sus amigos no escuchaban nada y bromearon sobre su estado mental. Edith si captaba algo, aunque no con el mismo detalle. Recordó que su abuelo le contaba que las mujeres tenían mejor oído, adaptándose a la necesidad de cuidar de los bebés. Nico tenía una capacidad asombrosa para captar sonidos imperceptibles para otras personas. Un experto en materia auditiva diagnosticó que era un caso de nanoporos de mayor tamaño al habitual en la membrana tectoria del oído, nanoporos que determinan una mayor o menor selectividad auditiva.

Con el tiempo, Edith y Nico siguieron visitando la zona. Ella, aficionada a la radio desde pequeña, sentía gran interés por lo musical, y él, con su magnífico oído, ligó sus estudios a la música, y su corazón a Edith. Eran personas curiosas, querían saber. Descubrieron una periodicidad escalofriante en la melodía, sabían cada cuantas horas aparecería. No podía tratarse de un reproductor musical enterrado, no, y menos con tal inagotable batería.

Con el tiempo, lograron hacerse con material auditivo suficiente para amplificar dicho sonido. Un día reunieron a unos pocos allegados, esperando con incertidumbre mientras la naturaleza desplegaba los sonidos preliminares al pequeño concierto. Los presentes quedaron perplejos mientras la melodía les llevaba a un estado hipnótico, sintiendo también miedo, incertidumbre.

Llegaron expertos los días siguientes. Tras determinar con exactitud la procedencia del sonido, decidieron excavar cientos de metros, acordonando la zona con un radio de seguridad. Descartaron cualquier tipo de radiación o peligro de detonación de algún explosivo enterrado, pero no querían correr riesgos.

Desenterraron un objeto de tonalidad obscura, considerable masa, longitud similar a una camioneta, y de alturas irregulares. Construido con una tecnología y materiales desconocidos. Horas después, los presentes dieron un paso atrás instintivo. Unas luces emergieron durante un breve instante y el aparato comenzó a reproducir sus inagotables melodías, que dejaron a los presentes en un letargo del que no querían salir.

El objeto fue trasladado para su estudio. Sonda espacial era la descripción más cercana que podían darle, pero no había sido construida en la Tierra. Escucharon diez melodías distintas, de agudeza imposible. Encontraron instrucciones visuales para manipularla, escrituras en simbología desconocida, y una gran cantidad de material audiovisual en suerte de hologramas. Estos mostraban un planeta desconocido, seres extraordinarios habitándolo, y la localización exacta del mismo en el universo, en nuestra Vía Láctea.

Se había recibido una prueba de vida de unos seres que buscaban compañía en la terrible soledad del infinito universo. Al otro lado de la galaxia, alguien había tenido la misma idea que Carl. Nico entristeció en parte al descubrir que la sonda llegó en 1944. No pudieron captarla, acostumbrada la población a sentir objetos caídos del cielo y a refugiarse de ellos. No pudieron ver la llamada del cosmos que contaba a una humanidad empeñada en destruirse, lo afortunada que era al existir.